El despertador sonó impertinente. Un desasosiego penetró en su pecho, sensación a la que no estaba acostumbrado. No era frecuente que oyera el penetrante sonido del despiadado aparato, sobre todo desde que las exigencias fisiológicas que la edad le iba imponiendo le despertaban con cierta antelación, circunstancia que, además de incomodarlo, le permitía desconectar la alarma anticipadamente.
La rutina comenzó a dirigir sus actos de una manera mecánica: el aseo personal, el encuentro ante el espejo con su inadecuada imagen, la preparación de la cafetera, las tostadas, el zumo de naranja. Una sinfonía de acordes mecánicos de variada estridencia se iban sucediendo de forma que resultaba familiar: el zumbido de la maquinilla de afeitar, el exprimidor, la cafetera, etc.
El encuentro matutino con el espejo le hacía volver a la realidad de su condición presente, el paso de los años le había ido transformando las facciones, fabricando una careta que le resultaba poco familiar; tenía la sensación de que se trataba de una imagen intrusa que, desde hacía tiempo, se entrometía en su vida suplantándole de forma impertinente. Tras este inevitable impacto, como sucedía todos los días, se olvidaba y convivía con su imagen de una manera natural, como había sucedido toda la vida, en ese diálogo continuo que mantenemos con nosotros mismos, en una simbiosis de sensaciones en que rumiamos los más profundos pensamientos, revivimos los más remotos recuerdos y nos sentimos identificados, mientras el tiempo fluye y nos parece que escapamos de su erosión.
Hacía poco tiempo, desde que se quedaron solos por la marcha de los hijos, que había asumido por propia iniciativa la costumbre de llevar a su mujer el desayuno a la cama. Se le había ocurrido que después de treinta y seis años de matrimonio, era una especie de pequeño homenaje agradecido a la abnegada esposa y madre que diariamente se había entregado a toda la familia desde la primera hora matutina. Pensó que no había necesidad de que continuara madrugando para él solo y, por otra parte, no representaba un gran esfuerzo para él que lo hacía gustoso y podía compararse a un pequeño ramo de flores cortado en la mañana. Había advertido que ella lo agradecía mucho, e incluso lo aceptaba con cierta complaciente indolencia que resultaba extraña para él, acostumbrado como estaba a su entrega sacrificada sin reservas.
La prolongada vida en común había devenido últimamente en una camaradería estimulante que se sustentaba en un vínculo de gran solidaridad; tras compartir toda una vida, ahora participaban del preludio de una serena vejez. Juntos paladeaban la nueva situación del reencuentro como pareja, disfrutando de la satisfacción del deber cumplido y de la nueva perspectiva de sus hijos que habían formado un nuevo hogar, o se habían emancipado. Su vida había estado subordinada a las necesidades que habían requerido las circunstancias en cada momento, con una renuncia voluntaria de las apetencias personales por la entrega a los hijos, sin grandes alardes. La verdad es que lo habían tenido siempre muy claro y esa había sido la razón de sus vidas, desde su lejana unión en matrimonio. ¡Qué lejos estaban aquellos tiempos, y a la vez… ¡qué cerca!.
Mientras continuaba la liturgia diaria, iba haciendo imperceptiblemente un balance de su vida que, pese a la inminente jubilación, le parecía breve. Todos los recuerdos se le agolpaban en la memoria y se le antojaban recientes, aunque sin respetar un orden cronológico: la inesperada muerte del padre que ya compartieron, los iniciales desasosiegos por encontrar trabajo, sus planes de matrimonio inicialmente inviables, los comienzos laborales lejos de la familia, en una ciudad desconocida y carentes hasta de lo imprescindible. Sin embargo, lo que parecía una odisea insuperable en la sociedad de consumo, fue posible realizar el proyecto que ambos habían forjado por el camino que ambos habían decidido transitar, iluminados por la fe y confiando en la ayuda de Dios: tenían la certeza de que valía la pena. Todo lo habían aceptado con la ilusión de participar en una gran aventura. ¡Qué alegría cuando tuvieron su primer piso, alquilado, por supuesto!. Es verdad que se encontraba vacío completamente de todo mueble, pero repleto de ilusión y esperanza. Menos mal que, por fin, vino el dormitorio donde descansar con comodidad. La verdad es que ella ya estaba de seis meses y muy voluminosa, por lo que resultaba incómodo dormir juntos en el estrecho sofá. Fue un acontecimiento que celebraron con los amigos. Todos disponían, por supuesto, de una casa equipada inicialmente, pero siempre había gente en nuestra casa, a pesar de que no existían sillas para todos….La ilusión del primer hijo, otro y otro: en cuatro años tres y, sin embargo, una enorme ilusión en medio de las escaseces.
Tras despedirse de su mujer, se dirigió a la puerta de la casa. Miró antes por la ventana para hacerse una idea de la temperatura, en la parada del autobús de enfrente se encontraba la muchacha de todos los días, hay juventud muy madrugadora, es el caso de esta vecina. No parecía que hiciera fresco. Aquí es raro que lo haga; mis hermanos en Madrid tendrán cinco grados menos de temperatura que nosotros. ¡Qué suerte tienes!, me suelen decir siempre. Cogeré la chaqueta de lana de entretiempo, será suficiente.
El descenso de los escalones se hace cada vez más titubeante, no se si me estoy volviendo torpe, o es este interruptor de la luz que falla demasiado, la oscuridad lo hace más difícil. De manera automática comienzo mis oraciones matutinas, es una costumbre que me ha acompañado toda mi vida. El día aparece templado, más que en casa. Al fin tenemos suerte de amanecer un día más, ¿qué nos deparará?
Mientras me dirijo al garaje para recoger el coche, pienso con qué placer me iría andando a la oficina, la distancia no es excesiva, no llegará a dos kilómetros, y me conviene andar, pues tanto despacho me está haciendo engordar y yo nunca he tenido sobrepeso. Claro que me obligaría a volver andando a la salida, pasadas las tres de la tarde, con apetito y cansado de la jornada…. Coincido con las mismas personas anónimas todos los días: la quinceañera que va con su padre con paso presuroso, ella aún somnolienta, él con el ceño fruncido, parece siempre preocupado, no debe ser muy feliz con su trabajo. Yo tampoco voy a tener un día muy agradable, tengo dos reuniones y dos citas, hay que ponerse en situación.
Recordaba la ilusión con la que siempre se afanó en el trabajo, su afán por superar los retos, asumiendo con espíritu deportivo las tareas que le confiaban por delicadas que fueran, consciente del deber. Ya sabes, en la administración, el que lleva la carretilla boca arriba, todo el mundo se la llena… Los hijos siempre fueron un gran acicate. Pensaba que una actitud de servicio y disponibilidad sin reservas era el mejor ejemplo que podía ofrecerles. Así lo entendieron ellos y estaba muy orgulloso de los tres. ¡Qué suerte que los tres hayan logrado sus carreras y encontrado ocupación digna!. Cuando se advierte la preocupación de muchos padres por la suerte de sus hijos, ya adultos y desocupados, o con trabajo precario, no hay que cesar de agradecer a Dios la suerte.
La llegada al aparcamiento de la oficina cortó estos pensamientos. La verdad es que se consideraba un hombre afortunado.





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