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Mi viaje a un orfanato en Burkina Fasso

Cuando el estado de shock es el primer paso para dar y recibir amor

Javier Cebreros por Javier Cebreros
27 septiembre, 2018
en Un mundo mejor
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0
Home Un mundo mejor
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Y de nuevo vuelvo a estar delante del folio en blanco. Es una sensación que siempre me produce un poco de vértigo. He tenido la suerte de vivir una experiencia como voluntario y no puedo guardármela para mi. Las experiencias vitales y personales que pueden servir de ayuda, hay que contarlas, no a modo de medallita que nos colgamos en la solapa, sino como una manera de animar a los demás a experimentar la felicidad, una felicidad distinta a las que nos venden.

Hace unos meses mi mujer y yo escuchábamos la experiencia vivida por los miembros de una ONG durante su “expedición solidaria” a Burkina Faso. A nosotros nos volvió picar el aguijón de África y decidimos volver el pasado mes de agosto, esta vez como voluntarios, con una hija que cumple ocho años el próximo mes de octubre y con un destino marcado: un orfanato en Bobo Diulasso.

Bobo Diulasso es la segunda ciudad en importancia de Burkina Faso. Allí se encontraba nuestra misión: el orfanato Den Kanu. Teníamos un valor añadido y es que nuestra hija, la habíamos recogido de un orfanato de Bamako, capital de Malí hacía siete años. Nuestra hija Mariam, iba a estar quince días haciendo la experiencia con nosotros, tengo que reconocer que era algo que me preocupaba.

También me preocupaba la seguridad de esa zona de El Sahel. La frontera de Burkina Faso con Malí y Niger no es territorio recomendable para un blanco ya que hay una importante presencia de yihadistas. Me preocupaba la época de lluvias. En Bobo Diulasso, cuando llueve, lo hace de forma torrencial y las infraestructuras no son las que tenemos en Europa. Y también me importaba la salud. No es lo mismo una gastroenteritis o un esguince de tobillo en uno de los países más pobres del mundo, que en España, por no hablar de los mosquitos y la malaria. Y el idioma, el francés. Tanto hemos ponderado el inglés que a veces me arrepiento de los consejos de mi padre, con respecto al francés. Solamente me he cruzado con una persona que hablaba inglés durante mi estancia en Burkina Faso y la verdad no fue de trascendencia, sólo que fue un “hola y adiós”

Digo todo ésto porque para ir de voluntario a África como ha sido mi caso, no es una aventurita de película, no, no es color de rosa y entraña sus incomodidades, sus inseguridades y sus peligros. Teniendo muy clarito que no vamos a un parque temático, que no nos vamos a alojar en un resort y que el billete de avión es caro, comenzamos la experiencia.

Nos despedimos de los miembros de la ONG en el aeropuerto, previamente habíamos facturado tres maletas: ropa de niño, material fungible para el Dispensario de salud y poco más. Porque nuestro equipaje iba en maletas de cabina y una mochilita cada uno. Os aseguro que no hace falta llevar un armario. Un vuelo a Casablanca, varias horas de espera, hasta coger el de Uagadugu y llegar por fin al minúsculo aeropuerto de la capital de Burkina Faso. Allí nos recogería otro voluntario de la ONG. Que hizo muy bien su trabajo, ya que le facilitamos  su labor,  llevando los visados de entrada desde Málaga. Pasamos la noche en un hotel. Y por la mañana partimos hacia Bobo Diulaso, en un autobús. Ahí ya me encontraba solo con mi mujer y mi hija. Con seis horas por delante de carretera africana. Varios controles policiales, alguno de ellos te hacen bajar del autobús para mirarte los pasaporte ¿absurdo? Le llaman seguridad. Y sin hablar nada de francés.

Y por fin llegamos a Bobo Diulaso, allí nos esperaba otro voluntario que junto con la monja que ha estado todos los días de nuestra estancia a nuestro lado, Sor Ágata. Una monja de la Orden de la Anunciación. No hablaba nada de español, pero nos hemos entendido a la perfección. Hablaba el lenguaje universal del sentido común. Era elegante y muy educada, rondaba los sesenta años y era la directora del orfanato.

mi viaje a den kanu
Fotografía: Javier Cebreros

Cuando llegamos a Den Kanu, así se llamaba el orfanato, la tarde había caído, los mosquitos estaban haciendo acto de presencia. Nos invitaron a entrar a ver a los niños antes de cenar y ducharnos. Ese instante en el que entramos en la estancia donde estaban los niños, no se me olvidará en la vida y fué el que me hizo dudar si yo estaba preparado para eso. Tantísimos kilómetros para oir a modo de martillo hidráulico “Tu Babú” taladrando mi celebro cuando gritaban los niños, a mi se me colgaron como si yo fuese un juguete, a mi mujer incluso le tiraban del pelo. Reconozco que la ansiedad me atrapo y salimos de allí. Es una sensación de shock. Nuestro guía, que habla perfectamente español, me dijo que no le gustaban las lágrimas y que tenía que ser fuerte. No se me olvidará.

Con las palabras del voluntario de la ONG, resonando dentro de mi cabeza, a la mañana siguiente entré donde estaban los niños, mi ansiedad desapareció, me relajé y comenzó mi aventura. Tengo que reconocer que de ese shock inicial surgió una sensación de respeto y cariño hacia ellos. Llegas a enamorarte de esos “locos bajitos” como decía el cantante. Treinta y siete para ser exactos. En tres bloques de edades. Los bebes de 0 a 6 meses. Los de 1 año hasta 3 años más o menos. Y de ahí hasta los 7 u 8 años.

A los dos o tres días encontré mi sitio entre los bebés de 0 a 6 meses. Estaba mucho más relajado.  He aprendido de las cuidadoras, a manejar bebés con más soltura, a limpiarles la caca, darles el biberón y bañarlos, con unos rudimentarios trozos de jabón y unas esponjas un poco peculiares. Os puedo asegurar que me he sentido en paz conmigo mismo. He olvidado los problemas y echo de menos esos momentos, descalzo, con un niño en brazos, lloviendo en el exterior de esa estancia, con la única preocupación de que ese bebé estuviese a gusto. Han sido momentos de muchísima paz que espero que se repitan. Allí o en cualquier lugar del mundo. Porque “la cabra tira al monte”.

También conseguí que algunos de los niños más mayorcillos me perdiesen el miedo, ya que el hombre blanco les asusta, no estaban acostumbrados y no se les podía forzar. El intruso era yo y no esta buena gente. Esto hay que tenerlo en cuenta. Ellos se quedan allí y el que tiene que volver es el voluntario.

También llegué a entablar una relación de amistad con una niña, que por su corte de pelo e indumentaria pensé que era niño la primera vez que la vi. Una niña que me ayudaba con los bebés, que siempre corría a darme un abrazo y a la que un día se me ocurrió darle un beso en la frente como hago con mi hija. Creo que era el primer beso que le daban. En Burkina Faso y en el resto de África, se besa poco, muy poco. Esa niña aprendió a dar besos como señal de cariño. Una referente dentro del orfanato.

Tengo que reconocer, que para ser un orfanato de un país pobre, con distintas costumbres a las nuestras, no vi carencias en la alimentación, ni en la higiene, ni los niños estaban aparentemente enfermos, hablo en líneas generales. Al contrario de lo que se pueda pensar en Europa, si vi por el contrario una falta de cariño materno y paterno, que se rellenaba con el cariño de las monjas y de las cuidadoras, las “mamás” como las acabamos llamando.

Pero todo no es de color de rosa ya lo he dicho antes, ni un  voluntario es un viaje de placer. En mi caso tengo que subrayar, que África es muy intensa, se pasan incomodidades. Dependiendo de la época del año en la que viajemos, hará un clima u otro, todos extremos, excepto los meses de noviembre y diciembre. Hay que cuidar mucho la salud. Vacunarnos. Hacer profilaxis de la Malaria, Cólera, Tifus. Informarnos bien de la situación de seguridad del país en el momento en el que vamos a viajar. No es lo mismo que nos cuente otro voluntario o cooperante su experiencia de cuando fué en marzo, a nuestra experiencia en agosto. La situación puede que haya cambiado. Yo siempre digo, que solamente se puede hablar “aquí y ahora”.

Todo es relativo y más en estos tiempos cuando el terrorismo yihadista es una amenaza global y en el Sahel es una realidad. Un tema que me preocupa bastante. De mi seguridad puede que dependa mi voluntariado. Y voy más allá, de mi seguridad puede que dependa la seguridad del orfanato donde voy a cooperar. Una vez que tenemos muy claro el tema de la seguridad y la salud, viene el apoyo que tengamos de personas de confianza que nos sirvan de guía, que nos hagan una buena traducción. Pocos europeos hablan bambara por poner un ejemplo. Fundamental para movernos en la calle, ir a los mercados, coger un taxi o lo que se nos ocurra, aunque la lengua oficial sea el francés. Teniendo en cuenta ésto, gracias a Dios no he tenido una mala experiencia en mi paso por Burkina Faso, por el orfanato Den Kanu de Bobo Diulasdo. Si he visto situaciones duras, algunas extremas que son las que nos van curtiendo. No es agradable, que una familia venga a entregar a un bebé recién parido, por así decirlo, con resto de placenta pegada en el pelo y que gracias a Dios no se quedó en el orfanato, con la problemática que hubiese traído. En Burkina Faso, existen los servicios sociales y hay un Ministerio de la Mujer, Solidaridad Nacional y Familia, cosa que no ocurre en España.

Se venera a los ancianos, la mujer es el pilar de la sociedad y los niños son el futuro. Hasta que punto se puede afirmar que son el futuro….

Volviendo al tema de seguridad de la zona donde estuve como voluntario, cuando firmo esta primera parte de la experiencia, me llega la noticia del secuestro de un sacerdote italiano en la frontera entre Burkina Faso y Níger.

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Soy sanitario de profesión. Fotógrafo a tiempo parcial. Juntador de letras. Viajero antes que turista. En redes sociales enredado desde que las inventaron. Curioso, observador y siempre deseando aprender. Nunca digo que no a una buena charla o a esas reuniones de amigos…. Fotografía social, fotoperiodismo, fotografía de viajes.

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