Entre tanto revuelo de felicitaciones, preparativos y el ajetreo propio de los días pasados, al hacer balance vemos que muchas veces nos desfocalizamos del verdadero sentido de la Navidad, el más hermoso y lleno de gozo. Las reuniones familiares marcadas por ausencias, soledades, valoraciones anuales, problemas que acarreamos, pueden llevarnos a centrarnos en nosotros mismos: nuestro dolor, tristeza, aturdimiento, olvidando la más linda de las noticias que nos lleva a festejar la Navidad: ¡nació Nuestro Salvador! ¡Y quiere nacer hoy también y todos los días del año en nuestro pequeño corazón!, así como estamos, tan sólo precisamos barrerlo un poco para que Él pueda brillar.
No importa nuestra miseria sino la misericordia de amor de Nuestro Padre que nos dio a su Hijo Único para ofrendarnos una nueva vida. Es verdad que no entendemos muchas cosas y pensarlas nos enreda, que a veces puede trastabillar nuestra fe con las pruebas, dejemos a un lado también eso, es una más de nuestras limitaciones y simplemente dejemos entrar al Niño Jesús. La razón que no encuentre razones en el corazón, dejémosla a un lado. Él nos ayudará a cambiar, a mirarlo a Él, a maravillarnos con su humildad, ¡es Dios! ¡y quiere nacer en el desprovisto pesebre de nuestro corazón!
Si no pudimos prepararnos este Adviento y no hemos vivido a pleno esta Navidad porque el barullo diario con sus muchas exigencias nos avasalló, no es tarde. Para nuestro Dios Omnipotente con tiempos eternos, nuestra respuesta de amor es posible hoy, ahora, a destiempo del calendario terrenal. Si hemos llegado a este día es por regalo de Dios, de modo que no nos perdamos la oportunidad de presenciar hoy la sonrisa del Niño, dejemos que anide su amor en nosotros para que podamos, por su gracia, acompañarlo en su crecimiento y no dejarlo en su dolor.

El Niño Dios es Rey, pero no a modo del mundo, no tiene nada que ver con el consumismo por nosotros creado, con “el espíritu navideño” de las películas que no hablan de Él, con vestirse a la moda o brindar con tal bebida u otra… ¿Y si nos animamos a ser pastorcitos e ir a su encuentro? Si dejamos nuestros pesares, mezquindades y nos regalamos verlo nacer y cantarle villancicos e ir al encuentro de María Santísima y San José y decirles: “¡Gracias!, ¿pueden hacerme un lugarcito?, yo también quiero estar, llego tarde, me perdí muchas cosas pero quiero conversar, estar a su lado, conocerlos. No entiendo nada pero quiero aprender”.
¿Y si permitimos que la Sagrada Familia nos inspire, nos enseñe qué es realmente amar de sólo verlos entregando su amor al mundo? ¿Y si nos alegramos por el nacimiento de un Niño que nos sonríe con ternura, que nos habla de amor con su dulce mirada redentora, que llora para que nos animemos a abrazarlo, cuidarlo, acariciarlo y adorarlo? ¡Es el Niño Dios!, que eligió esta manera de nacer, tan sencilla y sublime. Nos regala todo y no viene envuelto, viene expuesto al corazón que se abre. No dejemos que su Nacimiento se pierda en un mundo hechizado por colores fluorescentes que nos distraen de mirar al Cielo y seguir la estrella como los reyes magos. ¡Qué los fuegos artificiales sean luces que enciendan el pesebre para que podamos verlo y llegar!
¡Feliz Nacimiento de Nuestro Salvador! ¡Feliz 2025, año de la esperanza en que estamos invitados a abrir las puertas al amor de Dios que nos espera!




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