En la Antigua Roma, especialmente en las familias acomodadas, la madre se ocupaba de los hijos pequeños, mientras que, a partir de cierta edad, el padre o un preceptor asumían su educación formal. Este modelo, lejos de ser un reflejo de ausencia de recursos o de subestimación de la mujer, otorgaba a la madre un rol fundamental: la construcción de un hogar no se reducía a alimentar y dar descanso, sino que era el espacio donde se formaba y educaba al individuo. Este esquema, en distintas formas, se mantuvo a lo largo de los siglos, como muestra la literatura y la vida familiar tradicional hasta bien entrado el siglo XX.
En el siglo pasado, pensamos en el modelo familiar perfilado en Señora de rojo sobre fondo gris. La señora del texto, mujer del autor, es adorada por éste, y su enorme valor reside en su presencia constante en el hogar y su dedicada atención femenina. No en agotadores parámetros externos. Sino en el simple amor a su marido e hijos, en su bondad y en su alma.
Un dato significativo de cómo se veía entonces el papel central de la mujer en su familia lo vemos en las críticas que recibía la renombrada escritora Carmen Laforet, a quien se le reprochaba si no quería más a sus hijos que a sus libros. No justificamos que fuera apropiado hacer un cuestionamiento tan directo e hiriente de su dedicación personal y profesional; pero cabe, cuando menos, sorprendernos de que entonces se viera como un problema la competencia entre vida personal y profesional. Hoy casi todo el mundo defendería que su carrera profesional como escritora debería ser lo primero, y los hijos y el hogar algo paralelo y secundario que «debería poder llevarse solo» o con la ayuda de terceras personas.

El contraste con la vida moderna es radical. Hoy predominan modelos de “casa vacía” y de vida de puertas hacia afuera, donde la mujer es frecuentemente definida por su rol profesional, mientras la familia y el cuidado del hogar pasan a segundo plano o se delegan. Antes, era socialmente mal visto que una mujer necesitara trabajar, y aquellas que lo hacían podían sufrir reproches por no atender primariamente a su marido e hijos. No se trata de justificar sistemas que obliguen a alguien a ajustarse a moldes estrechos, pero sí es legítimo preguntarse cómo se ha invertido tan radicalmente el rol de la mujer, y si no hemos perdido algo valioso al priorizar el éxito profesional por encima del arraigo familiar.
Este cambio ha reducido prácticamente a la mujer a un factor económico, separándola de una parte esencial de su identidad afectiva y familiar. La imagen de la madre en la oficina y los niños cuidados por personas ajenas refleja una transformación profunda: el amor y la dedicación, valores que antes se consideraban suficientes y centrales, ahora compiten con las exigencias materiales y profesionales. La lucha por la subsistencia ha hecho que un modelo de vida tradicional, basado en la presencia y el cuidado, sea prácticamente imposible en muchos contextos.
En La arboleda perdida (Memorias) Alberti recuerda: “Mi madre cantaba coplas antiguas, romances y nanas que llenaban la casa de música. Su voz era el primer canto que conocí.” Me pregunto cuántas madres a día de hoy tienen el tiempo de cantar, de llenar ningún lugar de música, ni de colmar con su ser las estancias de su casa ni la vida de sus maridos e hijos. ¿Cuánto tiempo tienen las mujeres hoy -si quisieran hacerlo- para hacer de su voz, de los tejidos de sus manos, de las pequeñas y grandes cosas que hacen por su familia, un regalo?
Vivimos, en cierto modo, en un mundo más materialista y agresivo. La igualdad ha traído enormes avances, pero también una presión para que las mujeres adopten valores propios del ámbito competitivo y exterior, a menudo en detrimento de la intimidad. Se ha olvidado lo inocente, lo casero y lo indefenso. El “alma” del hogar, antes considerada fundamental, ha quedado anulada, o como mínimo relegada a un segundo plano.
Por fortuna, nuestra generación empieza a reconocer la importancia de la presencia parental. Modelos como el teletrabajo o prestaciones generosas de maternidad, como existen en Austria o Polonia, permiten que madres y padres estén presentes en la vida de sus hijos recién nacidos. Esta recuperación de la cercanía familiar demuestra que la influencia de los padres, especialmente en los primeros años, no puede ser sustituida por la eficiencia profesional ni por los cuidados de terceros.
En cualquier caso, deberíamos dejar de esperar que las mujeres sean “superwoman”: madre dedicada y profesional estrella al mismo tiempo. Este ideal genera con frecuencia seres divididos y heridas en las familias, y afecta especialmente a los niños que crecen con padres ausentes. También podríamos pensar si podría ser posible, para aquellas que así lo deseen, el retomar algunas de las bellezas de la maternidad tradicional; y si como sociedad no deberíamos posibilitar y revalorizar este modelo. La verdadera cuestión no es renunciar al éxito ni a la realización profesional, si así se quiere, sino reconocer que la cercanía, la ternura y el cuidado son también un logro y un valor insustituible.




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