¡Gracias Dios mío! Es mi canto en medio de este horror de pandemia que ha llamado de forma imprevista a nuestra puerta. Miramos la vida desde la ventana aguardando esa vuelta a la normalidad que se nos anuncia. ¿Volveremos a la normalidad o surgirá una nueva forma de vivir? No lo sabemos.
Quienes lean Woman Essentia desde hace tiempo, habrán podido intuir por artículos, que algunos colaboradores compartimos nuestra vida cuidando de nuestros mayores. Una mezcla de pudor, cierta elegancia y discreción nos impide escribir abiertamente en primera persona, pero tampoco lo ocultamos. Hay que cuidarse de no caer en el victimismo, lo opuesto a la humildad que… nos centra en la realidad y en la verdad. La víctima es nuestro enfermo, quienes tenemos la fortuna de poder cuidar de ellos, simplemente somos -como dice el Evangelio- «Decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17, 7-10).
¡Gracias Dios mío! Porque reconozco el amor y heroísmo en tantos profesionales que cuidan de nuestros ancianos, discapacitados y personas con enfermedades mentales, rezo por ellos.
¡Gracias Dios mío! Porque me libras de la incertidumbre y sufrimiento que miles de familias padecen estos días pon sus abuelos, padres, hermanos, tíos en residencias. Pero no me libras de la compasión, de la tristeza y de la impotencia al pensar en ellos, en nuestros mayores. Ponerme en lugar de estas familias implica abrirse al dolor, al sufrimiento y a la indignación.
¡Perdón Dios mío! Porque este drama y esta muerte injusta de tantos inocentes parece que aún no golpea lo suficiente a tantas conciencias, quizá porque la perdieron hace tiempo. Conciencias deformadas fruto del martilleo propagandístico de una cantinela infernal desde hace décadas en favor de esa llamada «cultura de la muerte».
Cultura del descarte, del materialismo, de la quiebra familiar, en favor del egoísmo más atroz, esa cantinela insufrible favorable al aborto, a la eutanasia y a vender cantos de sirena para creernos seres superiores, diosecillos que se permiten juzgar quien debe o no vivir. Superiores ¿A qué? ¿A nosotros mismos? ¿A nuestra naturaleza débil y enfermiza? ¿A negar la evidencia de lo que el hombre es? «Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás» (Génesis 3, 19) reza la Sagrada Escritura.
Pero, yo, tan afortunada como tantos, tengo a los míos conmigo, en su hogar
¡Gracias Dios mío! Porque no sin temor, me conviertes en escudo protector de mis dos tesoros, mis mayores, mis padres.
¡Gracias Dios mío! Porque el sacrificio de tantos años, nos convierte en alumnos aventajados del encerramiento por la pandemia. Aventajados en el tele trabajo, en el equilibrio mental, no perdemos la alegría, ignoramos qué es el aburrimiento, porque Tú nos permites experimentar la plenitud de la misión, que no es otro que el amor, porque el amor todo lo soporta, todo lo sobrelleva, todo lo relativiza.
Un proceso evolutivo
Al comienzo del Estado de alarma tuve claro que la cosa se ponía negra, hoy lo veo de color gris y con esperanza. Informada (escuchando a verdaderos expertos) pude hacerme una idea real de la gravedad. Me puse en contacto con mis hermanos, «tal como está la cosa, si llegáramos a contagiarnos en casa, lo mejor será no llevar a papá y mamá al hospital, y mejor que mueran aquí en casa, acompañados, nunca solitos«. A mis hermanos les pilló la cosa desprevenidos, se lo planteé a los primeros días. Luego, la vista de los hechos han ido comprendiendo el porqué se lo planteé.
Pero hoy, cuarenta y tantos días después, sonrío y admiro a esos médicos infatigables, que no sólo acompañan y protegen a los enfermos. Nuestros médicos gritan, los pobres, sin ser escuchados ¡¡Que ya hay tratamientos preventivos para las personas mayores! Que se apliquen cuanto antes, en sus casas, residencias, los médicos de atención primaria ¡Que lo hagan! Al menor síntoma, sin esperar al test, que no esperen a llevarles al hospital. Y de nuevo digo ¡Gracias Dios mío!
Según parece ahora sí se puede llevar a ancianos al hospital, pero antes… no. Tremenda carga de conciencia y difícil sentencia en el Día del juicio para esos políticos, que se creen Dios y han decidido abrir puertas de curación para unos, pero cerrárselas a cal y canto a otros muchos, nuestros mayores.
La realidad es que quienes vivimos abandonados a la Providencia Divina, acatamos su Voluntad, y si en nuestra mano está hacer todo lo posible para proteger a los nuestros, santa paz, santa alegría, santa indiferencia.
Pequeña reflexión
Cuando leo las cifras de personas mayores en residencias, más de 300.000 en nuestro país, me asombro, me da pena. Hasta no hace mucho, las residencias eran lugares asistenciales, para aquellos sin familia, sin recursos, lo que la Iglesia Católica puso en marcha hace siglos y no ha dejado de fuente de caridad para tantos hermanos.
No seré yo quien niegue la necesidad de residencias, sobre todo tras constatar la desvergonzada negligencia del peor Gobierno en la historia reciente de España, permitiendo dejar morir solos y abandonados a toda una generación de nuestros mayores. Claro… su mirada está puesta en cuántas pensiones dejarán de pagar los próximos meses, propio de tecnócratas sin alma. O, ¿dónde está el luto oficial?
En un plazo de 20 a 30 años, las generaciones de entre 40 y 50 años actuales será la “generación inasistida”. Estos adultos de hoy, seremos los ancianos del mañana, sufriremos más que ninguna otra generación en la historia: consecuencias de la baja natalidad, enorme población sin hijos y pocos familiares directos; la generación paralela al boom homosexual, destrucción de la familia a todos los niveles y auge silente del transhumanismo.
La esperanza pasa por optar radicalmente por la regeneración nacional en pro de una natalidad fuerte y creciente, así como decrecer el número de abortos. Y lo más difícil, reducir el ansia de beneficios económicos de las empresas dedicadas al llamado «sector socio sanitario».
«Esta pandemia lo que puede traer es un cambio en la visión de la economía global y en la forma de hacer economía, en el sentido de los condicionantes ambientales y sanitarios, por ejemplo, en la salud, van a ser mucho más importantes, incluso el sector privado va a tener que aceptar esos condicionantes, o sea que se reestructure la economía en base a condicionantes claros que vayan EN FAVOR DE LA HUMANIDAD» (Juan Antonio de Castro, economista)
Pero… de un tiempo a esta parte, tristemente, la primera opción para un porcentaje no pequeño de familias españolas es considerar las residencias como el mejor lugar para sus mayores y enfermos, y yo me pregunto ¿Por qué?




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