La belleza a través de lo humano puede ser recompuesta, recuperada, la palabra justa es redimida.
—Abuelo, cuéntame un recuerdo bonito que tengas con la abuela—. Diez palabras, tan solo diez palabras bastaron para que el abuelo de golpe se transformara. Sin apenas darle tiempo, volver a escuchar el nombre de su mujer lo sacudió por dentro. Hasta ese momento él «vivía con un corazón envuelto en una manta negra», según confesó más tarde. La nieta, con ese algo del genio femenino tejido de cariño, prudencia y osadía le lanzó la pregunta conocedora de rozar un terreno de arenas movedizas. Sin embargo, tras escuchar la inocente pregunta él quedó en silencio —todos sabían que nunca hablaba de la abuela…—, para angustia de hijos y nietos. De repente evocó un viaje a Portugal con ella, la nieta le oía recuerdos positivos, lo bien que lo pasaron, lo alegre que era la abuela… y en ese preciso instante, mientras hablaba, la manta negra que cubría su corazón se disolvió.
Aquel niño convertido en un juguete roto
Al morir Alain Delon los medios reprodujeron entrevistas, anécdotas, su carrera cinematográfica, la cuestión de la herencia de sus hijos, sus romances, matrimonios, un hijo nunca reconocido por el actor, lo habitual cuando una celebridad nos deja.
En una entrevista del año 2018 el francés abría su alma narrando un trauma terrible que arrastró de por vida, la separación de sus padres cuando tenía cuatro años. Aquella situación lo llevó a un centro de acogida, a un internado, hasta que años después volvió con su madre. Pero sus heridas no se curaron nunca, «me convertí en un objeto vergonzoso, todos hicieron su vida a su manera y yo estaba en el medio». Un hombre que defendía a la familia y a la vida como las esencias de las sociedades sanas.

En enero de 2024 el actor pidió la eutanasia, sin embargo, murió en agosto de ese año, no resulta difícil intuir que La Virgen María de la que él tanto hablaba no debió dejarle. Cuando el actor narró aquel sufrimiento decía: «Nunca he visto a mi padre y a mi madre juntos, me duele mucho, y cuando llegue al cielo, sé lo que voy a pedir: ver a mi padre y a mi madre juntos». Una petición absolutamente conmovedora la de este hombre bello que vivió roto toda su vida. Pareciera que la belleza rota sólo pudiera ser restaurada en el más allá, pero no, aquí también se puede reparar.
Al igual que Alain Delon, rezaban para que en el cielo volvieran a vivir junto a ellos. Que a Dios desde el rezo infantil se le podía pedir que reservara una merienda en el cielo para estar juntos de nuevo los cinco.
Cuando los abuelos de Catalina se casaron eran los novios más envidiados del mundo por la felicidad que irradiaban. Tuvieron tres hijos, unos años de vida familiar plena y tras 12 años de matrimonio se separaron. Una familia quedó rota. Pasados unos años él se casó con otra mujer con la que estuvo más de tres décadas, no tuvieron hijos. Más de cuarenta largos años donde los hijos rezaban para que su padre viviera con paz y que al llegar su hora tuviera paz y amistad con Dios, tampoco pedían mucho. Al igual que Alain Delon, rezaban para que en el cielo volvieran a vivir junto a ellos. Que a Dios desde el rezo infantil se le podía pedir que reservara una merienda en el cielo para estar juntos de nuevo los cinco. La petición para que sus padres volvieran a unirse en vida no existía, suponía un exceso, ya estaba la otra señora. Persona, que sin perder la cortesía, confraternizaba en los eventos familiares obligada por las circunstancias. Sin embargo, en los últimos años, cuando él aquejado de enfermedades y achaques más necesitaba a sus hijos la tensión aumentó.
El momento de la crisis llegó
Ocultada la belleza de la armonía familiar durante tantos años, llegó un momento de auténtica crisis. Los hijos iban al hospital a verle, pero había una inquietud en el ambiente que con cada visita se agravaba. Constataron con tristeza que su padre sufría una tensión psicológica inusual. Sintiéndose impotentes ahogaban sus gritos con oraciones, parecía que no había salida, atrapados por algo invisible. El milagro comenzó cuando llegó lo impensable, ella le dejó. Su segunda mujer se fue, sin más. Salió del hospital y lo dejó con sus hijos. A partir de ese momento, como una piña, los hijos empezaron a cuidar a su padre con un amor tan incondicional que hace todas las cosas nuevas. Amor que sólo es posible entender cuando Dios interviene. En un momento de lucidez estando aún en el hospital pidió a sus hijos que le sacaran de allí, «Una vejez venerable no son los muchos días, ni se mide por el número de años, pues las canas del hombre son la prudencia», (Sabiduría 4, 8-9).
Los hijos empezaron a cuidar a su padre con un amor tan incondicional que hace todas las cosas nuevas. Amor que sólo es posible entender cuando Dios interviene.
El abuelo se instaló en casa de una de sus hijas, y evocando el libro de Ramón Gener ‘Historia de un piano 31887‘ donde a través del profesor Schmidt narra una historia de un nuevo renacer al hilo de la narración del Libro del Génesis: «pasó una noche, pasó una mañana y vio Dios que era bueno. El día primero». Comenzó a recuperarse. Progresivamente apareció otra persona. Sí, anciana y con achaques. Surgió el hombre sereno, dejándose querer, rodeado de cariño, haciendo familia. Sucesos rápidos, cambios de vida inesperados vividos con una naturalidad absoluta, como si de algún modo secreto estuvieran preparados.
Primeras semanas de inmensa alegría vivida en familia, pero había un destello de amargura. Él pidió que su primera mujer, madre y abuela de sus hijos y nietos, no entrase en la casa si él estaba presente. «Pasaron semanas, pasaron meses y vio Dios que aquello era bueno pero faltaba algo». Tras un proceso lento, y una vez que la manta negra se había disuelto, hijos, yernos y nietos se dieron cuenta en él de un anhelo que era incapaz de verbalizar, quería volver a ver a su mujer, a la abuela.
El proceso de redención
Comenzaron a llamarse por su nombre, a mirarse a los ojos, a hablar un poco más, a pasear… Y como vio Dios que era inmensamente bueno lo que ocurría obró el milagro definitivo. La abuela se trasladó a vivir con él (a la casa de su hija con sus correspondientes hijos), daba igual, encontraron el hueco indispensable para dormir. Nada incomodaba, todo era felicidad. Y cuatro meses después se fueron juntos a vivir a su casa primigenia. Llevan más de un año y medio viviendo en su casa, saboreando los segundos, las horas, los días, como lo más felices de toda su vida. «Porque para Dios nada hay imposible» (Lc 1, 37), como el ángel le dijo a María.
El desamor rompe y frustra vidas, muchos dramas asolan al mundo de hoy. Esta historia nos muestra que la belleza nunca desaparece, aunque sí queda rota. Como si la belleza destinada a esta familia hubiese quedado desparramada sin posibilidad de reunión. Pero la belleza a través de lo humano puede ser recompuesta, recuperada, la palabra justa es redimida. Ahora brilla en todo su esplendor, la historia de los abuelos de Catalina es real, los tres hermanos han visto en la tierra el milagro que todos los corazones de los hijos de padres separados querrían ver. Ojalá, Alain Delon, pueda ver su petición cumplida en el Cielo.
«Que Dios me conceda hablar con conocimiento y tener pensamientos dignos de sus dones, porque él es el mentor de la sabiduría y el adalid de los sabios. En sus manos estamos nosotros y nuestras palabras, toda prudencia y toda inteligencia práctica», (Sabiduría 7, 15-16).
«Porque para Dios nada hay imposible»
Paloma Girona






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