“Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.» – Mt 24, 35
En estos días leemos en varios medios, especialmente a raíz del anuncio del lanzamiento del último disco de Rosalía, que “ser católico está de moda”. Esta frase, que por desgracia no tiene mucha verdad, hará que muchos católicos piensen: ¡Qué bien, somos más! Yo, de lo que me alegro, es de que muchos más conozcan al Señor.

En los momentos de relativismo que vivimos, donde la falta de esperanza y el desconcierto campan a sus anchas, de falta de sentido de la vida consumista que nos meten todos los días por los ojos, del mensaje de que solo merecen la pena algunas vidas, del aumento de las tasas de suicidio, y de muchas más cosas tristes, Dios, como decía Rosalía días atrás, es el único que puede llenar esos vacíos, y dar sentido a nuestras vidas. Ese sentido de plenitud que el ser humano, por no ser un simple animal más de la creación, necesita y que las cosas terrenas no pueden saciar.
El ser humano tiene un anhelo de felicidad infinito, y un anhelo infinito nunca podrá ser satisfecho por cosas finitas. Solo Dios puede llenar ese anhelo porque Dios es infinito.
Que ha habido un cambio, no lo podemos negar, se ha empezado a hablar de ello sin crítica, hablando tan solo de la realidad, como ha hecho Alauda Ruiz de Azúa, en su película Los domingos, ya que durante años, bueno, podríamos decir que “hasta hace dos telediarios”, había mucha cobardía respecto a hablar de la fe, e incluso estaba vetado hablar de ello en algunos ambientes donde había que esconderlo, porque la crítica y la burla eran aseguradas en el mejor de los casos, llegando al rechazo directo en otros. Parece que ahora se puede decir abiertamente y sin vergüenza: soy católico ¿y qué?
A mi me daba envidia que en otros países, no menos ateos que el nuestro, los creyentes pudieran decir que tenían fe, que creían en Dios y no iban a cruzar ciertas rayas. En las películas americanas se podía citar a Dios sin miedo y muchos de sus actores como Mark Wahlberg, Chris Patt, Denzel Washington, Chuck Norris, Dwayne Johnson, Selena Gómez, o Justin Bieber, nunca han escondido su fe y hablaban abiertamente de ello sin problema, mientras que aquí era impensable que alguien lo hiciera público.
No se si el panorama ha cambiado, o está empezando a cambiar, ojalá haya más libertad para poder hablar abiertamente de algo que nunca debe permanecer a la esfera privada de las personas. Ahora dicen que está de moda y por ello el mundo de la cultura lo utiliza como reclamo, pero quizás sea porque el panorama cultural ha tocado también fondo, como las personas que lo manejan. El feísmo está por todos lados, el ambiente cultural es tan pobre que tenemos que volver a los clásicos si queremos sobrevivirlo. En los patios de colegios de monjas se ha llegado a escuchar el Reguetón con letras totalmente destructivas cuando tenían la belleza de los mensajes de las canciones de Hakuna, por ejemplo, para evangelizar. Este es el camino torcido en el que estábamos, así que, ¡menos mal que está de moda! Los niños escucharán algo bonito al menos.
Es cierto que todo empezó hace ya unos años con los nuevos movimientos tipo Emaús, Effetá y Bartimeo para jóvenes, Hakuna, Proyecto de Amor conyugal, o nuevas órdenes religiosas. Desde La pasión de Cristo de Mel Gibson no había habido ninguna película que levantara tanta expectación como luego algunas películas como The Chosen, a lo que se ha unido La casa de David, o una serie de pequeñas productoras independientes, que sin apenas recursos, tienen la misión de evangelizar.

Pero las modas, son eso, modas, y por ello pasajeras. Cambian, van y vienen. Y es aquí donde discrepo, porque ser católico, nunca es, ni será, una moda. Ser católico, no es solo colgarse una cruz, ni cantar canciones de moda, ser católico es seguir a Jesucristo, lo demás, si se hace sin sentido y por moda, es postureo.
Ser católico es un encuentro personal con Cristo, su palabra te deslumbra, y le sigues porque nos dijo que Él era el camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre si no es por Él. Es saberse salvado por lo que hizo por nosotros, y que resucitaremos después de morir porque nos espera con los brazos abiertos el Padre Celestial, si hemos elegido seguirle en esta vida. Y esto no es seguir una moda, no es cambiar de vaqueros, ni de chaqueta como muchos, sino cambiar de vida, es el “hombre, o la mujer, nuevos”, porque el Señor hace nuevas todas las cosas. Es poner nuestros anhelos mundanos en otros que no son de este mundo.
Está claro que los jóvenes están desilusionados de esta sociedad de consumo que les han vendido. La frase de “hay más satisfacción en dar que en recibir” no es una simple frase de moda, es la esencia del mundo. Y cuanto más demos a los demás, más felices seremos. Por ello Jesucristo es el modelo del culmen de “dar”, de la entrega desinteresada que llena, que nos hace más plenos. Y los jóvenes, tan amigos de aventuras, están empezando a descubrir la aventura de seguir a Jesús.
El ser humano tiene un anhelo de felicidad infinito, y un anhelo infinito nunca podrá ser satisfecho por cosas finitas. Solo Dios puede llenar ese anhelo porque Dios es infinito.
Los jóvenes que se han apuntado a esta ola, han descubierto esto y se han puesto en camino, como dijo Jesús a Marta, María ha elegido la mejor parte, y no le será arrebatada.
Cuando le dijeron a Jesús que habían visto a unos echar demonios en su nombre, Él dijo: “no se lo prohibáis, porque ninguno que haga ningún milagro en mi nombre hablará luego mal de mi. El que no está contra nosotros, está con nosotros”.
Sin embargo, también dijo: “No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad del Padre.”




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