Comenzamos un nuevo curso preñado de incertidumbres. En este tiempo de inclemencia, conviene que oigamos la voz del profeta Jeremías, una figura moderna cargada de soledad existencial y apostólica. Jeremías no fue un profeta triunfante. Nadie escuchó su mensaje. Al final de su vida, tuvo que abandonar Jerusalén para emigrar a Egipto, la tierra donde estuvo esclavo el pueblo de Israel.
El capítulo primero de su libro, narra la vocación del profeta: «Antes de formarte en el vientre de tu madre, te elegí» (v. 3). Y también, las resistencias de este: «¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que solo soy un niño» (v. 6). Y Dios le responde: «No tengas miedo, yo estoy contigo… voy a poner mi palabra en tu boca, te doy poder para arrancar y edificar…» (vv. 7-10). Jeremías ha escuchado la llamada de Dios, ha comprendido la dificultad de la misión y ha sentido el escalofrío del miedo. Se preguntaría aturdido: ¿Cómo cumpliré la voluntad de Dios? Entonces, el Señor le ordena salir al campo y observar cómo en el crudo invierno, cuando todos los árboles están sin hojas ni frutos esperando la primavera, hay un árbol florido con flores blancas: un almendro -en hebreo, significa «el árbol que vela»-. Los almendros florecen en invierno, y con sus flores abiertas parece que guardan a los demás árboles hasta que despierten en primavera.
El Señor le ordena salir al campo y observar cómo en el crudo invierno, cuando todos los árboles están sin hojas ni frutos esperando la primavera, hay un árbol florido con flores blancas: un almendro
Así debería ser la vida de Jeremías: ser testigo del amor de Dios en tiempos difíciles, atestiguando que la misericordia y la ternura de Dios, al igual que un almendro, vigila nuestra vida y otorga vigor a nuestro testimonio cristiano, aún en tiempos de crudo invierno de increencia e incertidumbre. Dios parece decirle a Jeremías: «en el desánimo, recuerda que junto a ti está el Señor que como un almendro vela por tu vida y la de su pueblo, hasta que llegue una nueva primavera”.
La labor de Jeremías fue dura e incomprendida, pero a él nunca le faltó la certeza de que Dios le acompañaba, y que como un almendro velaba por su vida durante el invierno de la historia israelita. Os invito a leer el capítulo 20 de su libro -sus Confesiones-: el profeta define su relación con Dios, su vocación de profeta, como una declaración de amor: «Tu me sedujiste, Señor… y yo me dejé seducir» (v. 7); y a continuación, manifiesta su soledad y fracaso en su vida apostólica: «La palabra del Señor se ha convertido para mí en constante motivo de burla e irrisión…» (v. 8); y grita, desde una honda depresión: «Maldito el día en que nací, mi madre habría sido mi sepulcro…» (v. 14); Sin embargo, revestido de esperanza, concluye: «Pero el Señor está conmigo como un héroe poderoso» (v. 11).
La labor de Jeremías fue dura e incomprendida, pero a él nunca le faltó la certeza de que Dios le acompañaba, y que como un almendro velaba por su vida durante el invierno de la historia israelita.
El profeta Jeremías vive la experiencia profunda de la soledad y el fracaso apostólico. Pero en la oscuridad de su vacío, descubre siempre un rayo de esperanza. La soledad de Jeremías no es simplemente «sentirse solo». Es, también, una «soledad habitada»: la soledad que impulsa a saber «estar a solas con Dios» y descubrir la mística presencia de su Infinitud que lo llena y lo envuelve todo, y que provoca que su ausencia al ser notada sea ya signo de su presencia misteriosa. Es lo que los místicos han descrito como «soledad sonora», en la que sin palabras podemos dialogar con el Maestro y Señor, recreándonos en su silenciosa compañía.
También nos corresponde hoy, a nosotros, ser testigos de la misericordia de Dios en tiempos difíciles, y sabernos guardados por el Dios de la ternura y la misericordia, que en su fidelidad eterna, «vigila como un almendro» nuestra vida en tiempos difíciles de invierno, profetizando una hermosa primavera del Reino de Dios que viene. Dios, son su discreta y silenciosa presencia de enamorado, rompe todas las soledades y nos invita a ser cada uno para el otro «un almendro que vigila su soledad».




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