El ensayo parece intachable: citas al TJUE, redacción inmaculada. Bastaron dos clics en Chat GPT. El alumno ni abrió la bibliografía. Cumpli-Miento.
Ese atajo ilustra la pereza metacognitiva -esa tendencia a aceptar la primera respuesta sin examinarla-. Ya no hace falta utilizar la carretera de “El rincón del vago”. La IA la convierte en autopista: pulsas “generar” y das por bueno lo servido.
En la universidad, donde el pensamiento aún se está forjando, el coste de ese presunto ahorro es grave: se come el proceso de aprendizaje en una etapa vital y académica clave. Y el del esfuerzo.
Mucho antes de esta oleada tecnológica, Catherine L’Ecuyer avisaba desde su defensa del libro impreso: “Los incentivos externos saturan los sentidos, empachan y anestesian la capacidad de saborear lo lento de lo ordinario”. Si la “infoxicación” en internet y por la vía rápida, o el torrente digital puede embotar la curiosidad, imagine el efecto de un texto todo aparente, inmaculado y… servido sin esfuerzo.
No pretendo confrontar tecnología y educación, sino advertir de la importancia de subordinar la IA -como cualquier otra herramienta- a la formación, al aprendizaje, a la educación. Incluso prescindiendo de los “artilugios” cuando convenga. Se trata de usar bien, y nunca de abusar.
Ese principio inspira al profesor de la Universidad de Navarra Miguel Ángel Martínez-González, Premio Nacional Gregorio Marañón, que ha pactado con sus alumnos la vuelta al cuaderno: apuntes a mano y portátiles fuera, salvo necesidad justificada. No es romanticismo, es neurociencia aplicada: el bolígrafo te hace interiorizar, filtrar, y consolida tu memoria. El estudiante aprende porque aprehende.

En este sentido, y para blindar el criterio propio, el pensamiento crítico, sin frenar la innovación ofrezco algunas ideas:
Escritura manuscrita periódica. Incluso con un diario personal. Nota: Para escribir es bueno leer. Ya en el curso, unos buenos apuntes o una síntesis, un comentario de texto, dan espacio a conversaciones y contra-argumentos.
Idea para profes para el nuevo curso: tutorías cara a cara tras las entregas de los trabajos. Verbalizar dudas obliga a una profundidad que ningún chatbot garantiza. Y acerca al maestro con el estudiante al que ha de acompañar…
Y siempre: evaluar el proceso, no solo el resultado final: es bueno que lo sepamos también los padres.
Para los profesores, una idea: las defensas orales desplazan el foco desde el resultado final hacia el camino recorrido. Aprendemos a expresarnos, a escuchar a otros, a ver si, de verdad, lo hemos captado.
La IA ha llegado para quedarse, sí. Adoptarla con criterio es clave: formará graduados capaces de convivir con respuestas automáticas sin que abdiquen de la necesaria reflexión. La educación no progresa por la velocidad de transmisión, sino por la calidad del procesamiento interior. Hacer pausas, sostener diálogos y cultivar silencios fecundos -releer, preguntar, contrastar, pensar- sigue siendo el mejor antídoto contra la superficialidad (aunque la disfracemos de académica) y la dependencia tecnológica sin control.
La IA (inteligencia artificial) solo va a hacernos rendir si va acompañada de IN (inteligencia natural)…




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