Pongo en alerta respecto a esta debacle hecha a la medida de “1984”, la escalofriante distopía de George Orwell: la sociedad alimentada por un mismo potaje venenoso, feliz de haber renunciado al esfuerzo, feliz de consumir cultura de fábrica, dichosa pese a estar encadenada.
La informática entró en mi vida demasiado tarde. Y cuando entró, percibí que entre esa ciencia novedosa y este sujeto chapado a la antigua había pocos puentes de conexión. Si no he lanzado más de una vez el ordenador por la ventana –con la misma furia que Jane Fonda en el papel de la escritora Lillian Helman, quien pese a disfrutar de un lugar elegante y exclusivo donde elaborar sus novelas (nada menos que una casa hopperiana en una playa de los Hamptons), en una crisis de ideas arrojaba su máquina de escribir sin molestarse siquiera en retirar el folio del rodillo– se ha debido al miedo de descalabrar a algún peatón inocente.
A lo largo de mi carrera he borrado inconscientemente archivos importantes, que pasaron al ámbito fantasmagórico de lo irrecuperable; he quemado discos duros; he roto teclados por pulsearlos con frenesí; he perdido horas y horas destinadas a la bendita creación, a cuenta de un documento extraviado, o de la maquetación de unas fotos en mitad de un texto o de la desconexión entre la impresora y la computadora. De hecho, el sonido del infierno debe parecerse a los chirridos de esas imprentas domésticas que me avisan constantemente de que los cartuchos están a punto de quedarse sin tinta.
Como de estas lides no estoy al día, no han pasado muchos meses desde que escuché hablar de la Inteligencia Artificial por primera vez. Y no entendí en qué consistía, hasta que mis hijos me mostraron una fotografía del Papa vestido como un pelele, es decir, con un anorak burlón diseñado por este misterio informático. Desde ese momento tracé una raya que separa mi mundo de ese mundo sin ley que confunde la mentira con la verdad, a pesar de que en mi entorno me cueste encontrar quien no bendiga la IA bajo la excusa de las ventajas que regala un uso adecuado.
No se le pueden poner puertas al campo, dice el refrán, y las nuevas tecnologías son como la pampa, un océano de hierba en el que no se adivinan las orillas. La gravedad es que tamaña inmensidad se ha entregado al gentío a cambio de nada. ¿De nada? Ja, ja… La contraprestación es el envilecimiento a través de los delitos de nuevo cuño que nos atenazan a través del email y del wasap, también el empacho de pornografía analógica y virtual, y la tabla rasa a la que conduce la IA, es decir, a que como el invento pretende que todos nos dejemos dominar por su indiscutible comodidad, el genio humano, que es un don individual, está condenado a desaparecer.
Desde ese momento tracé una raya que separa mi mundo de ese mundo sin ley que confunde la mentira con la verdad, a pesar de que en mi entorno me cueste encontrar quien no bendiga la IA bajo la excusa de las ventajas que regala un uso adecuado.
Hace veintidós años que llevo entregado a formar jóvenes escritores por los colegios de España, México, Perú y Colombia. Durante esta etapa tan importante de mi vida he corregido miles y miles de relatos y artículos de prensa redactados por adolescentes. ¡Qué bonita misión! No puedo olvidar que la pasión por escribir se prendió en mi corazón a esas edades, y que por tal motivo he brindado toda mi confianza, ilusión y esfuerzo a formar a más de doce mil jóvenes autores, que hoy saben redactar con belleza, es decir, con mesura y verdad.
Desde la aparición de la Inteligencia Artificial he escuchado a algunos profesores y a algunos padres exclamar: «¡Qué buena herramienta para la educación!», mientras su hijos la emplean para evitarse el esfuerzo de activar su creatividad, uno de los atributos del hombre que están ligados directamente al poder de Dios. Por si fuera poco, la comodidad del botón mágico va destruyendo la honestidad, pedestal sobre el que se asienta la escritura. ¿De qué sirven un texto, una novela, un ensayo, un poema, un guion cinematográfico si son producto de una engañifa?
Pongo en alerta respecto a esta debacle hecha a la medida de “1984”, la escalofriante distopía de George Orwell: la sociedad alimentada por un mismo potaje venenoso, feliz de haber renunciado al esfuerzo, feliz de consumir cultura de fábrica, dichosa pese a estar encadenada. Nunca la estupidez ha tenido rasgos tan colectivos, nunca la renuncia a la libertad ha sido celebrada con tanto júbilo.
Aunque me quede solo, aunque me nieguen un hueco para seguir escribiendo, no me da la gana dejar de ser libre.




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