Cuando nos enfrentamos a cualquier evento se activa un indicador que establece, junto con otros factores, unos mecanismos para poder afrontarlo. Se trata de las expectativas. Éste se nutre de varios componentes:
- Nuestra experiencia relacionada con el evento.
- Conocimiento de este.
- Información transmitida por terceros.
Las expectativas son necesarias, pero como el agua y los alimentos, en su justa medida. Es decir, necesitamos agua para mantener las funciones de nuestras células y del sistema. Sin embargo, un consumo excesivo del mismo puede provocar que el contenido del sodio en sangre se diluya y los riñones no son capaces de eliminarla. En el caso de las Expectativas podríamos caer en la híper motivación, provocando una desilusión cuando no se alcanza los resultados esperados. Por otro lado, las bajas expectativas pueden provocar desinterés y no tener la suficiente motivación para acercarnos a él.
Por tanto, las expectativas con que afrontamos cualquier situación son claves para poder obtener un resultado emocional determinado. La justa medida estaría en el escurridizo equilibrio.
Uno de los eventos lúdicos y de dispersión que cada vez estamos más familiarizados, son los viajes. Se puede considerar que es la mejor forma de comprender el mundo que nos rodea, las circunstancias culturales, costumbres que alimentan la tolerancia, empaña, la cercanía con nuestros semejantes, y el conocimiento ajeno. Convirtiéndose en las últimas décadas en una de las actividades de ocio más importantes. Actualmente superamos en el mundo los 125.000 vuelos comerciales cada día, duplicándose esta cifra en tan sólo veinte años. Además, en este mismo instante hay más 20.000 aviones en el aire alrededor del planeta.
En los últimos 30 años Francia ha ocupado el primer puesto en número de visitantes, alcanzando la cifra de 100 millones durante el 2023. Mientras que España, en el segundo puesto, tuvo 85 millones, le sigue Estados Unidos con sesenta y seis millones. París recibió más del 15% de los turistas nacionales.
Las joyas de la Ciudad de la Luz son la Catedral de Notre Dame con 13 millones de visitantes, la Torre Eiffel y el museo del Louvre con casi nueve millones. En cambio, el monumento más visitado en España, la Alhambra de Granada, no llega a los tres millones.

Sin duda, la capital francesa es una espectacular urbe de más de once millones de habitantes que expone una significativa historia que engloba la cultura, la arquitectura y el desarrollo. Como es el caso de la majestuosa Torre Eiffel con más de 6 millones trescientos mil turistas, creada con el motivo de la Exposición Universal de 1.900. Pasear por el Sena, visitar el barrio latino, subir Montmartre a la basílica de Sacrè Coeur, son experiencia únicas e irrepetibles.
Para los españoles, acostumbrados al turismo, nos puede resultar difícil no realizar una comparación con respecto a nuestro país de origen. Y precisamente cuando nos adentramos en los barrios, las calles, es donde podemos verificar que, algunos aspectos, tenemos una calidad muy por encima de nuestros más inmediatos competidores turísticos.
Quizás se trate del tamaño de la urbe o por la pérdida de identidad, pero se percibe cierta decadencia. Por ejemplo, los Hoteles de la ciudad de la luz ensombrece irremediablemente las experiencias más atrevidas. Son reducidos en tamaño, con pequeñas habitaciones y donde el desayuno es especialmente austero y poco diverso. Esto sin contemplar el elevado precio. Lo ciertos es, que París es sorprendentemente caro. Tanto en el transporte, en los aparcamientos, en los accesos a los monumentos, en sus restaurantes y bares. Incluso la zona azul es especialmente costosa.

Hay que tener un gran cuidado con los trileros. No sólo los que degradan la imagen de la majestuosa Torre Eiffel en sus alrededores. Si no también en la insoportable venta ambulante de figuritas de baja calidad, como un mercadeo que intenta sacarle los “cuartos” al ingenuo turista que busca una excelente imagen para llevarse como recuerdo en la cámara de su teléfono móvil. Las empresas que se encargan de organizar visitas tanto a la Torre como a los museos que venden una experiencia única, tan sólo se quedan en una prolongación de aquellos que escondan una bolita en uno de los tres vasos, que engañan y trolean al turista menos avispado.
Es difícil pensar que Francia sea uno de los países con mejor cocina del mundo. Además de tener un coste excesivo, la calidad brilla por su ausencia. Esto sin tener en cuenta que son en algunos casos, cutres, con dudosa limpieza y con baños pequeños y ridículos. Tal vez, les falte ese toque mediterráneo que le proporciona el aceite de oliva y productos frescos y de temporada.
La circulación por sus calles, es una aventura de alto riesgo que refleja el caos reinante. Provocado por el masivo y descontrolado turismo como consecuencia de una fábrica económica donde el producto, somos aquellos que acudimos a la Ciudad de la luz con unas elevadas expectativas. Han intentado, de una manera burda, incorporar un medio de transporte saludable de dos ruedas, pero sin la adaptación, en la mayoría de los casos, de carriles bici o espacios suficiente con unas mínimas medidas de seguridad.
Tal vez, de eso hablamos. Las expectativas que nos han vendido como una experiencia inolvidable elevando las intenciones a cotas perjudiciales. Porque el Louvre, por ejemplo, es un museo que impresiona. Sin embargo, podemos acabar decepcionados con la Mona Lisa, esa pirámide que no termina de encajar, por el tránsito insoportable de turistas y por la cansina y vasta estructura que termina por agotar hasta a los viajeros más preparados. Se convierte, cuanto menos en una experiencia frustrante.

En Andalucía, estamos acostumbrados a entender el turismo y al turista, con altos niveles de calidad tanto en hospedaje como en la restauración. A parte de ser uno de los mejores climas de Europa atesoramos un entorno cultural conservando restos de varias civilizaciones que se han asentado en esta tierra. No es casualidad, puesto que el Sur de España se ha convertido en un enclave estratégico, marítimo y geopolítico dentro del Mediterráneo a lo largo de la historia. Con poco más de siete millones de habitantes entraríamos en el Top Ten de los países más visitados del mundo con más de 32 millones de turistas anuales, por delante de la deseada Tailandia. Con monumentos únicos como pueden ser la Giralda de Sevilla, la Mezquita de Córdoba o la ya citada Alhambra en Granada.
Sin embargo, lo importante es saber extrapolarnos a otros lugares, formas de entender la vida, para valorar tanto lo ajeno como lo propio. Por ello, es recomendable realizar una primera visita dejándonos llevar por la corriente masiva del turismo. Pero, se me antoja necesaria repetir con otras experiencias, al margen de la oferta que nos presenta la maquinaria del marketing teledirigido. Buscar esas otras caras más amables, enriquecedoras, personalizadas y menos bulliciosas. Descubrir, esas otras facetas que, sin duda, nos puede ofrecer cualquier destino turístico. Con nuestra mente abierta a la experiencia espectacular de conocer nuevos lugares, enclaves y destinos.
Mirar con los ojos ingenuos de un niño esperando sorprenderse como si fuera nuevo. Dejarse invadir por la sorpresa que nos muestra aquellos lugares que se nos antoja especiales. Busca la serenidad y la pausa. Así disfrutarás del camino tanto como del objetivo.

Y ante todo, tenemos que pensar que: “…siempre nos quedará París”.




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