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Pájaros negros días felices por Esther Castells

Ester Castells por Ester Castells
5 julio, 2017
en Excelencia Literaria
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Home Arte y Cultura Excelencia Literaria
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No hace mucho yo era una niña, aunque mientras escribo estas líneas siento que haya pasado una eternidad. Los recuerdos son tan nítidos en mi mente como pedazos de película; tan sólo tengo que cerrar los ojos para contemplarlos.

Nada más sonar el timbre que daba por terminadas las clases, corría hasta la verja de metal de la entrada principal. A través de ella veía a mi abuelo, que me esperaba –como todos los días- en el parque frente al colegio, unas veces solo, otras acompañado de nuestro indisciplinado labrador retriever.

De camino a casa, por la amplia avenida que daba al hospital mi abuelo me contaba historias. Era un narrador extraordinario. Poco importaba que fueran anécdotas vividas por él en sus numerosos viajes, retazos de sus lecturas o frutos de su invención; siempre me cautivaban. Lo contemplaba como si de un genio se tratase. Tenía la impresión de que conocía todos los pueblos de España, hasta el más recóndito.

Su nombre era José, Sanchis para los amigos (nunca Sanchís), y los vecinos del barrio le apodaban “El Marqués”. Era un hombre de sonrisa tímida y cabello gris, con una calvicie visible y nariz chata y redonda, rasgo familiar que se ha perdido con él.

Se jubiló donde comenzó su primer empleo, en una conocida papelería del centro de Valencia, en la que alcanzó la categoría de jefe de compras. Pudo haber llegado más lejos. Sin embargo, víctima de aquella época y de sus circunstancias personales, en su juventud no pudo acceder a los estudios universitarios. Aquella fue, posiblemente, la espina más aguda de su vida. Pese a ello, fue un hombre culto y educado, alérgico a las faltas de ortografía y a una caligrafía descuidada. Ante todo, y en cualquier circunstancia, todo un caballero.

De sueño ligero, leía hasta altas horas de la madrugada. Era un enamorado del jazz y de la voz de Frank Sinatra, un apasionado del arte y un mecenas frustrado por no haber sido un hombre de recursos económicos. Aun así, le nombraron miembro del Círculo de Bellas Artes. Mi abuela conserva los cuadros que atesoró durante su vida, unos comprados por él, otros regalados y dedicados personalmente por los artistas, en reconocimiento, agradecimiento o amistad.

Cuando llegábamos a casa, nos sentábamos a ver una serie policíaca en un canal de televisión valenciano ya desaparecido. Por entonces no me reprochaba por no hacer los deberes, tal vez porque sabía que ya llegaría el momento de llamarme la atención, lo que ocurría, sin excepción, durante el último trimestre de cada curso.

El primer día que llegamos a su casa para instalarnos, mis abuelos nos recibieron con una mezcla de cariño y pena a causa de la situación que estábamos atravesando. Fueron nuestro apoyo en todo momento; no sé qué habríamos hecho sin ellos. Esa primera noche dormí en el sofá de la salita. Mi abuela me preparó la cama y mi abuelo me arropó con una manta de cuadros escoceses, antes de darme las buenas noches. La luz del flexo estaba encendida, un tenue resplandor amarillento con el que logré dormir. No recuerdo haberme sentido nunca tan segura y protegida, ni antes ni después.

Tras una época de suspensos, remonté en los estudios hasta alcanzar unas notas más que aceptables. Terminé Secundaria y Bachillerato, y me presenté a un concurso que se llamaba Excelencia Literaria, en el cual gané un accésit. Para entonces, mi abuelo ya había fallecido. Fue en agosto de 2007. El día de su funeral la pequeña capilla del cementerio estaba abarrotada, a pesar de que mucha gente que le conocía y quería se encontraba de vacaciones.

No llegó a verme en la entrega de los premios de Excelencia Literaria, ni leyó mis relatos, ni supo que logré licenciarme en la Universidad. No ha podido darme más consejos que, sin duda, yo habría necesitado, ni reñirme cuando tocaba. Su pérdida me creó un vacío tan grande que nunca lo podré llenar. Al perder a mi abuelo, perdí a un padre.

Vuelvo a esos paseos de vuelta a casa, a una fría tarde de invierno en la que lucía un sol espléndido, sin nubes. Paramos un momento frente al antiguo colegio, situado en la otra parte de la avenida. Una bandada de pájaros negros, en perfecta armonía, surcaba veloz el cielo. Eran minúsculos puntos negros que nos dejaban atrás, avanzando hacia el este. Mi abuelo me dijo que huían del frío, pero no me aclaró de qué especie de ave se trataba. Yo no se lo pregunté porque pensaba que ya habría tiempo. Pero el tiempo se acaba, como la cera de una vela encendida.

Vivimos años muy difíciles: la separación de mis padres, el cambio brusco de vida, la precariedad laboral de mi madre y, por último, la enfermedad de mi abuelo. Sin embargo, la recuerdo con nostalgia, pues ya nada es como antes: me he hecho mayor y he sustituido las lentes de niño por las de una persona adulta. Además, el colegio es distinto; parece muy pequeño, y la avenida no es tan amplia como entonces. Ya no se ven pájaros negros en el cielo y el hospital está prácticamente en desuso. Los recuerdos y los paisajes han quedado sujetos a esa paleta de colores que solamente el paso del tiempo es capaz de modificar.

Esther Castells

Ganadora de la III edición

www.excelencialiteraria.com

 

 

 

 

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