El agente Torres ignoró las miradas de odio que le lanzaba una familia holandesa, mientras les retiraba del equipaje de mano dos colonias y un gel de ducha que sobrepasaban el límite de mililitros admitidos por las normas de seguridad del aeropuerto. Sabía lo fastidioso que era aquello, pero las normas están para acatarlas.
La siguiente fue una mujer de cabello corto rubio, gafas y cara delgada. Llevaba una pequeña maleta roja con ruedas. Parecía española. José decidió probar con el castellano.
─Hola, buenos días.
─Buenas ─. Había acertado.
─Ya puede poner su maleta.
Ella asintió, evitando su mirada, y depositó su equipaje en la cinta. La maleta roja entró en la máquina de rayos X. El agente de seguridad detuvo la cinta para examinar sin mucho interés el contenido: ropa, un libro, un cepillo de dientes y un pequeño tubo de pasta, una toalla y… <<¿qué era eso?>>, se preguntó José frunciendo el ceño al acercar su cara a la pantalla. Parecían dos figuras amorfas, con cinco extremidades puntiagudas. Podrían pasar por guantes, pero le parecieron más sólidos.
En ese momento recibió un latigazo al caer en la cuenta. Lo que le mostraba la pantalla eran un par de manos cercenadas a la altura de la muñeca. Torres tragó saliva, se retiró unos pasos y pidió refuerzos por el walkie-talkie que llevaba colgado al cinturón, sin explicar el porqué.
Medio minuto después apareció la agente Collado con una sonrisa confiada.
─¿Qué pasa, Torres?
─Bueno… Mejor míralo tú misma.
La joven se acercó a la pantalla. Sus pupilas se dilataron a la vez que su sonrisa se desvanecía. Intercambió una mirada con su compañero, tal vez esperando a que se riera y le dijera que se trataba de una broma, pero él se mantuvo serio.
Torres y Collado se apartaron del detector para poder hablar en confidencia.
─Vale; tú interrógala como haces habitualmente y yo, mientras, abro la maleta y… Bueno, ya veré qué hacer.
El agente se se acercó a la mujer, que los miraba con nerviosismo.
─Señora, mi compañera va a retirar su maleta para abrirla. Mientras, yo le haré unas cuantas preguntas. ¿De acuerdo?
Ella asintió, aunque aquel contratiempo no pareció hacerle mucha gracia.
─Para empezar, ¿cuál es su nombre? ─preguntó con un bloc de notas en la mano.
─Gisel Ferrón Palomo.
─¿Viaja sola o viene alguien más con usted?
─No. Sola.
─¿Dónde reside?
─En Granada. Regento una tienda de joyería natural ─le explicó mientras le enseñaba una pulsera elaborada con piedras─. Me voy a Dublín para comprar materiales.
Torres escrutó sus ojos azules. Parecía decir la verdad, pero las imágenes de la pantalla no mentían: llevaba dos manos en la maleta.
Cuando iba a indagar más sobre su corta visita a la ciudad irlandesa, Collado volvió con cara de alivio.
─No te vas a creer… ─dijo con un asomo de sonrisa y los brazos en la espalda.
Él frunció el ceño. Entonces, su compañera sacó las dos manos.
─¡Oh! ─exclamó la mujer─. ¡Esas manos corresponden a unos maniquíes! En ellas expongo mis anillos. Espero que no hayan causado ningún problema.
El agente Torres suspiró con alivio.
─Ninguno, señora. Se trataba de un control rutinario. Ahora mismo mi compañera guarda los maniquíes y le devolvemos la maleta.




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