Apareció mi amigo Javi y me dijo: «Estoy traumatizado». Me interesé acerca del origen de su trauma. Por lo visto, había ido a las Rozas, en Madrid, a pasar una tarde de compras con sus primas, y ellas habían vuelto a casa con cinco bolsas en cada mano, repletas de ropa de marca. «Un sueldo se han gastado, Mateo: mil cuatrocientos euros». Cuando terminamos de soltar exclamaciones tipo «¡Qué locura!» o «¡Están chifladas!», Javi añadió: «Yo sólo me compré dos chaquetas. Apenas me gasté quinientos euros, no como ellas».
Javi, amigo mío, no sé si lo has dicho adrede para escandalizarme o si para ti es habitual acudir a un centro comercial y, por capricho, dejarte semejante cantidad de dinero en un par de chaquetas que no sé si las necesitas. Llámame pobre, si quieres, pero pertenezco a una familia de las que compran ropa dos veces al año (en verano y en invierno, con camisetas a diez euros y en packs de tres), en la que los hijos heredamos prendas de los hermanos mayores y de gente que ni siquiera conozco.

Si te soy sincero, querido amigo, de esos quinientos euros me guardaría un par de ceros para gastarlos en algo más necesario que esas americanas que llevarás durante los cuatro días que dura el frío en Valencia, en donde vivimos y enseguida nos espera un calor infernal. Te aseguro que con la ropa que compra mi madre, la heredada de mi padre y los suéteres que nos regaló mi tía por Navidad, me basta.
Rato después viene Álvaro para decirme que sus zapatillas Air Jordan Flight de color negro, que cuestan cien euros y pico, no le gustan para jugar a baloncesto, que prefiere otras de ciento cincuenta que le llegaron ayer y que, por cierto, son más cómodas que las de noventa euros que utiliza para salir a por el pan. Porque eso de las zapatillas es otra obsesión. ¡Con lo feliz que camino con mis deportivas del Decathlon (mi madre insiste en tirarlas, porque están muy viejas)! Aseguro que me ofrecen múltiples funciones: para correr, andar, dormir, darme un paseo, ir al súper, jugar al fútbol y al baloncesto, pisar la porquería del gallinero mientras lo limpio… y muchas más (son un auténtico todo en uno, ¡un chollo!).
Comienzo a pensar que quizás me separa un escalón social de algunos de mis amigos. Me vienen a la mente aquellos jóvenes de un país de África, de los que me hablaron en una carta que me llegó desde allá, tan lejos, para callarme la boca. Mientras el dinero cada vez pierde más valor en nuestro mundo, para ellos sigue siendo una quimera. Me cuesta creer que si lograran una pequeña suma de billetes, caerían en la tentación consumista de comprarse una camiseta a precio desorbitado. Estoy convencido de que en ese caso aspirarían a tener un balón o una bolsa de chucherías para compartirlas con sus amigos. Al contrario, en nuestro ambiente ha desaparecido la medida de todo aquello que adquirimos, que enseguida queda enterrado bajo el peso de cinco bolsas en cada mano.

Mateo Abellanas
Ganador de la XX edición de Excelencia Literaria




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