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Caminemos

Alejandro Caicedo. Ganador de la XII Edición de Excelencia Literaria

Excelencia Literaria por Excelencia Literaria
12 noviembre, 2018
en Excelencia Literaria
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Home Arte y Cultura Excelencia Literaria
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<<El pelo corto no te favorecía, pero con los años has conseguido sacarle provecho —se dijo con sus cansados ojos puestos en la mujer que salía de un coche negro—. No recuerdo que tomaras una sola decisión que te perjudicara. Todo el mundo te decía que con esa cara tan bonita era suficiente para que conquistaras el mundo y tú sonreías y asentías, pero nunca fuiste un simple adorno. Para una generación eres un ícono, y eso me ha perseguido como una sombra. Sombra que aparecía siempre de noche, cuando las luces estaban apagadas. Pero de nuevo estas aquí, delante de mí y llevas el pelo corto como cuando nos fuimos de vacaciones a Isquia. Y ahora, igual que cuando nos conocimos, tienes diez años más que yo.>>

El café en el que se encontraban estaba frente al puerto. Llevaba atiborrado desde el comienzo del festival. Naturalmente, las majors se encargaban de que todos los que tuvieran que estar sentados lo estuvieran lo más cómodamente posible.

Él se encontraba en una mesa de la terraza, junto a otro director, amigo suyo, el productor de la película de este último y la protagonista. Llevaban allí desde las cuatro y no habían dejado de beber champán, pues celebraban la buena acogida de la cinta, presentada el día anterior. Su amigo se había llevado el premio a la mejor dirección y la esposa de este, el de mejor actuación femenina, ambos por la misma película.

El productor también se dio cuenta de la llegada de Magdalene Neumann al café. Se levantó con la mayor serenidad y diligencia para pedirle que les acompañara. Él le había producido tres películas como protagonista, entre 1956 y 1959, que resultaron un éxito en taquilla. Los productores, si son buenos, nunca dejan escapar una oportunidad; mucho menos ante una actriz de renombre sin mesa.

—¿Qué demonios has visto? —preguntó su amigo en italiano—. ¿Te encuentras bien?

—Ese idiota va a llamar a Magda para que se siente con nosotros —contestó en castellano.

—¡Pero, Federico, un hombre de mundo como tú!… Y, por favor, no insultes a Monforti. Hace lo que puede.

—¿Acaso te he dicho que exista algún problema, Armando? Han pasado muchos años.

—Yo veo natural que no quiera sentarse con ella. A nadie le gusta que jueguen con uno mismo —dijo en francés la actriz.

—Entonces, se lo has contado… —murmuró Federico a Armando—. Muy bonito.

—¿Que quieres? ¡Es mi esposa! ¿Acaso no sabes que ocultarle algo a una esposa es pecado?

—Seguro que ya lo sabe hasta Buñuel.

Monforti llegó a la mesa con Magdalene. Ella no le había visto a él hasta ese momento y en su rostro pasaron los cinco años que habían estado sin saber el uno del otro. Él lo notó, aunque ella era tan buena interprete como para disimular en el mismo instante de tener conciencia de estar proyectando un sentimiento indeseado. Los saludo a todos y felicitó a Armando por su película y a Carole por su interpretación. Ambos se mostraron muy halagados y le agradecieron sus palabras, ofreciéndole una copa de champán. Ella aceptó.

—No sé si la señorita Neumann conoce a Federico Garcés. Gran director y desconocido escritor… por ahora —les introdujo Monforti con la mejor intención del mundo y con la esperanza de ganarse así la simpatía de Federico y, quizás, producirle una película en el futuro.

Monforti nunca supo que Federico, hasta ese momento, jamás había sentido la necesidad de matar a alguien.

—De hecho, son viejos amigos —contestó Armando por él, temeroso de que Federico entrara en un arranque de ira, no porque le apreciara personalmente sino porque la noche anterior habían apalabrado una nueva producción.

—¡Maravilloso! Es espléndido ver cómo el talento se junta con el talento. La mano invisible del arte… —. Monforti observó a la estrella con los ojos de un niño que mira una tarta desde el escaparate—. ¿La señorita Neumann todavía está bajo contrato con la RKO?.

Magdalene se dio cuenta de que Federico era la única persona viva de la tierra que conocía la historia de su infancia. Todo el mundo creía saberlo todo acerca de ella, pero lo único que conocían era el bonito guión costumbrista que se le ocurrió en la cocina de un restaurante de Battery Park donde, recién llegada de su natal Alemania, trabajaba lavando platos. Era cierto que su padre había muerto, aunque no la versión que Magdalene ofrecía. Aunque después de la Guerra su padre no se sometió a un juicio por rebelión, fue el instigador de varias persecuciones por parte de las fuerzas nazis a políticos y dirigentes sociales. Magdalene y su madre huyeron de Alemania en 1935, dos meses después del ascenso de su padre a Kriminalsekretär de la Gestapo. Su madre se había enamorado de un productor de teatro vanguardista que se había establecido en Nueva York, pero las abandonó un año después para enrolarse en un ejército extranjero. Nunca volvió.

Federico sabía todos los detalles necesarios para acabar con la carrera de Magda, pero nunca los contó, a pesar de las circunstancias que rodearon su romance y la posterior ruptura.

La charla resultó agradable. La pareja se retiró a la hora de cenar, para volver al hotel en el que se hospedaban. Monforti se marchó poco después; no quería perderse una fiesta en la que le habían asegurado que estaría François Trauffaut. No quería dejar escapar ese joven saco de billetes…

—No me puedo creer que protagonizaras una película producida por Monforti… —habló Federico en Inglés cuando por fin se quedaron solos.

—Fueron tres. ¿Las viste?

—Todas.

—¿No te gustaron?

—Ese no es el caso… ¿Un cigarrillo?

—No, gracias. Llevo tres años sin fumar.

Federico se había comprometido a cenar a las diez con un director español. Al ponerse en pie se ofreció a acompañarla a su hotel. Comenzaron a caminar por el paseo marítimo. De pronto se sentían veinte años más jóvenes, aunque ninguno lo menciono. Años atrás habían estado juntos en el sur de Europa, a veces por placer y otras por obligación. Evocar aquellos días les traía buenos y malos recuerdos, dependiendo del humor con el que se hubieran levantado. Magdalene vio que aquel paseo le ofrecía la oportunidad para pedirle perdón, pero presentía que a Federico le iba a molestar, pues la gente cambia sus sentimientos, sus hábitos, sus costumbres… <<Nunca podremos zafarnos del orgullo que se nos regaló a cada uno>>, pensó. Las farolas se acababan de encender, prendiendo el rostro de ambos.

—Sabía que la película sobre los gánsteres de Barcelona iba a ser un éxito —le dijo ella mirando los adoquines del paseo.

—Estuve muy cerca de venderle el guión a la RKO. Quizás así lo habrías protagonizado tú.

—De todos modos, me alegro de que la dirigieses tú. No tenía ninguna duda de que te iría bien, a pesar de todas esas tonterías que decían en el Senado.

—Bueno; ninguna de las acusaciones de McCarthy era infundadas y tú lo sabes. Aquí en Europa, por suerte, todavía no piden lealtad a una bandera para rodar una película.

—¿Has escrito un libro?

—Más bien, una obra de teatro. Pero pedir a Monforti que diferencie entre un guionista y un dramaturgo, sería mucho pedir. Cuando el teatro dejó de darle dinero se olvidó de su existencia.

—Sabes que esos años terminaron, Federico. Podrías volver a América mañana si quisieras. Tuviste que irte, no tenías otra opción y eso lo acabamos comprendiendo todos, pero ahora serías bien recibido.

—¿Estás segura?… —le regaló media sonrisa—. Allí el carnet del partido pesa mucho. No tengo interés en convertirme en un trofeo de caza de un senador por Wisconsin.

Cuando las acusaciones de subversión sobre Federico se hicieron firmes, ninguno de sus amigos de profesión se acercó al ático de Soho en el que vivía para transmitirle apoyo. Magdalene, sin ir más lejos, por las noches le pedía al chófer de la productora con la que estuviera rodando que la dejara junto a una peluquería, en la esquina de la calle. Salía del coche y esperaba un rato antes de subir a verlo. Y lloraba cuando Federico le exponía sus planes de marcharse a Francia. Y él se desesperaba cuando recibía negativas por parte de ella para acompañarlo. Federico y Magdalene se amaron durante seis años, que acabaron en otoño de 1955 el día que Federico escapó sin avisar. Él creyó que era la opción más sensata, lo mejor para Magda, a la que convenía que se la relacionara con los galanes del Hollywood. Por eso jamás habían formalizado su relación. Aquella acusación era capaz de arruinar su carrera, así que prefirió echar a volar sin arrastrarla con él a rodar cintas de serie B.

Los problemas habían empezado cuando Federico participó como Ayudante de Dirección en una película de Kazan, que denunciaba las condiciones laborales de los estibadores de los puertos americanos. No tenía por qué haber aceptado ese trabajo, pues había rodado una película para una minor y sabía del interés de varias majors para hacerse con sus servicios como director. Fue por hacerle un favor a un compañero de partido. Además, su condición de exiliado le hacia pensar que sería cuestión de tiempo que lo llamaran a declarar como sospechoso comunista. Decidió que era mejor darles otras razones, más allá de su pasado.

Magdalene le aconsejó que no lo hiciera. No en vano, siempre declinaba las invitaciones de Federico a los eventos políticos y le insistía para que abandonase el partido comunista con la benevolencia de una madre y la preocupación de una esposa. Federico era consciente de que Magdalene era una mujer de hierro que nunca se mojaba, a sabiendas de que el hierro se oxida en contacto con el agua. Había nacido para ser una estrella. Ella lo sabía. Todos a su alrededor lo acababan presintiendo. Por eso mismo se había tragado el dolor de tener que dejarla a cambio de trabajar sin imposiciones. Lo hizo sin rencores pero con reproches. Ella le había avisado muchas veces de las consecuencias de sus convicciones, pero él creía que exageraba. Ahora, tantos años después, había aprendido que Magda no creía en la exageración, pero él no arrepentía de haber hecho oídos sordos a sus consejos. Ella era la verdadera artista y tenía la cabeza mejor amueblada de todo Los Ángeles. Era el animal más astuto y peligroso de esa selva que acabó con él. Haberlo cazado habría despertado prejuicios que no se perdonan; por eso no se le pasó por la cabeza airear sus secretos de familia.

Llegaron al hotel y se despidieron.

—Si alguna vez vuelves, sabrás dónde encontrarme —le dijo Magda.

—Seguro que sabré.

—Quizás puedas, por fin, dirigirme.

—Quizás.

Ella subió a la suite en la que le esperaba su billete de vuelta a Nueva York para el primer vuelo de la mañana. Él continuó su camino hacía el restaurante dónde había quedado para verse con su amigo. Al llegar le pidió disculpas por la demora y solicitó la carta. Ambos comenzaron a charlar acerca de la recién estrenada Plácido, que les había entusiasmado. Se perdieron en una conversación sobre ángulos de cámara y José Luis López Vázquez. Federico se olvidó por completo de su encuentro con Magda, hasta que un trío de guitarras se acercó a la terraza del restaurante interpretando una canción de Los Panchos que lo devolvió a sus vacaciones en Isquia, seis años antes, cuando Magdalene Neumann se cortó el pelo por exigencias de un guión de Frank Borzage.

Alejandro Caicedo

Ganador de la XII edición

                                                           www.excelencialiteraria.com

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