Un hijo de cuatro años no necesita de sus padres lo mismo que uno de nueve y probablemente tampoco quiera relacionarse con ellos de igual modo a los catorce. Crecer supone ganar autonomía, construir opiniones propias y ampliar progresivamente un mundo que durante los primeros años estaba mucho más centrado en la familia. Ese proceso obliga a los adultos a recolocarse. Algunas maneras de acompañar que funcionaban hasta entonces dejan de hacerlo y ambas partes pueden encontrarse buscando un nuevo equilibrio.
Los roces no tienen por qué debilitar el vínculo entre padres e hijos. Crecer también implica reajustar la relación y encontrar nuevas maneras de estar cerca.
La relación con los hijos se transforma a medida que ganan autonomía. Llegan los enfados, las distancias y momentos en los que entenderse cuesta más. Tan importante como afrontar esas diferencias es lo que sucede después: cómo se retoma una conversación, se repara lo que haya podido doler y se recupera la cercanía.
Una habitación sin recoger, las prisas de la mañana, el tiempo delante de una pantalla, una contestación inesperada o una norma que consideran injusta pueden acabar en discusión en pocos minutos. Otros cambios son más silenciosos. Un hijo empieza a contar menos, reclama intimidad o cuestiona decisiones que antes aceptaba con mayor facilidad.
Los adultos atraviesan, además, sus propios momentos. El cansancio, las preocupaciones o la falta de tiempo pueden restar paciencia. Se dicen cosas que después se expresarían de otro modo, se interpreta mal una respuesta o se reacciona con más intensidad de la necesaria. Padres e hijos pueden compartir una gran complicidad en unos asuntos y chocar en otros, o pasar por etapas que requieren recolocar distancias y expectativas. El vínculo continúa ahí, aunque haya que aprender a cuidarlo de otra forma.
Lo que sucede tras una de esas situaciones también ha sido objeto de estudio. Un trabajo publicado en 2016 en Family Relations analizó los procesos de reparación en las interacciones de 96 madres con sus hijos de tres años. Los investigadores observaron a las parejas durante una situación de juego libre y una tarea de puzle más exigente. Una mayor probabilidad de recuperar la cooperación durante el puzle se asociaba con una mejor regulación emocional de los niños, valorada por sus docentes cuatro meses después.
El trabajo se realizó con niños pequeños, por lo que sus resultados no pueden trasladarse sin más a otras edades ni a cualquier situación familiar. Sí permite dirigir la mirada hacia lo que ocurre cuando madres e hijos recuperan la colaboración tras un momento de dificultad.
Los hijos empiezan a necesitar otra cosa de nosotros
Un hijo de cuatro años no necesita de sus padres lo mismo que uno de nueve y probablemente tampoco quiera relacionarse con ellos de igual modo a los catorce. Crecer supone ganar autonomía, construir opiniones propias y ampliar progresivamente un mundo que durante los primeros años estaba mucho más centrado en la familia. Ese proceso obliga a los adultos a recolocarse. Algunas maneras de acompañar que funcionaban hasta entonces dejan de hacerlo y ambas partes pueden encontrarse buscando un nuevo equilibrio.
Que un adolescente reclame mayor autonomía “es síntoma, es signo, de que las cosas van bien”, explica Vanesa Fernández, doctora en Psicología. Esa mayor independencia puede resultar difícil de interpretar para los padres, sobre todo si perciben la distancia como una pérdida de afecto. Fernández sitúa este comportamiento dentro del proceso de construcción de la propia identidad: los progenitores dejan de ocupar el lugar central de años anteriores, los amigos ganan protagonismo y los adolescentes buscan desenvolverse cada vez más por su cuenta.
Comprender esa evolución es, para la psicóloga, uno de los primeros reajustes que deben hacer los adultos. Otro pasa por manejar la inquietud que puede aparecer al ver a los hijos afrontar solos situaciones que antes compartían con ellos. La cuestión es cómo acompañarlos en esta etapa. “No debemos confundir esa autonomía con desaparecer por completo, obviamente, de la vida de tus hijos”, advierte. Fernández propone mantenerse disponibles y ofrecer ayuda, sin intervenir necesariamente si el adolescente no la necesita.
Ese espacio propio tampoco implica prescindir de los límites. Algunos pueden negociarse y otros no, sostiene la experta, que menciona cuestiones cotidianas como los horarios de llegada a casa o la frecuencia con la que se come fuera con amigos.
La cuestión es cómo acompañarlos en esta etapa. “No debemos confundir esa autonomía con desaparecer por completo, obviamente, de la vida de tus hijos”. Vanesa Fernández
Asimismo, destaca la conveniencia de dejar margen para que los adolescentes adopten decisiones propias en asuntos como la elección de asignaturas optativas o de estudios. Para la profesional, es importante que los adolescentes puedan exponer las razones de esas elecciones y que los padres velen por que la decisión esté bien tomada.
Después de una discusión
Tras un enfado, no todos reaccionamos igual. Podemos continuar con el día como si nada hubiese sucedido, esperar a que sea el otro quien se acerque, seguir enfadados durante horas o retomar lo ocurrido una vez que todos estamos más tranquilos.
Carmen Martínez González, pediatra experta en Bioética y Salud Mental, recuerda que la relación afectiva entre padres e hijos se construye a lo largo de la crianza. Martínez relaciona el apego seguro y sano con la estabilidad emocional del niño y con las relaciones afectivas que establecerá en el futuro.
Los conflictos forman parte de las relaciones familiares. “Desear ser padres perfectos es una aspiración imposible que genera tensiones innecesarias en la crianza”, afirma la pediatra. Frente a un episodio de este tipo, considera adecuado reconocer lo sucedido y reflexionar sobre ello, aclarar, en la medida de lo posible, qué ha llevado a actuar de esa manera y pedir disculpas a los hijos que tengan capacidad para comprenderlo. “Si esto es algo puntual y el vínculo afectivo es seguro no debería tener ninguna repercusión”, añade.
Aprender a convivir con los cambios
Aceptar los desencuentros como parte de la convivencia no implica quitar importancia a cualquier modo de relacionarse. No es lo mismo una mala tarde, una etapa de mayor oposición o una discusión que una convivencia dominada por los gritos, el desprecio o una distancia cada vez más difícil de acortar.
Nuestros hijos tampoco necesitan dar por hecho que las personas que se quieren nunca se enfadan o se equivocan entre ellas. En sus propias relaciones habrá diferencias, decepciones, palabras poco acertadas y situaciones en las que tendrán que decidir qué hacer después. En casa empiezan a conocer también esa parte de la convivencia.
No siempre sabremos cómo responder a lo que nos piden nuestros hijos. Habrá que revisar expectativas, hablar de los límites y aprender cuándo intervenir y cuándo esperar. También dejarles espacio para que puedan contarnos lo que les ocurre a su manera y cuando se sientan preparados.
A los padres también nos lleva tiempo acostumbrarnos a esos cambios. Podemos comprender que un hijo necesita más intimidad y echar de menos lo que antes nos contaba al llegar a casa. Quizá sigamos preguntando como siempre y nos sorprenda que ahora le moleste. Hablar de lo que nos pasa a nosotros puede ayudarles a entender por qué insistimos, sin que eso los obligue a contarlo todo. También estamos aprendiendo a conocer al hijo que tenemos delante en esta nueva etapa.





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