El verano ha transcurrido salpicado de malas noticias y nos ha dejado a las puertas de septiembre con zozobra e inquietud: incendios, terremotos, muertes violentas, el asedio desesperado de Ceuta, han agitado las aguas de nuestras playas e inquietado nuestros baños. En la tranquilidad de la orilla, pensábamos que el peligro no estaba en el agua, sino en tierra.
El reciente viaje del Papa León a España detuvo nuestras inquietudes en un sosegado ambiente de encuentros y mensajes cargados de esperanza. Durante una semana vivimos en un clima de serenidad, de concordia, de deseos de ser mejores y cambiar lo que consideramos que no es justo: en unos días, muchos alentábamos nuestra fe en Dios, y, casi todos, recuperábamos la confianza en la humanidad. Incluso, los momentos más álgidos del drama de la emigración se vivieron con deseos sinceros de encuentro e intenciones leales de soluciones que venzan el innato egoísmo.
El viaje de una persona significativa, puede provocar, por un día, un titular de primera página. Pero, la visita de un padre, y León lo es más allá de creencias, deja una memoria que se convierte en testamento. El viaje del Papa nos ha dejado imágenes impactantes, discursos valientes y oportunos y un mensaje que ha hilvanado todas sus escalas y que debemos conservar en nuestra memoria no como crónica del pasado, sino como compromiso de futuro: «Alzad la mirada».

El verano ha transcurrido salpicado de malas noticias y nos ha dejado a las puertas de septiembre con zozobra e inquietud: incendios, terremotos, muertes violentas, el asedio desesperado de Ceuta, han agitado las aguas de nuestras playas e inquietado nuestros baños. En la tranquilidad de la orilla, pensábamos que el peligro no estaba en el agua, sino en tierra. La feria y las fiestas patronales de muchos pueblos, han sido un desahogo efímero. Se avecina septiembre, el mes que nos devuelve a la aparente «normalidad». Una palabra que antes provocaba calma y ahora levanta sospechas.
«Alzad la mirada» nos parece una invitación atrevida en un tiempo como el nuestro: vivimos rodeados de pantallas, de titulares que duran unas horas, de debates crispados y de preocupaciones inmediatas. Nos cuesta mirar más allá del presente. Por ello, quizás el Papa ha insistido tanto en levantar la vista, contemplar la realidad con profundidad y recuperar la capacidad de ver al otro no como enemigo, sino reconocerle como hermano. Los mensajes del Papa han tenido un hilo conductor, subrayando la dignidad de la persona humana, bellamente plasmada en su reciente encíclica Magnifica humanitas.
Una de las características propias es la mirada. Hablar de la mirada de una persona es mucho más que hablar de su capacidad visual, es hablar de la misma persona: cada uno nos reflejamos en nuestra mirada. La mirada de Jesús era compasiva: miraba con profunda misericordia al desvalido, con ternura al desamparado, con indulgencia al pecador. En la mirada de Jesús, se transparentaban los ojos de Dios Padre. Cuando León nos urge a levantar la mirada nos reclama más que un simple ejercicio visual; nos urge a levantar el corazón para contemplar nuestro mundo con los mismos ojos de Dios.
«Alzad la mirada» nos parece una invitación atrevida en un tiempo como el nuestro: vivimos rodeados de pantallas, de titulares que duran unas horas, de debates crispados y de preocupaciones inmediatas. Nos cuesta mirar más allá del presente. Por ello, quizás el Papa ha insistido tanto en levantar la vista, contemplar la realidad con profundidad y recuperar la capacidad de ver al otro no como enemigo, sino reconocerle como hermano.
El viaje a España ha sido el primero de León XIV a un país europeo. No es arriesgado pensar que el Papa ha querido dejar en nuestro país un mensaje para todo el Viejo Continente. Al interior de una Iglesia envejecida, como es la europea, el Papa reclama «alzad la mirada» para revitalizar la fuerza del Evangelio: purificar los pecados cometidos, reparar los daños causados y poner todo el empeño en una nueva evangelización de unos pueblos con larga historia que, en su tiempo, fueron evangelizadores de otros continentes. La fe, es la cuestión central de la Iglesia en Europa.

En sus discursos, cargados de realismo y preñados de esperanza, el Papa confía a las comunidades cristianas y a cada uno de sus miembros, el empeño de dirigir los ojos hacia nuestra propia historia y reconstruir un espacio capaz de recuperar una tradición humanista profundamente arraigada en sus raíces cristianas. El Papa también ha querido extender su mensaje a toda la sociedad, sus instituciones y sus pueblos, confiando a Europa una responsabilidad histórica: hacer frente a un mundo cada vez más fragmentado, sometido a nuevas tensiones geopolíticas. Sin darnos cuenta, el aire que respiramos se ha convertido en una atmósfera hostil. La polarización, no solo afecta a la clase política, sino que está envenenando nuestras relaciones más vitales, deteriorando la convivencia, tensionando las reuniones familiares, enrareciendo los ambientes laborales o las distintas comunidades, incluidas las cristianas.
Al interior de una Iglesia envejecida, como es la europea, el Papa reclama «alzad la mirada» para revitalizar la fuerza del Evangelio: purificar los pecados cometidos, reparar los daños causados y poner todo el empeño en una nueva evangelización de unos pueblos con larga historia que, en su tiempo, fueron evangelizadores de otros continentes. La fe, es la cuestión central de la Iglesia en Europa.
El papa agustino, evocando a san Agustín, ha convocado a todos a «alzad la mirada» para construir «la ciudad»: una casa de todos, fundada en la búsqueda compartida del bien común. En este empeño, para no caer en el ilusionismo, es imprescindible «desarmar las palabras». Cada uno de nosotros, en nuestras relaciones, conversaciones, comentarios y juicios estamos llamados a pensar cómo utilizamos el lenguaje, porque «toda expresión habla, transmite, puede herir o sanar, destruir expectativas o abrir horizontes, sembrar división o despertar posibilidades de construir juntos algo genuinamente humano».
«Alzad la mirada», nos invita a contemplar la realidad con perspectiva: rechazar una mirada corta que achata los problemas hasta chocar con ellos, debilitando la solución de los mismos. «Alzad la mirada», proporciona espacio y tiempo: nos saca de la miopía de los problemas domésticos y traza planes de largo alcance que toquen la raíz del problema, más allá del ruido de las hojas. Para ello, también, es necesario «convertir la mirada»: no basta con analizar los problemas o simplemente denunciarlos. El Papa nos invita a preguntarnos qué podemos aportar cada uno para construir una sociedad más humana y, por tanto, más cristiana.
Alfonso Crespo Hidalgo
Párroco de San Pedro, Málaga



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