León XVI ha lanzado propuestas al corazón por el bien de España, que deben aplicarse unas veces a la nación, otras a cada ciudad y región en la que fue recibido, las más a cada uno de nosotros. Formuló la manera de encarnar el entendimiento y la unidad en un tiempo de crispación; la caridad como respuesta inmediata que no acepta retrasos; la búsqueda de la verdad por parte de los jóvenes y la escucha a la llamada personal de Dios; la vocación divina al matrimonio; la presencia real y actual de Jesús en la Eucaristía; la honestidad a la que están obligados el arte, la cultura y la comunicación; la tecnología para que sea vehículo de transmisión del amor; la autenticidad de la persona frente a las apariencias; la defensa de la vida humana en todas sus etapas; el proceso de convertirse, arrepentirse, enmendarse, reconciliarse y perdonar; la obstinación para que nuestros mares dejen de ser el cementerio para miles de personas sin rostro, historia ni nombre; la advertencia de la Justicia divina ante los abusos que sufren los débiles y, sobre todas ellas, el bellísimo «Dios te ama como eres, pero te sueña mejor».
He dejado pasar unos días antes de sentarme a valorar la visita de León XIV a España, para que el entusiasmo no condicione mi análisis. El entusiasmo es una reacción incontrolable y elevadamente satisfactoria, pero conlleva el peligro de que desdibuje la realidad y de que nos quedemos en lo epidérmico (lo festivo, lo amable) en vez de llegar a lo mollar del que ha sido un viaje cargado de contenido. Precisamos de cierta distancia respecto a la resaca de unas jornadas históricas, que han superado todas las expectativas. De primeras, la visita se presentó con un perfil bajo: se anunció con pocos meses de margen y con una publicidad institucional que presentaba una desvaída fotografía del Santo Padre en blanco y negro. Ante el fulgor de los grotescos conciertos de Bad Bunny en el estadio Wanda Metropolitano –coincidieron en las mismas fechas–, León XIV parecía destinado a ocupar una segunda línea, merecedora de disciplinadas salvas de aplausos por parte de esos puñados de creyentes que siempre dan la cara por el Pontífice de turno. Por tanto, ¿quién me explica el maremagno de emociones en cada uno de los actos programados? ¿Quién el apabullante número de personas que fueron a ver, arropar y escuchar al Papa? ¿Quién el pasillo humano en cada recorrido del papamóvil por las calles de Madrid, Barcelona, Las Palmas y Tenerife?
Conviene tener en cuenta que el Papa no es una estrella del show business, un vendedor de crecepelo ni un nigromante. Tampoco un político de alta esfera, un ideólogo, un repartidor de pagas extraordinarias, un mago, un publicista, un poderoso ejecutivo ni el presidente de un equipo de fútbol sideral. Y no se le puede confundir con quien capitanea una moda, guarda la fórmula de la Coca-Cola o tiene la licencia de una IA espiritual. No es un vendedor de entradas para el Paraíso ni un perdonador de deudas económicas. Un análisis de la historia personal de Robert Prevost, lo dibuja como un hombre discreto, prudente, pragmático, resolutivo, sereno, poco aficionado a los baños de masas pero con una llamativa capacidad de adaptación, que le llevó a aceptar la renuncia al debate matemático y filosófico por el pastoreo de una diócesis pobre, en la que la mayoría de sus fieles apenas cuentan con estudios elementales.
El análisis que me propongo necesita que se mitiguen los ecos de los «¡Vivas!», la cantilena alborozada «¡Esta es la juventud del Papa!»; que se sosiegue la ternura ante tanto bebé bendecido; que se modere el eco de las canciones y se disuelvan las huellas de los bailes; que termine el ir y venir de rosarios en estuches blancos y rojos; que se mitiguen el olor de la pólvora de los fuegos artificiales y el espectáculo de luces sobre la fachada de la Sagrada Familia.
Así mismo, necesito que nos olvidemos de las inclinaciones de cabeza de nuestros representantes públicos, de su aplauso borreguil a los mandatos que no están dispuestos a vivir ni hacer respetar; que las avenidas por las que rodó el coche blanco de urna transparente vuelvan a colmarse con el tráfico de todas las mañanas; que en plazas y parques se difumine la huella de los andamiajes de escenarios y altares; que los curas cantantes dejen a un lado la guitarra y regresen a las tareas propias de sus parroquias; que obispos y arzobispos vuelvan a la administración de sus respectivas diócesis.
Tenemos un verano por delante para preguntarnos qué pidió el Papa en cada lugar y en cada contexto. No se trata de memorizar sus discursos, sino de leerlos o escucharlos sin prisas, sabedores de que están cuajados de impulsos positivos para los hombres de buena voluntad, cristianos y no cristianos, católicos practicantes y católicos ocasionales, hombres de fe, agnósticos, paganos y ateos.
León XVI ha lanzado propuestas al corazón por el bien de España, que deben aplicarse unas veces a la nación, otras a cada ciudad y región en la que fue recibido, las más a cada uno de nosotros. Formuló la manera de encarnar el entendimiento y la unidad en un tiempo de crispación; la caridad como respuesta inmediata que no acepta retrasos; la búsqueda de la verdad por parte de los jóvenes y la escucha a la llamada personal de Dios; la vocación divina al matrimonio; la presencia real y actual de Jesús en la Eucaristía; la honestidad a la que están obligados el arte, la cultura y la comunicación; la tecnología para que sea vehículo de transmisión del amor; la autenticidad de la persona frente a las apariencias; la defensa de la vida humana en todas sus etapas; el proceso de convertirse, arrepentirse, enmendarse, reconciliarse y perdonar; la obstinación para que nuestros mares dejen de ser el cementerio para miles de personas sin rostro, historia ni nombre; la advertencia de la Justicia divina ante los abusos que sufren los débiles y, sobre todas ellas, el bellísimo «Dios te ama como eres, pero te sueña mejor».
Ahora que se han acallado las oleadas de entusiasmo, es el momento de elevar el rostro de Cristo sobre todos estos retos, con la persuasión de que las invitaciones de León XIV están garantizadas por la voluntad de Dios.




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