No todos decimos que no a las mismas cosas porque los “noes” que decimos y los límites que ponemos dependen de nuestros valores. Y cada uno somos diferentes. Cuando un padre o una madre dice “no” a algo porque va totalmente en contra de sus valores, suele hacerlo con confianza y sin dudar. El problema suele venir cuando no tenemos claros nuestros valores.
La autora de Educar también es decir no sostiene que muchos padres han acabado interpretando la cercanía con la falta de normas y recuerda que los hijos tendrán muchos amigos, pero solo unos padres
En un momento en el que muchos padres sienten una presión constante por educar “bien”, poner límites se ha convertido en una de las cuestiones que más dudas genera en la crianza. Decir “no” no siempre resulta sencillo: aparece el miedo a frustrar, a equivocarse o a sentirse demasiado duros con los hijos. La psicóloga y profesora universitaria Ana Aznar defiende que intentar evitar el malestar no siempre ayuda a los niños a desarrollar recursos emocionales y advierte de que “cuando tratamos a nuestros hijos como seres frágiles, les hacemos frágiles”.
En Educar también es decir no. Cómo poner límites con amor (Vergara, 2026), Aznar reflexiona sobre las dificultades que atraviesan muchas familias en la crianza. A partir de situaciones cotidianas y de su experiencia profesional y personal, cuestiona algunas ideas muy extendidas y defiende que la autoridad no tiene por qué estar reñida con el afecto.
Woman Essentia.- En el libro insiste en la importancia de los límites desde edades muy tempranas. ¿Por qué algo tan cotidiano se ha vuelto tan difícil para muchas familias?
Ana Aznar.- Por diferentes razones. Una de ellas es que muchos padres que crecieron en familias autoritarias, las de “aquí se obedece porque lo digo yo”, han querido hacer las cosas de manera diferente. Han querido acercarse a sus hijos, lo cual está muy bien, pero en ese intento de acercarse han pasado a ser sus amigos, a tratarles de igual a igual. Y ahí está el error.
Como padres tenemos que darnos cuenta de que nuestros hijos tendrán muchos amigos, pero solo unos padres, y tenemos que actuar como tal. Nuestro papel nos obliga a guiarles, servirles de ejemplo y poner límites. Se puede ser un padre cercano poniéndoles límites. No confundamos ser autoritarios con tener autoridad. Un niño que crece sin límites es un niño que crece desprotegido.
W.E.- ¿En qué momento empezamos a confundir cuidar el vínculo con evitar que el niño lo pase mal?
A.A.- En los últimos años, con la moda de la crianza con apego, se han extendido muchas ideas sobre el vínculo que no están sustentadas por la evidencia científica. Todos los niños establecen un vínculo con los adultos relevantes en su vida, independientemente de si lo pasan mejor o peor.
Asimismo, se ha popularizado la idea de que “yo lo que quiero es que mi hijo sea feliz”, con lo cual no le digo que “no” a nada porque lo que quiero es su felicidad. Pues bien, esta idea, aunque nace del amor, no es buena. Nuestro objetivo como padres no debería ser que nuestro hijo sea feliz, sino que desarrolle las herramientas necesarias para enfrentarse a los problemas que le traerá la vida y para forjarse su propia felicidad.
Todos los niños establecen un vínculo con los adultos relevantes en su vida, independientemente de si lo pasan mejor o peor.

W.E.- Cuando un padre o una madre tiene que decir “no”, ¿qué suele pasar por dentro?
A.A.- Depende de la situación. No todos decimos que no a las mismas cosas porque los “noes” que decimos y los límites que ponemos dependen de nuestros valores. Y cada uno somos diferentes. Cuando un padre o una madre dice “no” a algo porque va totalmente en contra de sus valores, suele hacerlo con confianza y sin dudar.
El problema suele venir cuando no tenemos claros nuestros valores. En ese caso, decir “no” puede generar dudas e inseguridad. Por eso en mi libro hablo sobre valores e incluyo ejercicios prácticos para reflexionar sobre ellos.
Una situación muy común que suele crear dudas es cuando otros padres ponen normas diferentes a las tuyas: el típico “pero mamá, si a todos mis amigos les dejan”. Ahí muchas veces nos sentimos presionados para hacer lo mismo que hacen los demás. Pero antes de hacerlo piensa dos cosas: cómo es tu hijo y qué quieres transmitirle. Puede que otras familias hagan las cosas de otra manera y también sea válida, pero tú debes seguir tus propios valores.
W.E.- ¿Por qué con frecuencia poner un límite genera tanta culpa?
A.A.- Genera culpa cuando los entendemos mal. La culpa es un sentimiento que nos dice que hemos hecho algo mal. Pero ¿qué has hecho mal cuando pones un límite a tu hijo? Nada. Tenemos que convencernos de que los límites se ponen porque queremos a nuestros hijos.
Otra cosa es que nos dé pena poner un límite porque nuestro hijo lo va a pasar mal o le va a costar asumir nuestra decisión. Eso es normal porque no nos gusta ver sufrir a nuestros hijos, pero no podemos dejar que esa pena controle nuestras decisiones. Si lo hacemos, le estamos fallando.
La culpa es un sentimiento que nos dice que hemos hecho algo mal. Pero ¿qué has hecho mal cuando pones un límite a tu hijo? Nada. Tenemos que convencernos de que los límites se ponen porque queremos a nuestros hijos.
W.E.- ¿Qué pasa cuando un niño crece sin apenas frustrarse?
A.A.- No es bueno. La evidencia científica nos dice que la incapacidad de gestionar la frustración va ligada a problemas de regulación emocional, peor comportamiento, peor rendimiento académico y dificultades en las relaciones sociales. Y estos problemas no aparecen solo en la infancia.
Los adultos con poca tolerancia a la frustración suelen tener menos paciencia, soportan peor la crítica, son más irritables o evitan los retos. Pero ojo: la capacidad de gestionar la frustración es una habilidad y, como toda habilidad, se puede aprender en cualquier momento. Además, la investigación científica habla de probabilidades, no significa que todos los niños que crecen sin frustrarse vayan a tener problemas sí o sí.
W.E.-¿Cómo se puede acompañar la frustración sin intentar evitarla?
A.A.- Es normal que como padres queramos proteger a nuestros hijos, pero tenemos que dejarles sentir y experimentar para que puedan desarrollar habilidades fundamentales como la gestión de la frustración.
Para que un niño aprenda a gestionar la frustración, tiene que experimentarla. No hay ninguna habilidad en la vida que se aprenda por evitación. Cuando un niño se acostumbra a sentir frustración, aprende poco a poco a gestionarla.
En el momento en que nuestro hijo sienta frustración, lo mejor que podemos hacer es poner nombre a la emoción, ayudarle a regularse y animarle a tomar acción. Algo parecido a: “Esto ha salido mal, te sientes mal por ello, tienes que regular tus emociones y ahora, ¿qué vas a hacer?”. Siempre adaptándolo a la edad del menor.

W.E.- En el día a día, ¿cómo se distingue un límite de una forma de control?
A.A.- Esta es una pregunta muy común porque la línea entre poner límites y controlar no siempre está clara. La gran mayoría de padres no quieren controlar a sus hijos, quieren protegerlos, pero a veces, en ese intento de proteger, acabamos sobreprotegiéndoles y controlándoles.
Cuando ejercemos demasiado control damos dos mensajes al niño: que el mundo es peligroso y que él no es capaz de hacer las cosas solo. Y esos no son buenos mensajes. Una pregunta que puede ayudarnos es: “¿Puede mi hijo hacer esto solo?”. Si puede hacerlo, déjale. Y cuando intente hacer algo que nunca ha hecho, deja que pruebe e i
ntervén solo si de verdad necesita ayuda.
W.E.- Si una norma no termina de funcionar en casa, ¿qué suele estar pasando?
A.A.- Pueden estar pasando varias cosas. Una es que quizá la norma no esté bien explicada. Hay niños a los que no les vale una instrucción como “ordena tu cuarto” o “prepárate para el colegio” porque no es lo suficientemente concreta. Necesitan instrucciones más detalladas y visuales, adaptadas a su edad y necesidades. Por ejemplo: “Es hora de prepararse para el colegio: quítate el pijama, déjalo encima de la cama, ponte el uniforme y ven a desayunar”.
Otra razón es que la norma no se aplique de manera consistente. Para que un niño interiorice una rutina, esta tiene que mantenerse de forma estable en el tiempo, como irse todos los días a una hora concreta tras haber cenado y leído, y no un día sí y dos de otro modo.
Y una tercera razón bastante habitual es que no haya consecuencias claras cuando la norma no se cumple. El niño debe saber qué pasa si no respeta ese límite: “Te has pasado el tiempo de pantallas. Mañana no juegas”.
También es importante no fijarnos solo en lo que hace mal. Muchas veces damos por hecho las conductas positivas y no las reforzamos. Decir frases como “qué bien has recogido la mesa” o “qué bien has compartido con tu hermano” ayuda a reforzar esas conductas. El refuerzo positivo es muy importante.
W.E.- Si una familia siente que ha perdido el equilibrio en la crianza, ¿por dónde debe empezar?
A.A.- Hay que volver al principio. Primero, replantearse si estamos educando de acuerdo con nuestros valores y tener claro cuáles son. Después, revisar qué límites estamos poniendo y si realmente van de la mano de esos valores. También conviene analizar qué normas están funcionando y cuáles no, y a partir de ahí hacer un plan nuevo.
Es muy normal perder el equilibrio en algún momento porque las necesidades de los hijos y las circunstancias familiares van cambiando con el tiempo. No hay que tener miedo a cambiar las reglas del juego si sentimos que hace falta.




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