Leía el otro día en un artículo que, durante la entrega del Premio Cervantes al escritor mexicano Gonzalo Celorio, el Rey afirmó sin titubeos: «La verdad no es única ni estable». Su propia afirmación negaba lo que decía.
Me vino automáticamente a la mente el cuento de El traje nuevo del emperador. El dibujo en el cuento de mis hijos del rey desnudo, con el culete al aire, paseándose y diciéndose a si mismo que iba vestido, mientras, los súbditos veían la situación y callaban, hasta que un niño, inocente y por tanto, cercano a la realidad, a la verdad, alzó la voz para decir a grito alzado lo que veía. Solo entonces los demás se atrevieron a reconocerlo. El rey se dejó embaucar y sucumbió al engaño.
Este cuento es de esos cuentos antiguos que tenía moraleja y se escribían para enseñar a pensar a los niños y fueran adultos con criterio. El formar con criterio tampoco cambia nunca, porque la referencia debe ser estable para poder saber lo que queremos y a donde dirigirnos. En el mundo real, hacer estas cosas, es decir cambiar el significado de las palabras y hablar con ligereza de conceptos que conforman nuestra civilización, tiene consecuencias, lo que se dice tiene consecuencias, pero quien lo dice también importa.
Si la afirmación de que “la verdad no es única ni estable” la hubiera hecho cualquiera, pensaríamos que esa persona tiene poca formación y se traga todo, que hace filosofía barata, o bien que está muy abducida por los ideólogos que no quieren que pensemos. Ya decía Santa Teresa de la imaginación que era la loca de la casa. Porque la gente que se atreve a pensar sabe que hay mentiras y verdades, sabe que hay bien y mal, sabe que hay cosas feas y bellas. Y que la verdad, aunque no la conozcamos en su totalidad, existe y se puede buscar y conocer, aunque sea en parte.
La verdad es independiente de que la conozcamos, no depende de nosotros, está ahí y nos llama a descubrirla cuando nos han educado en ello. Es universal y es única e invariable, independientemente del conocimiento al que lleguemos de la misma.
Aunque es cierto que, como decía Aristóteles, el hombre tiene una tendencia natural a conocer, entendiendo por natural al fin al que tiende para su perfección, entonces, ¿quién le llama cuando dice cosas tan disparatadas como las que ha dicho el rey? Pues las modas, las ideologías que tanto mal hicieron al siglo pasado, y este.
La esencia de las cosas es lo que son y permanece de ellas, por tanto, podemos conocer gracias a que no cambian, y si cambiaran, ya serían otra cosa. Y solo conoceremos si aspiramos a la verdad y no nos dejamos llevar por modas sometidas a cambios ideológicos y sin sentido.
Como “nada es verdad ni es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”, por ahí se cuela todo como si fueran incluso dogmas. Esta frase es el paradigma de la posverdad, y ya se sabe a donde nos lleva esta posverdad.
¿Qué consecuencias puede tener dicha afirmación?
En primer lugar es una manipulación del término “verdad”, que en la RAE se identifica con realidad, proyectando una idea distorsionada de su verdadero significado, distorsionando nuestro entendimiento.
La eliminación de la verdad por parte de este relativismo además, elimina el bien y la belleza. Lo verdadero es bueno por ser verdadero, por tanto, no puede ser cambiante ni múltiple, término que utilizó el monarca. Podremos tener múltiples percepciones de la verdad según nuestro conocimiento de la misma, incluso no haber querido acercarnos a ella a través de la realidad, pero por ello, no la conocemos. Esto sería la soberanía de la ignorancia.
La verdad es el orden, la adecuación de cada cosa según su naturaleza y fin. El bien construye, y el mal destruye, y así ha sido a lo largo de la historia, de la historia de nuestra cultura occidental. Por ello, debemos a las ideologías los grandes desastres de la humanidad.
Como nos diría Ratzinger en Conciencia y Verdad, despreciar la verdad de la realidad nos lleva a la confusión del bien, de forma que la actual “reducción de la conciencia a la certidumbre subjetiva, significa al mismo tiempo la renuncia a la verdad”
Una vez descubierta la verdad, Karol Wojtyla nos recordaba la íntima unión de verdad y deber, y es la conciencia moral de esa verdad sobre el bien, la que “lejos de anular nuestra libertad, la redime”.
La verdad es necesaria para establecer leyes, para educar, para enseñar, para ser libres y poder discernir y elegir, pero si no la conocemos, no lo seremos. Esto no significa que se conozca total mente. Hay muchas cosas de las que, por no tener toda la información, no podemos contestar categóricamente, pero si podemos hacerlo, por la parte que conocemos. Además, como hemos dicho antes, que no se conozca totalmente no significa que esa verdad por descubrir no exista, porque no es cambiante. Lo único cambiante son nuestras ideas.
Si vemos al progreso como la “persecución de una finalidad que no cambia y que, si la alcanzáramos pondría poner fin al movimiento, es decir, una realidad que permanece y precisamente porque permanece da sentido a cada uno de nuestros pasos hacia ella”[1], diremos que progresamos en la medida en que nos acercamos a ese fin u objetivo, cuya ausencia o indeterminación haría que nuestras acciones no se consideraran progreso puesto que no sabríamos hacia donde nos dirigimos.
Progrese Majestad y busque la verdad que permanece, que no se le pierda de vista, que no le abduzca la ideología que va picando de flor en flor, porque con la verdad lleva también el sentido de su cometido en nuestra nación, o tendremos que pensar que camina desnudo. Además, le servirá poder seguir manteniendo su función pública.
[1] Bellamy, F.J. Permanecer, Encuentro Madrid, 2020, 126
Majestad y busque la verdad que permanece, que no se le pierda de vista, porque con ella lleva también el sentido de su cometido en nuestra nación, y además le servirá para mantener su función pública, o se verá como el emperador del cuento, porqu equien desprecia a la verdad corre el peligro de que la verdad le desprecie.
.“Este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La belleza, como la verdad, es quien pone la alegría en el corazón de los hombres; es el que resiste la usura del tiempo, que una las generaciones y las hace comunicarse en la admiración…”[2] Pablo VI a los artistas.
[1] Bellamy, F.J. Permanecer, Encuentro Madrid, 2020, 126
[2] García Morente, M. Lecciones preliminares de filosofía, Encuentro, Madrid 2019, 255





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