Hay una belleza que nace de la adecuación a lo real, del cuidado y de la admiración de lo que se tiene delante, sin añadirle cosas innecesarias. Pensaba, inevitablemente, en la vida doméstica, donde tantas veces cargamos de exigencias lo que podría darse con más sencillez.
Ir a una exposición con ocho hijos tiene poco de experiencia estética y mucho de acto deliberado: supone mirar la agenda, asumir el gasto, aceptar que el cansancio no desaparece por arte de magia al cruzar la puerta de un museo y que la atención —la de ellos y la propia— será necesariamente fragmentaria. Aun así, fuimos a ver En el mar de Sorolla en Barcelona, con esa mezcla de deseo y fatiga que acompaña muchas veces a la vida familiar.
Habíamos preparado algo en casa, lo justo para que no entraran completamente en frío. Luego, ya dentro, todo fue como suele ser: uno se detenía, otro preguntaba, otro tiraba hacia la siguiente sala, el bebé reclamaba brazos. Yo misma miraba así, a ratos, sin esa continuidad que uno imagina cuando piensa en una visita “en condiciones”. No a pesar de ellos, sino con ellos, de ese modo necesariamente interrumpido y real en el que transcurre casi todo lo importante.
Y, sin embargo, al salir, me encontré con una sensación muy nítida de plenitud, de haber llenado el corazón de algo bello.
Sorolla tiene cuadros que, vistos de cerca, parecen descomponerse. La pincelada se vuelve casi arbitraria y el trazo pierde unidad. Uno se acerca con la expectativa de entender mejor y, sin embargo, la comprensión se disuelve.

Basta alejarse un poco y todo reaparece con una claridad inesperada.

Resulta difícil no reconocer ahí algo de la experiencia cotidiana. La vida se nos da siempre en proximidad. No hay distancia desde la que contemplarla entera. Desde dentro, lo que aparece muchas veces es repetición, desgaste, pequeñas tareas cuyo sentido no se deja ver de inmediato. Y, sin embargo, no es evidente que esa falta de forma sea real. Puede ser, simplemente, que no tenemos la perspectiva adecuada.
Recuerdo que en un momento intentaba mirar un cuadro mientras uno de los pequeños empezaba a impacientarse. No hubo manera. Y pensé que quizá esa es la condición habitual: ver a medias, interrumpidamente; no alcanzar nunca del todo la unidad de lo que vivimos. Sorolla, sin proponérselo, deja entrever algo que no depende de él: que la belleza no se anula porque no podamos abarcarla completamente.
¿No es esto, en el fondo, la vida? Todos partimos de una realidad previa, que no elegimos completamente, limitada, con su propia textura. La tentación es cubrirla, sustituirla, empezar de nuevo. Pero también cabe otra actitud: acogerla y dejar que forme parte del resultado.
Hay también en su pintura una ligereza que sorprende. No en el sentido de superficialidad, sino de libertad. La pincelada no parece buscar la perfección, ni cerrar del todo las formas. Y, no obstante, el resultado no es impreciso, sino luminoso.
Creo que esto matiza una idea bastante extendida sobre la belleza: la que la vincula necesariamente a lo elaborado, a lo costoso, a lo perfectamente acabado, como si lo bello exigiera siempre condiciones ideales.
Y no siempre es así: hay una belleza que nace de la adecuación a lo real, del cuidado y de la admiración de lo que se tiene delante, sin añadirle cosas innecesarias. Pensaba, inevitablemente, en la vida doméstica, donde tantas veces cargamos de exigencias lo que podría darse con más sencillez.
Hubo un cuadro pequeñito que me llamó mucho la atención. Había en esa arena algo particular… Al acercarme entendí que no estaba pintada en el sentido habitual: el soporte era madera, la tapa de una caja de puros, y el dorado de la madera había sido conservado, integrado en la escena.

¿No es esto, en el fondo, la vida? Todos partimos de una realidad previa, que no elegimos completamente, limitada, con su propia textura. La tentación es cubrirla, sustituirla, empezar de nuevo. Pero también cabe otra actitud: acogerla y dejar que forme parte del resultado. Este cuadro no ocultaba su origen, pero tampoco se quedaba en él, sino que lo asumía y lo transformaba. La vida no siempre coincide con lo que uno había imaginado y, además, permanece, en muchos aspectos, inacabada. Y, sin embargo, eso no impide que pueda haber una forma de belleza verdadera.
Sorolla pinta escenas sencillas: mujeres, niños, pescadores, telas al viento. Nada ostentoso. Me gustaron varias escenas de mujeres con niños. Mujeres que trabajan, que sostienen al hijo mientras hacen otras cosas, que no separan el cuidado de la vida.

Hay también en esas escenas una dureza evidente: el sol, el trabajo, el desgaste. La vida que aparece ahí no es cómoda. Y, sin embargo, tampoco hay dramatismo. Sentí una verdadera gratitud por esas mujeres, por ese trabajo silencioso que ha sido, durante siglos, lo habitual y que nos ha permitido a todos la vida que tenemos.
Una de esas imágenes la conocía bien: es la portada de El privilegio de ser mujer. Me hizo especial ilusión encontrarme con el original, después de haberlo visto tantas veces.
Pero más allá de todo esto, me queda el gozo de haber estado allí, de haber mirado como se pudo y haber llenado el corazón. Salí con el deseo —muy elemental— de pintar. Creo que la belleza, cuando es verdadera, no se agota en la contemplación: despierta el deseo de ser, de algún modo, continuada.





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