Por la calle oscura y honda
va la noche consagrada,
con un temblor de infinito
prendido en sombras calladas.
No es la noche quien avanza,
ni es la sombra quien se alarga,
es un misterio sin nombre
que entre los hombres se encarna.
Tiembla el aire sin motivo,
late un pulso que no habla,
y en lo oculto de la piedra
una presencia se alza.
Van los cirios como estrellas
que en la tierra se derraman,
y en su lumbre se desvela
lo que el alma no alcanzaba.
¡Oh secreto de la sangre
que en silencio se derrama,
como río que en lo eterno
sin principio se desata!
Sale el Hijo entre la noche,
no como rey que se alaba,
sino como herida viva
que al mirarse nos traspasa.
No es su cruz solo madero
ni su peso cosa humana,
es el eje donde gira
toda culpa no nombrada.
Va cargando lo invisible,
lo que el mundo nunca encara,
los pecados sin memoria,
las heridas ignoradas.
Y la tierra, estremecida,
bajo sus plantas se ablanda,
como si en cada pisada
Dios mismo la reclamara.
¡Ay del hombre que no mira
lo que en su dolor se alza!
que en la llaga está la puerta
y en la herida la morada.
Una voz, que no se escucha,
pero en lo hondo nos desgasta,
va diciendo sin palabras:
“todo muere… y todo salva”.
Y María, negra y pura,
lleva un mar dentro del alma,
no de llanto que se vierte,
sino de luz que se guarda.
Es su pena tan callada
que parece no ser nada,
y es abismo donde Dios
en silencio se derrama.
Se arrodilla hasta la noche,
se recoge hasta la nada,
y en su seno el universo
como niño se recata.
¡Oh temblor de lo divino
cuando en carne se declara!
¡Oh silencio que revela
lo que el mundo no descifra!
Ya no hay tiempo ni camino,
ya no hay forma ni distancia,
todo es centro en esa herida
que en la sombra se levanta.
Y el que mira, si se atreve,
si se quiebra y no se guarda,
ve en la cruz no solo muerte,
sino puerta iluminada.
Porque allí donde se pierde
la razón que todo ata,
nace un fuego sin figura
que ni quema ni se apaga.
Y en la hondura de ese instante,
donde el ser se desengaña,
se oye un nombre no sabido
que en el alma se derrama.
No es palabra ni es sonido,
ni es voz clara ni es llamada,
es un “ven” que no se dice
y aun así todo lo arrastra.
Y el que cae en ese abismo
ya no vuelve a ser quien andaba,
porque muere lo que es suyo
y otra luz le es entregada.
Cuando el alba, temblorosa,
rompe el velo de la escarcha,
no amanece como siempre,
ni la luz es la que estaba.
Que en la cruz quedó encendida
una llama inacabada,
y en la muerte se hizo vida
lo que nunca se pensaba.




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