Esto no es igualdad, es querer ser más que Dios, es irresponsabilidad por no querer no asumir las consecuencias de nuestros actos, y es no ser capaz de descubrir la belleza de la vida que surge dentro de ella. El verdadero poder es ese, no es destruirla, sino ser colaboradora y participar en la creación de un nuevo ser.
Celebrar la vida es celebrar la esperanza, algo que muchas veces se confunde con ser positivo, o simple optimista. Pero la esperanza es mucho más ya que tiene fundamento, es esperar en algo que, incluso aunque no pase, es posible que si ocurra. Sin embargo, el simple optimismo carece de fundamento. Está bien ser optimista, es una actitud que ayuda en la vida, pero el optimismo no tiene porque tener fundamento real. Hay personas optimistas por su carácter, puede que en general sean más felices, pero el optimismo infundado es una espera sin esperanza.
La vida trae esperanza, porque cada vida es una nueva oportunidad, para la persona que nace, porque vive, para los que la esperan, porque trae amor, para el resto que, aunque no esperan en concreto, si esperan a un nuevo miembro de la comunidad. Sin personas no existe la familia, ni la comunidad, ni la sociedad. Las personas son la esperanza de la sociedad, las nuevas vidas son la garantía del cuidado de los mayores, y su alegría también, la continuidad de las familias, del mundo, el futuro.
Me da mucha pena cuando se trivializa tanto el tema del aborto en conversaciones en las que se habla, con resignación unos y con orgullo otros, de que es una batalla perdida para los que creemos en el valor de toda vida humana. Prefiero luchar por la esperanza y dejar la resignación de lado, porque no es una batalla perdida por mucho que las leyes aprobadas nos inviten a pensarlo. Eso sería pensar que la humanidad no tiene arreglo y que la vida se ha convertido en una lucha en la que solo cuenta el utilitarismo de las personas y el resto no tiene, ni tendrá, protección. No tendrá ni siquiera derecho a vivir. El ser humano parece querer renunciar a su raciocinio y a los regalos del Creador, a nuestra propia especie, la humana. Sería actuar por instinto sujetos a la ley del más fuerte, pero una ley que, por desgracia, mide la fuerza por el poder o el dinero y no por la excelencia de la persona. Ni siquiera es la selección natural de los animales, sino la selección arbitraria y aleatoria de la mujer, a la que se le da un poder que no tiene y qu eel hombre le entrega en una falsa pretensión de igualdad y exención de responsabilidad.
Las leyes borran el foco de la persona que se elimina, para ponerlo en la mujer que necesita afianzar su identidad eligiendo erróneamente sobre lo que considera su cuerpo, y no un ser en cuya creación tiene el privilegio de colaborar, sin ni siquiera saber muy bien lo que hace. Se las invita a taparse los ojos y no pensar, pero puede evitar sentir.
La vida no es algo sobre lo que se pueda elegir, y cuando surge, hay que celebrarla. Solo el que ha creado la vida debe tener poder sobre ella, y ese poder no es el de la mujer por muy de moda que esté, ni mucho poder que crea tener. Esto no es igualdad, es querer ser más que Dios, es irresponsabilidad por no querer no asumir las consecuencias de nuestros actos, y es no ser capaz de descubrir la belleza de la vida que surge dentro de ella. Porque el verdadero poder es ese, no es la posibilidad de destruirla, sino ser colaboradora y participar en la creación de un nuevo ser.
La vida no es algo sobre lo que se pueda elegir, y cuando surge, hay que celebrarla.
Hoy se celebra la Anunciación, el anuncio del Arcángel Gabriel a la Virgen María de que concebiría y daría a luz al Hijo de Dios, y María aceptó y recibió la vida en su seno por obra del Espíritu Santo. Sin duda tuvo que ser una situación complicada puesto que todavía no estaba casada, de ahí su duda, ¿cómo puede ser si no conozco varón? preguntó ella. Y confió en la explicación del ángel.
La sociedad necesita confiar y tener esperanza, por ello es tan importante redescubrir la belleza de la vida, de toda vida, desde la concepción hasta su final natural, porque sin esperanza no se puede vivir.
Pilar Castañón




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