Hace unos años, buscando un voluntariado para uno de mis hijos, me di cuenta de que las chicas eran las que más inquietud demostraban por ayudar porque todas las organizaciones con las que hablé me pedían que mi hijo se apuntara porque estaban saturados de chicas y necesitaban hombres, que no tenían, para ciertas funciones. Necesitaban la complementariedad para ayudar mejor.
Por otro lado, y mirando el destino de las ayudas, descubrí también que la mayoría de estas iban destinadas a mujeres. El objetivo no era cubrir cuotas ni nada relacionado con el feminismo, sino por una cuestión de eficacia, ya que ayudar a la mujer era ayudar a su familia por el efecto que ella tenía en sus hijos principalmente, y en otras mujeres después. Esta es la razón de que se diga, no como un simple slogan, que la mujer es el motor del cambio, y esto es debido directamente a su faceta maternal y de entrega a los demás.
Estamos en un momento de cambios quizás más acelerados que en otras épocas, y que afectan de una forma más directa a la forma de actuar de las personas. Antes, estos cambios iban dirigidos a hacer la vida más fácil, ayudar en el trabajo o “curar” enfermedades. Puede decirse que tenían una finalidad buena, sin embargo, ahora se acepta todo lo novedoso como bueno identificándolo directamente con progreso pero sin pensar en el llamado bien común, concepto que actualmente no representa nada, y de ahí que el problema ahora sea la ética o moralidad de las consecuencias de esos supuestos avances.
Para el filósofo francés Bellamy, el momento actual de pasión por el cambio, por el movimiento, sea en la dirección que sea, pretende borrar las limitaciones de nuestro mundo, y lleva a que se vean estas limitaciones de nuestra experiencia como penosos accidentes de la naturaleza, y si son accidentes ¿por qué no cambiarlos? Cambiar la realidad por ideas, transformar la naturaleza en deseos.
Ya no se lucha contra las injusticias que existen en la sociedad, sino contra las restricciones a nuestros deseos.
Así, que lo que empezó a reclamarse en los primeros años del feminismo como derechos mínimos para un bien, se han convertido en reivindicaciones que carecen de sentido ya que se han dirigido, en el mejor de los casos, a reivindicaciones abstractas, llegando a ser incluso, en muchos casos, dañinas para la propia mujer. Se imponen ideas nuevas, sin mirar a la realidad ni las consecuencias de lo que se “exige”, al punto de minar la esencia misma de los derechos. Pero lo que es malo para la mujer, es malo para el hombre y para la sociedad.
Muchas preferimos rebelarnos, como dice Bellamy, porque es necesario Permanecer, y hacer caso al Principito para mantener lo esencial, aunque esto esencia esté menos que nunca a la vista de los ojos, y a penas se vea. Y lo esencial del ser humano es precisamente su naturaleza, su forma peculiar de ser hombre, o ser mujer: su masculinidad y su feminidad. Y sin duda, lo que sí vemos son las nefastas consecuencias que vivir por renunciar a nuestra esencia, nuestra realidad.
Para Bellamy el “progreso es perseguir una finalidad que no cambia y que, si la alcanzásemos, pondría fin al movimiento, es decir, una realidad que permanece y que precisamente porque permanece da sentido a cada uno de los pasos que damos hacia ella.” Serían los pasos para cuidar con orgullo nuestra feminidad, a nuestra forma de ser y estar en el mundo y lo que aportamos al mismo, sin dejarnos influenciar por las ideas transformadoras del mundo, permaneciendo para encontrar el sentido de ser mujer.
San Juan Pablo II se anticipó a lo que llevamos años “sufriendo” al escribir en 1985 su carta a las mujeres para la Conferencia de Beiging y la posterior Carta apostólica Mulieris Dignitatem en 1988. El genio femenino que proclama y “agradece” Juan Pablo II a las mujeres, es lo que permanece en nosotras. Pero no debemos dejar que ese “genio”, esa característica constitutiva de la mujer se quede dormida gracias a ideas abstractas sobre lo que es “ser mujer”, alejadas de nuestra realidad, incluso aunque esté el leyes.

La sociedad nos presenta muchos modelos de mujer, muchos incoherentes entre sí, como la reducción de una mujer al cuerpo, mensaje machista y sin embargo presente en todas las revistas femeninas. La imposición casi obligatoria de las mujeres CEO de empresas como garantía de su valía personal. Un poder que parece enfrentarnos al hombre en una competición en la que debemos usar sus armas. Es cierto que estar en órganos de decisión ayuda a otro tipo de políticas pero no todas pueden serlo. Otro modelo es la mujer libre e independiente, que se hace a sí misma y no necesita de nadie, imponiendo además a la mujer un ejercicio machista de su sexualidad que rechaza la maternidad, es decir traicionarnos a nosotras mismas imitando a otros ¡Qué empeño en querer ser cómo ellos! Las superwoman, imposible de conseguir sin enfermar, que todo lo llevan a cabo, trabajo, familia, amigos, deporte, cuerpazo, y siempre perfectas.
Se vende el trabajo como “la” realización personal, cuando la verdadera realización es lo que que dice la propia palabra: personal, una decisión íntima, porque gracias a Dios, somos seres únicos, y por ello es la elección que da sentido de nuestras vidas. De ahí que uno de los graves problemas de este momento es la ausencia de sentido de la vida.
Juan Pablo II utiliza por primera vez el término del genio femenino en la carta apostólica “Mulieres Dignitatem”, y ve en él, la condición para la profunda transformación de la sociedad, porque es precisamente la vida, dar vida, defender y cuidar la vida, una de las características principales de este genio femenino. Y esto se puede realizar de muchas formas y en varios sentidos de vida, sea la mujer madre de familia, profesional consagrada, compañera, o amiga. Porque el genio femenino no consiste en dones extraordinarios en mujeres extraordinarias, sino en dones vividos por mujeres normales en la normalidad del vivir cotidiano.
¿De verdad nos creemos nosotras mismas que existe una identidad femenina?
¿Somos conscientes de tener un modo diferente de ver y hacer las cosas que nos hace tener una misión determinada, necesaria y complementaria? Si somos así de especiales, ¿por qué imitar a los hombres?
Hombre y mujer somos seres humanos, con la misma dignidad, la misma naturaleza humana como don divino. La esencia constituye la naturaleza de las cosas, lo invariable, lo permanente, lo indispensable para que una cosa sea lo que tiene que ser. Pero el ser humano tiene dos formas esenciales de ser desde su constitución, y debido a los más de 6.500 genes diferentes que tenemos, esto es pura ciencia: masculina y femenina. Somos cuerpo, mente y alma, integrados, y el cuerpo no es solo el carcasa, es el medio de expresión y de comunicación. Y el hombre y la mujer son diferentes y expresan a través del cuerpo su forma de ser, en cuerpos diferentes también. Así que, en esa igualdad de dignidad, también hay una desigualdad biológica que determina como somos, como pensamos, como nos relacionamos, como afrontamos ciertas circunstancias y, especialmente, la necesidad de ser complementarios si queremos aspirar a la plenitud del ser. El cuerpo de la mujer está preparado para concebir y criar a un hijo y esto condiciona nuestro el ciclo vital. Esta biología implica en sí misma una vocación maternal, y para ello la mujer recibe un cuerpo y unas cualidades anímicas que la condicionan fisiológicamente para el desarrollo de esa vocación. Pero es más profundo que una dotación física, ya que determina el modo de ser de la mujer, condicionando nuestro cerebro y nuestra psicología, y haciendo a la mujer más cercana a la vida y servidora de ella ya que biológicamente somos el único ser preparado para la maternidad, con todo lo que esto conlleva.Por mucho que quiera, el hombre no puede, igual que no podemos ser madres sin ellos. Esto hace que la orientación de la mujer está dirigida hacia lo vivo, hacia la persona, a custodiar, proteger, cuidar, conservar, nutrir, alimentar, ayudar…

Concepción Arenal, considerada la primera feminista española, empieza a estudiar en 1841 en la facultad de derecho en la universidad central, matriculada con el nombre de su hijo, como oyente, y vestida con ropa masculina. Asiste a tertulias de intelectuales de la época, trabaja en revistas, funda la rama femenina de las conferencias de San Vicente de Paúl, queda viuda y empieza otro periplo.
Su preocupación por los presos, “hombres y mujeres”, la llevó a ser la primera mujer en recibir el cargo de Visitadora de Cárceles. Fundó una Constructora benéfica que hacía casas baratas para obreros, escribió varios libros, colaboró con la Cruz Roja atendiendo a soldados en la guerra carlista, y dirigiendo un hospital de campaña etc. Sentía una gran preocupación por el cuidado hacia el otro, por defender y ayudar. En La mujer del porvenir, Concepción nos cuenta que la mujer estaba valorada dentro del hogar en varios sentidos, el padre mataba por defender a su mujer o a sus hijas, aunque ellas no tuvieran derechos legales. Era un mundo incongruente, ya que la mujer podía ser Jefe de Estado (reinas etc.), pero no podía trabajar en puestos intermedios. En el libro destaca todas las cualidades femeninas que aportan al mundo la mujer, es la visión diferente, más humana y de mayor empatía, lo que se llama ahora liderazgo femenino, y nos recuerda lo que pierde la mujer cuando no recibe educación, lo que pierde el hombre, si no la deja participar, y lo que pierde finalmente la sociedad.

Edith Stein, cuya vida es digna de película, inició un estudio antropológico de la mujer a partir del momento originario, el de la creación del hombre y de la mujer, donde se refleja el estado auténtico de la humanidad. Se preocupa por examinar las dos naturalezas originales: hombre y mujer. Como filósofa, su preocupación era la búsqueda del sentido del ser y de la existencia del ser humano. Mientras que las feministas de su época se volcaban en reivindicaciones, hablamos de 1928-30, su inquietud era comprender el puesto de cada uno, la distinción y complementariedad de los dos sexos. Y es en la Creación donde descubre una triple vocación común al hombre y a la mujer: el dominio y cuidado de la creación, la continuidad de la especie humana, y la de ser imagen de Dios.
La distinción entre ambos viene dada por el modo peculiar de realizar esta vocación triple. Y este modo peculiar de hacer viene dado por las características físicas y psicológicas que acompañan a cada sexo. En esto es determinante la complementariedad, haciendo gran hincapié en la vocación tridimensional que se encuentra en todo ser humano, hombre o mujer: la típica del género humano, la característica del sexo, y la propia individual.
Edith Stein, santa, intelectual, y defensora de la educación de la mujer, afirmaba que “la fuerza de la mujer es su vida afectiva”, quería decir con ello que la mujer siente la necesidad de amar y ser amada, cualidades que la dotan para desarrollar la maternidad como entrega total al hijo, como educadora y formadora, actitudes que realiza también fuera de la maternidad. Y esto es gracias a su facilidad para la empatía, para conocer la realidad de un modo intuitivo y experimental, que una vez más, se orienta a lo concreto, a lo vivo, a la persona.
Cuando Edith Stein habla de la mujer como madre y compañera, no se refiere a un puesto tradicional, sino que son para ella palabras que configuran su feminidad. Esté en el puesto que esté, en la profesión que sea, la mujer debe saber realizar allí su feminidad. Porque, si renuncia a eso está frenando el desarrollo de su ser, y está privando al mundo de ese don, y no habrá cambiado nada la sociedad con la presencia de la mujer en la vida pública.
Si queremos un mundo mejor, si buscamos el bien común, el equilibrio y la complementariedad entre hombre y mujer, entre formas de ser masculinas y femeninas, se convierte en algo fundamental para la persona, para la familia, y por tanto, para la sociedad, y esto depende claramente de la mujer y de que el hombre lo reconozca, de que ese genio femenino del que hablaba San Juan Pablo II no se quede en la lámpara, porque dándose ella, ganará el mundo.




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