El corazón es el lugar donde todo se unifica. No es sólo un órgano del cuerpo, ni exclusivamente una abstracción de una parcela mental. Es el espacio, físico, espiritual, donde se encuentra la unidad. Por eso, escuchar las pulsiones del corazón en aquello que nos trae paz y alegría es tan importante. Y lo contrario, el vivir lejos de los deseos profundos, provoca a la larga una ruptura inmensa, pues significa -literalmente- vivir con el corazón roto.
Vivir de espaldas a las verdades del corazón acaba recalando en uno de estos dos extremos: o el dejarse llevar por la animalidad del impulso, o regirse por la frialdad calculada. Ambas, aunque exteriormente atractivas, son una trampa: una, por la excitación de la “libertad”, que al final esclaviza; la otra, por la seguridad del “control”, que es esclavitud igualmente, aunque de apariencia más pulida. Tanto una como la otra conducen a la ruptura interior: porque la libertad no es tal si no está fundamentada en un sentido trascendente de verdad, y el control en una vida que es pura contingencia no deja de ser una fantasía. Solo en el corazón, que sabe ser libre a veces, y controlar ciertas cosas cuando toca, se encuentra la libertad y la unidad.
Si nos referimos a la moral aristotélica, comprendemos que en el corazón se encuentra la virtud del término medio. Pero el corazón no sólo es central en el terreno de la decisión, y la virtud, sino que es esencial para ver. Como lacónica, pero certeramente, afirmaba el zorro del “Principito” de Saint-Exupéry: “Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos.”
“Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos.” – El Principito
¿Y qué es el corazón? Representa las intuiciones profundas, los anhelos sinceros, la llamada a la felicidad. Seguir al corazón no tiene el sentido adolescente de caer en lo sentimental, ni en acciones impulsivas o sin fundamento. Pero sí implica mantener un cierto nivel de idealismo, arriesgar por lo que merece la pena, y ser capaz de renunciar a lo bueno por lo mejor. Es establecer prioridades y límites, sin dejarse arrastrar por las circunstancias o por influencias ajenas. Representa, al fin, tomar la vida en las manos, cuestionar su núcleo, y no temer mirar hacia el interior.
Sólo siendo conscientes del propio corazón es posible llegar a la alegría profunda, a la verdadera excelencia, tal como nos recalca Enrique García-Máiquez en su artículo “La olvidada idea de la nobleza de espíritu”. O, como cantaba Juan Ramón Jiménez “¡No corras, vete despacio, que a donde tienes que llegar es a ti mismo!” recordándonos que una de nuestras metas, más allá de medrar por perseguir objetivos, debe ser volver a nuestro centro.

Continuando con nuestra tradición literaria, este ideal lo encontramos de forma clara en la poesía de la Generación del 27. Su producción literaria es profundamente refrescante, porque deja atrás los artificios del barroquismo, el racionalismo del XVIII, y las revolutas románticas del XIX. Y las supera a todas, porque encuentra algo que ellas no tenían: la intimidad del corazón. Las ventanas transparentes hacia la realidad del alma. La poesía del 27 nos cautiva porque es profundamente auténtica, porque referencia lo vivo. Es simple, porque nuestros anhelos no resuenan con lo complicado ni perfecto, sino que encuentran su ámbito en lo sencillo e inocente, que trae visos de pureza.




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