Anna Karenina es una película deslumbrante que plasma cómo una pasión arrolladora puede desembocar en relaciones complejas y destructivas, llevándose por delante a una mujer fascinante.
La cinta aborda temas como el amor, el deseo y, en cierto modo, el perdón, todo ello enmarcado en la fastuosa y rígida sociedad aristocrática de la Rusia zarista del siglo XIX. Si esperas una experiencia como la de Doctor Zhivago, olvídalo. Esta es una versión profundamente estilizada, casi teatral, con capas de realidad que se solapan como escenarios dentro de escenarios. Puede desconcertar al principio, pero si te dejas llevar, acaba envolviéndote. Los amantes del cine de autor sabrán apreciarla; quienes prefieren historias más directas, quizá deberían limitarse a leer un resumen de la novela… y tomarse un trago de vodka antes de entrar.
Se necesitó el ingenio de Tom Stoppard para condensar las 350.000 palabras de la novela de Tolstói, publicada en 1877, en un guion de apenas dos horas. El director Joe Wright apostó por una propuesta arriesgada, muy distinta a las adaptaciones tradicionales, con un estilo que remite al Moulin Rouge de Baz Luhrmann. Wright escenifica buena parte de la historia literalmente sobre un teatro, con aristócratas que observan desde las butacas, al tiempo que ellos mismos son observados. Los personajes se mueven entre bambalinas, atraviesan decorados y, de repente, un tren irrumpe saliendo de un escenario para adentrarse en un paisaje nevado que parece sacado de un cuadro de Magritte.
El vestuario es uno de los grandes aciertos: vestidos, abrigos de piel, sombreros y velos no solo encajan a la perfección con la época, sino que hacen brillar a Keira Knightley, que interpreta a Anna con una mezcla de fragilidad y fuerza. Ya había demostrado su talento en Un método peligroso, y aquí confirma su evolución como actriz en un papel de época que va mucho más allá de lo visual.
Jude Law, como Karenin, el marido de Anna, compone un personaje rígido, ético y severo, incapaz de actuar con pasión, pero admirable en su integridad. Él advierte a su desobediente esposa de las consecuencias de elegir el camino del pecado y la anima a cambiar y rezar. Aunque es difícil que el personaje del espeso caiga bien por la rigidez de su actuación, es sin embargo el tipo de funcionario o político incorruptible que todo desearíamos en la sociedad y tanto echamos de menos. Este papel serio es muy distinto a los papeles de niño bonito de Law que representa en tantas películas. Muy diferente es el tono que aporta Matthew Macfadyen como Oblonsky, hermano de Ana, que se mueve con un aire casi cómico, bailando entre trajes y documentos en su oficina. Su actuación supone un giro completo respecto a su distante señor Darcy en Orgullo y prejuicio o su papel serio como espía en Spooks.
Una de las escenas más bonitas de Anna Karenina es el elegante baile durante el cual el Conde Vronsky primero persigue a Anna en un vals hipnótico, deslizándose con ella entre parejas congeladas en movimiento, para luego hacerla girar a través del tiempo y el espacio a un ritmo que va aumentando a medida que la chispa entre ellos se enciende como una llamarada.
¿Qué la seduce tanto? ¿Por qué una mujer aparentemente plena se deja arrastrar por un oficial joven con bigote y uniforme blanco?
Es cierto que el marido de Anna, veinte años mayor que ella, es frío, pero es respetable y respetado. Sin embargo, la pasión que Anna siente por Vronsky irrumpe con violencia, destruyendo su mundo. La historia avanza así hacia un drama inevitable.

La gran pregunta es: ¿cómo recibe esta historia el espectador contemporáneo?
Supongo que la moral de León Tolstói roza lo incomprensible para muchos hoy día debido a que la mitad de los jóvenes crece con padres divorciados y casi la mitad de los nacimientos en Estados Unidos ocurren fuera del matrimonio. Con este panorama, puede resultar difícil para los jóvenes comprender la gravedad de la desaprobación social de la infidelidad que sirve de base a este drama, por no hablar de la cuestión moral desde una perspectiva trascendente.
La complejidad de las relaciones es increíblemente difícil de retratar adecuadamente en un cortometraje de estas características. Algunos lo han criticado duramente por no profundizar lo suficiente en el desarrollo de los personajes, y la realidad es que desentrañar el conflicto interior de Anna Karenina habría ayudado a comprender mejor la historia, incluso poder entender mejor su final. El cine artístico es una forma ingeniosa de elevar la narrativa a una forma de arte no literal y evocadora, pero no puede reemplazar nunca a la narración. En esta forma de hacer cine se relativiza el mensaje que se reduce a las formas y apariencias, y algunos críticos lo tachan de «película de director», en la que el estilo eclipsa el contenido.
En conjunto, Anna Karenina ofrece una rica experiencia cinematográfica, digna de elogio por lograr la compresión casi imposible de la extensa novela de Tolstoi en una obra de belleza. Pero, ¿le hace justicia? Hay una enorme diferencia entre la versión de Wright de Orgullo y prejuicio, en la que también dirigió a Keira Knightley y Matthew Macfayden, y la versión de seis partes de la BBC que veíamos todos los años en familia durante más de una década de forma repetitiva. La película, mucho más corta, de Wright hace justicia al libro de Jane Austen, incluso para los fanáticos devotos de Austen que extrañan las partes omitidas, pero no es lo mismo.
Los que amamos la lectura rara vez estamos satisfechos con la versión cinematográfica, aunque la excepción que cumple la regla es la serie británica de 1981 sobre Brideshead Revisited de Evelyn Waugh . Esta puede ser una de las pocas novelas que ha pasado a la pantalla, no solo adecuándose fielmente al texto, sino posiblemente incluso mejorando el libro, aunque también hay que decir que once capítulos dan para mucho más que unas horas de película. Sin embargo, la decepción de la versión cinematográfica del año 2008 no se debió precisamente a su duración…
En resumen, Anna Karenina es admirable no solo por su artística puesta en escena, y para defenderme de quien no opine como yo, admito, con vergüenza ajena, que aún no he leído el libro completo.




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