Vino por nosotros, los pecadores y enfermos, para que tengamos nueva vida, y en su generosidad nos abre las puertas del pasado en un eterno presente para que si no lo hicimos ayer, lo acompañemos hoy en su Pasión y no nos quedemos al costado del camino espectando, dejándolo pasar una vez más, sin involucrarnos. Y es que no se cansa de buscarnos, de llamarnos con esa delicadeza que lo caracteriza, pidiendo permiso a nuestra libertad. Y nosotros muchas veces nos damos aires de importancia y nos perdemos de comprender que la que Él nos da es exquisita.
En su caminar hacia el Calvario, cada vez que se levanta de sus caídas, ni el peso inconmensurable de la Cruz que lleva ni su rostro desfigurado, impiden que veamos con claridad su mirada amorosísima que se detiene en cada uno de nosotros. Nos contempla con una ternura que el dolor agónico no logra extinguir.
Su mirada no es de este mundo, es como un rayo de amor que nos atraviesa al instante, ir a su encuentro es lo más hermoso que nos puede pasar pues inmediatamente nos conmoverá, ya nada será igual, tanta pureza y bondad nos hablarán al corazón.
Su mirada nos dignifica al instante, se compadece de nuestra debilidad, nos desata de las cadenas con las que nosotros mismos nos amarramos y evita que vendamos nuestra gracia por vanas monedas. Su mirada rectifica nuestro lugar en el mundo, es descanso para nuestra alma agobiada, nos da alas para animarnos a volar, lava nuestras impurezas, nos consuela en nuestras penas y limitaciones, nos levanta, nos abraza, nos da la fuerza para cambiar… sólo debemos dejarnos mirar por Él.
María Santísima también nos mira con sus purísimos ojos maternales, no nos reclama nuestra maldad, lo que hacemos con el amor exquisito que nos entrega su Hijo y en cambio, toca nuestro corazón de piedra para que no nos alejemos. Sabe que si nos quedamos, ya no querremos dejarlo y tendremos sed de conocerlo y amarlo. Y nos trata con esa dignidad que a veces nosotros no respetamos ni descubrimos, cobijándonos bajo su manto perfumado de rosas. María Magdalena, que conoce los abismos del pecado así como la Salvación, nos convoca a no dejarnos apabullar por nuestras miserias sino a vivir junto a ella La Pasión.
Si tan sólo Judas hubiese buscado la mirada de Jesús… habría comprendido cuánto lo amaba y vivenciado su misericordia. En ella hubiese encontrado refugio, perdón y un abrazo de acogida inexplicable para nuestra pequeñez. Pero se encerró en su propia mirada de La Pasión, de sí mismo y su arrepentimiento naufragó en la desesperación. Pedro, en cambio, al dejarse traspasar por la mirada de Jesús, no se quedó en su miseria y fue al encuentro de María Santísima, suplicando perdón.
Sólo Jesús nos sondea, conoce nuestras luchas como nadie, nuestros pecados, las tendencias que nos esclavizan, lo que pretendemos ocultarle o quizás ocultarnos a nosotros mismos… ¡Y nos ama con amor infinito y eterno!
¿Por qué nos queremos esconder del Señor?, ¿por qué no nos dejamos mirar por Él? ¿A qué tenemos miedo? ¿Tal vez a darnos cuenta que construimos nuestra vida sobre arena movediza sin los cimientos que nos ofrece? ¿Será que nos creamos falsas imágenes de Él por nuestras heridas afectivas, que no conocemos el amor verdadero y ello nos hace incrédulos?
Seguirlo implica dejar todo lo desordenado en nosotros, a veces creemos que debe ser tarea exclusiva nuestra y cual fariseos nos independizamos de su ayuda cuando es todo lo contrario: Él no nos va a dejar en ese caminar que encendió su mirada en nosotros. Sabe que pecamos porque estamos heridos, porque en nuestra testarudez no queremos soltar nuestras ataduras y queremos controlarlo todo, que nos cuesta confiar y obedecer. Y sin embargo, nos llama a dejarnos mirar por Él, ¿acaso no somos unos tercos demasiado privilegiados?





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