Es sobradamente conocido que, en tiempos de la oprobiosa, las costumbres se mantenían dentro de pautas de moralidad muy estrictas, y era impensable que se divulgara al pueblo en forma impresa detalles escabrosos de la vida privada de los políticos, impidiendo la censura que semejante desacato se produjera. Tal hábito se correspondía con una sociedad puritana y, por ende, claramente hipócrita. Al servidor del bien público le era exigible una intachable conducta para que apareciera ejemplar ante el pueblo y, si no se correspondía con la realidad, se falsificaba ésta o, al menos, se silenciaba.
A pesar de las citadas limitaciones, no podía impedirse que corrieran rumores sobre los desvaríos de algunos ministros o políticos de rango, pues el culto a la “querida”, figura que las licenciosas costumbres actuales han hecho desaparecer, siendo incluida en el confuso eufemismo de pareja. Aquella era admitida con reservas y se justificaba como una compensación del supuesto desvelo del prócer por el bien común y, ni que decir tiene, que todos los españoles anhelaban alcanzar un nivel de vida que les permitiera no sólo disponer de televisión en color, sino de las delicias de una complaciente querida, aunque ello requiriera la aceptación de numerosas letras mensuales. Naturalmente, en el caso del prócer, los gastos derivados de su mantenimiento los afrontaba personalmente, detrayéndolos de su renta personal y familiar.
Esta forma de proceder se mantuvo en los primeros gobiernos de la democracia, sufriendo un giro total con la llegada de los socialistas. Estos consideraban que no tenían que acreditar ningún tipo de moralidad personal, pues fueron tan hábiles que, bajo el manto del progresismo, podían encubrir cualquier desmán, de forma que cuanto más liberales fueran sus costumbres, mayor progresismo les adornaba. Ni que decir tiene que no ocultaron sus debilidades, y hasta alardearon del cambio de la esposa, o compañera, después de otros no menos ostentosos. Esta desvergüenza fue acompañada por el interés que pusieron en que la sustituta percibiera ingresos a costa del presupuesto, cuestión justificada ante la necesidad de que la mujer no tenía porqué estar supeditada al sueldo del esposo, o compañero de turno, pues ello contribuía a su indignidad. Así hemos llegado a la situación actual, en la que mediante la hábil fórmula de apoyar la promoción de la mujer en general, han promocionado particularmente a sus amantes a las que, por no humillarlas, dejaron de llamar querida e integraron su mantenimiento en el presupuesto general, autonómico o municipal, según el caso. En conclusión, fueron mucho más hábiles que los políticos del periodo franquista y ellas quedaron mucho más satisfechas. Desde el ideario político del partido socialista se ha avanzado mucho en la socialización no solo de los medios de producción sino del placer.
Desde el ideario político del partido socialista se ha avanzado mucho en la socialización no solo de los medios de producción sino del placer.
El goce de disfrutar de los beneficios de la querida, que era estimado como bien de consumo deseable por los reprimidos ciudadanos de la época franquista, ha sido internalizado en la economía general a través del presupuesto por los socialistas, con lo que se ha logrado darle un marcado carácter social al asunto y, a la vez, se ha presentado como una batalla ganada en la lucha por la liberación de la mujer: todo un progreso, a juicio de los beneficiarios, lo que se está extendiendo por mimetismo en el resto de los partidos del espectro político, dadas las ventajas que aporta. Naturalmente, el pueblo que paga los impuestos no alcanza a vislumbrar ningún ápice del bien común ni ha llegado a percibir las ventajas de este progreso reservado a los políticos, ni mucho menos a comprender qué derechos les amparan para que se considere justificada la inclusión de sus desahogos en los diversos presupuestos públicos.
Ni que decir tiene que la envidia, defecto muy español, ha contribuido a incrementar aún más las vocaciones de los servidores del bien común. Es comprensible.





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