“La motivación está directamente ligada a la liberación de dopamina, un neurotransmisor clave que refuerza los circuitos de recompensa en el cerebro. Esta activación mejora el enfoque y la memoria, lo que incrementa el rendimiento, la constancia y perseverancia”, apunta Elvira Perejón Díaz -San Fernando, Cádiz- 37 años, neuroeducadora y especialista en neuropsicología.
La, además, maestra de Primaria especialista en Lengua Extranjera y maestra de Educación Infantil, fomenta la disciplina positiva y el acompañamiento emocional respetuoso. Recuerda, que, estudios como el de Murayama y Elliot (2019) confirman que los niños motivados muestran una mayor activación de las áreas cerebrales relacionadas con el aprendizaje, y ello representa un mejor desempeño en el colegio y en la vida diaria.
Perejón, organiza, además, eventos educativos para familias y profesionales como el I Congreso Internacional de Pantallas y Educación.

Woman Essentia.- Solemos hablar tanto en la escuela como en casa de la importancia de motivar al niño y de procurar ayudarle a potenciar sus capacidades. ¿Qué logrará el niño si se mira por esto? ¿Y si se le abandona?
Elvira Perejón.- Un niño que se siente seguro de sí mismo, que siente que sus adultos de referencia confían en él, será un niño con mayor motivación e impulso para cumplir sus metas. Esto se traduce en un cerebro más adaptable, gracias a la plasticidad neuronal y mejora su capacidad para adquirir nuevas habilidades y resolver problemas. Asimismo, puede activar genes que favorecen el desarrollo cognitivo y emocional, maximizando su potencial biológico.
Por el contrario, la falta de afecto o crecer desde un apego evitativo, ansioso o desorganizado sin los estímulos adecuados puede llevar a un estado de estrés crónico, que altera el funcionamiento del sistema nervioso y afecta negativamente a la plasticidad cerebral.
Entre otros, derivará en un menor rendimiento cognitivo, salud mental deteriorada, afectando incluso al sistema inmunológico, mayor predisposición a sufrir enfermedades y puede aumentar la vulnerabilidad a problemas psicológicos en el futuro. De igual modo, puede fomentar la inseguridad y baja autoestima.
Un niño motivado, no solo rinde mejor en términos académicos, sino que también es más resiliente ante los desafíos y tiene mayores y mejores herramientas para afrontar la vida.
W.E.- ¿En qué porcentaje influye el entorno (familia, escuela, amigos…) en el niño para que avance convenientemente en su desarrollo personal?
E.P.- Aunque no es fácil dar un porcentaje exacto, sabemos que el entorno casa-escuela son los factores más influyentes en el desarrollo de un niño.
Las interacciones familiares, la calidad de la educación y las relaciones sociales juegan un papel crucial en cómo el cerebro del niño se moldea. Un ambiente positivo y enriquecedor puede activar genes asociados con la resiliencia, la creatividad y la inteligencia.
De hecho, recientes estudios sostienen que los niños criados en entornos de apoyo emocional y académico tienen una mayor capacidad para desarrollar sus habilidades cognitivas y sociales.
W.E.- ¿Qué daño se le causa a un niño al que continuamente se compara con otros compañeros, amigos o hermanos?
E.P.- La comparación entre niños siempre es un error y si me apuras, en la vida en general. En los más pequeños tendrá definitivamente efectos negativos en su autoestima y desarrollo emocional.
Las comparaciones generan estrés y sentimientos de inferioridad, lo que puede activar respuestas emocionales negativas que interfieren con su capacidad para aprender y desarrollar un autoconcepto positivo.
Desde una perspectiva neurocientífica, el estrés crónico activa el eje hipotálamo-pituitario-adrenal, liberando cortisol, una hormona que puede dañar el desarrollo de las conexiones neuronales si el cortisol está constantemente liberándose en exceso.
Además, las experiencias emocionales relacionadas con la comparación negativa pueden incluso modificar la expresión de genes asociados con la regulación emocional, aumentando la predisposición a la ansiedad o la depresión.

W.E.- ¿Lo que se vive y aprende en la infancia determinará lo que somos en un futuro?
E.P.- Sí, tiene un impacto profundo en nuestro futuro. Los primeros seis años de vida son cruciales para la formación de aproximadamente el 90% de las estructuras cerebrales, que influyen en el desarrollo físico, comportamiento, emociones y cognición.
La epigenética nos enseña que las experiencias tempranas pueden “marcar” la expresión genética, lo que significa que las vivencias durante este período crucial pueden afectar el desarrollo cerebral a largo plazo.
Aunque el cerebro sigue siendo plástico a lo largo de la vida, las bases sentadas en la infancia son determinantes para nuestro bienestar emocional, físico, social y cognitivo.
W.E.- ¿Cómo de importantes son las emociones a la hora de aprender? ¿Cómo se puede ayudar al niño en su gestión?
E.P.- Las emociones son esenciales para el aprendizaje. Un niño que se siente seguro y apoyado emocionalmente tiene un cerebro más dispuesto a aprender y con mayor curiosidad.
Las emociones como la alegría y la seguridad, activan el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina, lo que refuerza la atención y la memoria. Por otro lado, vivir en un constante sentimiento de miedo o estrés puede dificultar el aprendizaje y el neurodesarrollo.
Para ayudar al niño en la gestión de sus emociones, es importante enseñarle a identificar sus sentimientos, es lo que se conoce por la “alfabetización emocional” y proporcionarle a lo largo de su infancia herramientas de autorregulación emocional, siendo muy importante el ejemplo de sus adultos de referencia en la gestión y autorregulación emocional.
Las emociones son esenciales para el aprendizaje. Un niño que se siente seguro y apoyado emocionalmente tiene un cerebro más dispuesto a aprender y con mayor curiosidad.
W.E.- ¿Cómo ayudar a un niño inseguro de sus habilidades?
E.P.- En primer lugar, resulta adecuado fomentar una mentalidad de crecimiento siendo preciso posibilitar su autoconfianza mediante el aliento, no desde la alabanza o la motivación extrínseca, haciendo que se sienta orgulloso de sí mismo por su esfuerzo más que por los resultados.
Al valorar el proceso, los niños aprenden que pueden mejorar con dedicación, lo que refuerza su confianza y disminuye la inseguridad. Asimismo, es útil establecer pequeños retos alcanzables gracias a los que construyen su autoconfianza, es lo que me gusta llamar “pequeñas victorias”.
Todo esto se complementa con la creación de un ambiente seguro para el error, donde los niños no sientan temor a equivocarse, y los errores se vean como oportunidades de aprendizaje.
Finalmente, los juegos de mesas para acompañar el manejo de la frustración o la lectura de cuentos o historias sobre personajes que enfrentan desafíos parecidos a los suyos y también las propias historias de adultos de referencia pueden servir para enseñar resiliencia.
Rebajar la carga de autoexigencia y perfeccionismo en los adultos también es esencial. Es importante acompañar, sobre todo, desde el ejemplo y modelo del adulto, evitando frases como “Qué torpe soy”, “Esto se me da fatal…” y alterar esos pensamientos negativos por afirmaciones positivas, como “Estoy mejorando” o “Lo estoy intentando”.

W.E.- ¿Es conveniente pensar en que un niño hace esto o lo otro y lamentarse de que tu hijo no? ¿Todo tiene un tiempo?
E.P.- No es conveniente, ya que cada cerebro es único. Ni el cerebro de dos gemelos monocigóticos es igual, y cada niño tiene su propio ritmo de desarrollo.
Cada niño posee diferentes habilidades, capacidades y formas de aprender y procesar la información ya que el cerebro de cada niño se adapta y cambia a lo largo del tiempo en respuesta a las experiencias que vive, y estas incluso pueden llegar a modificar la expresión de ciertos genes.
Esto está relacionado con la diversidad neurocognitiva, que se traduce en que cada individuo tiene una dotación biológica única, y es el contacto entre esa genética y el entorno el que define la evolución de su desarrollo.
Algunos niños pueden destacar en ciertas áreas antes que otros, pero eso no significa que los demás no lo harán más adelante o que deban seguir el mismo ritmo.




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