El pasado verano no he escrito nada digno de ser publicado: muchas cartas, reflexiones
personales y algún que otro poema tonto… pero ningún artículo propiamente dicho. Y no ha
sido fruto del desinterés o la pereza sino, más bien, el primer efecto de dos sucesos: un
fallecimiento y una llamada, que tendrán un impacto vitalicio en mi recorrido literario. Sin
embargo, prefiero no profundizar en ellos ahora.
A pesar de todo –y he aquí el objeto del presente texto–, ha resultado el verano más creativo de
mi vida. Mi imaginación ha volado a sus anchas sin hacer yo nada por detenerla. He visto un
sinfín de criaturas en las nubes, he jugado a que soy un gigante en el Sáhara mientras paseaba
por la playa, he cantado en japonés, he debatido sobre la procedencia de las estrellas sin utilizar
ningún fundamento lógico, he descubierto la cueva de Winnie de Pooh y la cabaña de los Siete
Enanitos, he comido comida de serpiente y he construido una piscina antigravedad que se apoya
en el techo.
La creatividad no tiene porqué plasmarse solamente sobre un objeto tangible –un cuadro, una
partitura, una escultura o un libro–, sino que se puede condensar en un comentario y zumbar en
el aire hasta disolverse en la nada. Por eso confieso que he descubierto lo divertido e interesante
que resulta compartir la parte irracional de la personalidad, tan única y distinta en cada uno.
He aprendido a nadar en mis ideas sin temor a ahogarme en el intento. Este hallazgo lo ha
facilitado un círculo cercano alegre, tolerante y comprensivo: amigos dispuestos a participar de
mis chistes inofensivos, ya soportándolos con paciencia, riéndose con ellos o, en el mejor de los
casos, enriqueciéndolos con otras ocurrencias de su autoría. En definitiva, ellos avivan mi
ingenio sin buscarlo.
Por encima de todo, es necesario perder el sentido del ridículo. Tras toda una adolescencia
acallando la imaginación, ahora puedo apropiarme de la afirmación de un poeta polaco:
<<prefiero lo ridículo de escribir poemas a lo ridículo de no escribirlos>>. Prefiero el tonto
comentario “¡Veo pitufos!” cuando paseo por el monte, a no hacerlo por miedo a parecer tonta.
Esto ha devenido en que con mis amigos he abierto un zoo comunitario. En él hay un burro azul
que va “de lao a lao y a otro lao”, como la Rosalía; un unicornio llamado Corni, que se carga
con un enchufe y que escupe Maltesers; un bicho palo al que hemos bautizado Palini y sobre
cuyo lomo recorremos el mundo; una familia de monocitos –que no son células del sistema
inmunitario, sino monos pequeños que transitan por nuestras venas y nos salen por la nariz si se
les llama desde la oreja–; un gato que pone huevos; unos duendes irlandeses que viven dentro
de un bollo y una cebra que se llama Zebra y que no hace nada especial. Como tanta fauna no
nos cabe en casa, hemos comprado un agujero en la pared, y por él nos deslizamos hasta el reino
donde nuestros animales descansan mordisqueando golosinas.
Somos niños en cuerpo de adulto: nos hemos sacado el carné de conducir y cuando compramos
cervezas no nos piden el DNI en la caja, pero somos niños, insisto, y seguiremos siéndolo en la
medida que veamos una fiesta de hormigas allí donde los adultos solo ven un arbusto.

María Pardo Solano
Ganadora de la XIV edición de Excelencia Literaria




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