Con frecuencia, he indicado en mis vídeos que hoy más que nunca debemos esmerarnos en pensar con la debida precisión, si queremos superar el estado de emergencia educativa que estamos padeciendo. Algún amable oyente me preguntó qué entiendo exactamente por «pensar con precisión». Lo aclararé con un ejemplo muy expresivo.
Todos conocemos la famosa frase de San Agustín: «Ama, y haz lo que quieras» . A menudo se la entiende de esta forma: «Con tal de que actúes movido por el amor, puedes hacer lo que desees». A primera vista, esta concesión de la primacía al amor suena bien, a modo de una música agradable. Pero actuaríamos de modo atolondrado si no la matizáramos debidamente.
En principio, ¿a qué tipo de «amor» se refiere San Agustín? Me extrañaba que este gran escritor ‒tan agudo como precavido y cuidadoso con el lenguaje‒ utilizara el verbo «amar» sin matización alguna , pues «amare» ‒en latín‒ significa algo parecido al español «amar», querer algo o a alguien de modo egoísta o de modo generoso.
Para salir de dudas, me fui al original (In Epistolam Joannis, X, 7) y observé que escribe lo siguiente: «Dilige, et quod vis fac», que significa, a la letra: «Ama con amor oblativo, y lo que quieras hazlo» . Para dejar bien claro su pensamiento, agrega: «Pues, si amas de verdad, no es posible que hagas algo que no sea el bien».
San Agustín ‒uno de los escritores más lúcidos de la historia‒ tenía muy claro que el amor verdadero, desinteresado, comienza cuando subimos al nivel 2, y, en éste, nuestra libertad de maniobra ‒la de actuar como nos place‒ se convierte en libertad creativa, libertad orientada a hacer el bien.
El amor es el canon de la libertad verdadera, la generosa y creativa. Desde los antiguos griegos, el canon es el que da la medida, el criterio para juzgar lo que es auténtico.
Obsérvese que la fuerza de la argumentación agustiniana radica en el uso del verbo «diligere» ‒amar con actitud generosa‒, csituado en un nivel superior al simple verbo «amare».
Si, por desconocimiento o descuido, los traductores hacen caso omiso de esta matización, se empobrece el texto traducido y se provocan muy serias confusiones. Lo mismo sucede en griego con el verbo “agapao” (amar de forma generosa) y el sustantivo “agape” (amor oblativo, amor de entrega, amor sumamente generoso). Por eso, los cristianos antiguos recuperaron ambos términos –agape y agapao– para expresar lo que deseaba expresar Jesús cuando recomendaba a sus discípulos que “se amaran unos a otros, como él los había amado”.
Como ejemplo de finura en la traducción de los textos importantes, es de notar que exegetas renombrados afirman actualmente que el adverbio “como” en esta frase de Jesús no significa “porque” o “puesto que”, sino “del mismo modo como”. Es decir, que Jesús solicita de sus seguidores que se amen “con la generosidad que Él puso en sus actos de amor”.
Pensar y expresarse con rigor exige cierto esfuerzo, pero, si lo hacemos, somos recompensados con creces. Nos da la solidez y la seguridad que va unida a la certeza. Fijémonos en que el mismo San Agustín, a continuación del texto antes comentado, nos tranquiliza con estas palabras: «Tenete ergo dilectionem et securi estote»: «sed fieles al amor oblativo y sentíos seguros». Esto nos dice un genio de la vida espiritual, que sabía por experiencia lo que son y dan de sí los dos tipos de amor: el interesado y el generoso.
Nadie tan consciente como él de que, para conocer las realidades superiores ‒las propias de los niveles 2, 3 y 4‒, se necesita amarlas con talante generoso. De ahí induce que, si nuestra actitud en la vida es de amor desinteresado, nuestras decisiones de tipo ético y religioso serán indudablemente rectas y adecuadas.
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