Amar no es pedir, sino dar. En una sociedad acostumbrada a la tasación —del tiempo, el dinero, las acciones—, merece la pena recordar que el amor verdadero mora en la donación y prescinde del cálculo. Da quien se sabe rico, porque conoce que los mayores tesoros son intangibles. Lo material, entonces, adquiere sentido en servicio de lo espiritual y, en ese plano, lo más alto es la capacidad de ofrecer algo de uno mismo al otro. Gerardo Diego lo resume bellamente en los versos que escribe a su mujer: «Me estás enseñando a amar; yo no sabía. Amar es no pedir, es dar, noche tras día.»
Da quien se sabe rico, porque conoce que los mayores tesoros son intangibles.
Por eso, quien ama generosamente es capaz de hacer esfuerzos y renuncias, como canta Serrat sobre la persona que deja su lugar de origen por amor: “Porque te quiero a ti, dejé los montes y me vine al mar.” Y esta querencia no es posesión, sino un buscar el bien del otro hasta el punto de sacrificar lo propio por hacerle la vida más hermosa.
En este sentido, la actividad creadora auténtica es generosa, pues desborda lo que en sí contiene. Se crea no para buscar lo que no se tiene, sino para donar lo que se tiene —llámese sensibilidad, mundo interior, experiencia de la belleza, o de la tragedia—. Por tanto, la actividad artística bien entendida es un acto de donación.
La creación genuina entonces no es una búsqueda egocéntrica, aunque pueda ser solitaria o individual. De ahí aquello del “amor al arte” y el arquetípico artista con problemas para llegar a fin de mes. Si aportara cuantiosos beneficios y certezas, los artistas tendrían otra fama, o no correrían riesgos personales por hacer lo que hacen.
El arte es desprendido porque es contrario a los signos de la eficiencia. La música, por ejemplo, en términos productivos o creadores de alimento o comodidad, es perfectamente inútil.
La eficiencia queda simbolizada por la cuadratura y lo lineal, que son los signos de la economía slim. Su fin es optimizar y reducir recursos. Y aunque nos resulte muy útil para el aprovechamiento de las fuentes materiales, esta mentalidad nace de una escasez.
En contraposición, la abundancia —que no busca reducir recursos en respuesta a una pobreza, sino donarlos— rara vez se limita a la linealidad. Se expresa, las más de las veces, en curvaturas, volúmenes, virtuosismo, filigranas.
Si viviéramos sólo de pan y sustancia, el esfuerzo creador sería ridículo. Por este motivo, hoy más que nunca, la sociedad utilitarista se burla o mira con escepticismo la actividad artística. Ésta ya no tiene cabida en un mundo que se ha volcado plenamente sobre la materia, y en que lo espiritual es limitado o inexistente.
Quizá por eso muchos artistas de hoy se han vuelto cínicos, e interpretan un teatro en que las manchas al azar, junto con una historia más o menos bien contada, quieren ocupar el lugar de lo que antes eran creaciones hermosas y complejas. Al son de la tendencia actual, se presenta lo puramente comercial y artificioso en lugar de lo auténtico… quizá porque las más de las veces la autenticidad «no trae cuenta», o se considera superflua en pro de una mentalidad mercantil.
La autenticidad «no trae cuenta», o se considera superflua en pro de una mentalidad mercantil.
Pero Nietzsche decía que “sin arte, la vida sería un error”. Deberíamos tomar el peso de estas palabras y reivindicar un arte que, de nuevo, nos haga mirar la existencia con esperanza, y levantar los ojos del mero afán material para, en el amor y en el arte, hacer de la vida propia un regalo.




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