El verano tiene, para muchos, connotaciones de apertura. Se abren las ventanas, los horizontes se llenan de luz. Es una época en la que los sueños vuelan lejos a través del mar, porque el mar se siente más cerca que nunca. Encuentros imposibles parecen de pronto posibles. Y el aire, antes detenido, ahora corre en ecos de brisa marina.
El verano está lleno de luz. El mar, con sus ondulaciones y sus transparencias, parece guardar en su interior la luz. El canto de las aves tropicales -antes ajenas aquí, hoy convertidas en una competencia feroz de las palomas- llena el aire veraniego, en evocaciones de Santo Domingo y Cuba… lugares de los que, de alguna manera, nunca nos sentimos tan lejos.
En la melancolía del sol sobre la playa —sí, también puede haber melancolía en el sol— existe a la vez una alegría sincera. La plenitud de los colores, el ardor del sol, las tardes y noches interminablemente alargadas… Todo ello hacía de este un paraíso casi irreal. Acaso porque lo que es demasiado hermoso lo creemos condenado a morir, sin comprender el curso de las estaciones, ni la gloria latente que existe también en los meses de invierno.
El verano tiene, para muchos, connotaciones de apertura. Se abren las ventanas, los horizontes se llenan de luz. Es una época en la que los sueños vuelan lejos a través del mar, porque el mar se siente más cerca que nunca. Encuentros imposibles parecen de pronto posibles. Y el aire, antes detenido, ahora corre en ecos de brisa marina. Se habla, quizá, también más alto. Tal vez es por la alegría que, quedamente, permanece como poso tras la belleza contemplada.
En el verano es difícil no guardar esperanza en la vida, y en las dichas que esta tiene por ofrecer. El mundo es entonces demasiado luminoso como para no creer en la belleza; no es enigmático y cerrado como a veces se presenta el invierno
También hay un misticismo en los barcos de vela, blancos y orgullosos en su paso volador por las olas. Ellos dialogan con ese universo de verdes y azules que atraviesan como si lo cortaran.
Y las olas se mueven como pliegues del vestido del viento. Sólo que esta vez se dejan montar por los bañistas – aquellos que no las temen, y que conocen el arte de moverse junto con su volumen-. En invierno eran cuchillos de frío, con la fuerza inmensa de la resaca… ahora parecen más suaves y manejables, como si el aire cálido las hubiese apaciguado… Como si las dificultades de la vida pudiesen también esclarecerse después de épocas más oscuras.
El verano permite a la imaginación vagar hacia universos abiertos… El mundo, antes gris, parece ahora iluminado y lleno de volúmenes, de una brisa que besa el rostro cientos de veces, incansable. Y el alma se siente volar, también, con esa brisa, quizá soñando en un mundo en que, como ahora, no existen tanto las penas… o en que la vida es tan hermosa, que las penas se hacen hermosas también.
El verano tiene algo de la primera infancia. La luz clara, el mar claro, las palmeras… todos ellos tienen algo de lilial. Hay una pureza de lo inédito en todos los días del verano. Y también en ellos hay algo de onírico.
Alberti recordaba siempre el mar:
«Siempre que sueño las playas
Las sueño a solas mi vida
Quizás algún marinero
Acaso alguna velilla
De algún remoto velero!»
Hay algo hermoso en la soledad del mar. Quizá la sensación de una presencia, aunque uno se encuentre solo, que es a la vez reconfortante y dialogante. El mar responde en su movimiento a los latidos del corazón, en todas sus idas y venidas… Yo pienso que se le puede hablar al mar, y uno no se siente tan solo. Y en el verano, en que el mundo aparece repristinado y embellecido, el mar en su misterio de transparencias, nos devuelve quizá el recuerdo de aquello más claro que también habita en nosotros.
El verano es, si uno lo quiere, una suerte de catarsis dulce. En él uno puede aprender del mar, embriagarse de sus colores, de la brisa y de su libertad. De las noches de luna y su brillo blanco formando caminos en el agua. De las estrellas fugaces derramadas en las noches mágicas de San Lorenzo… Cada verano es una invitación a la vida que siempre comienza…




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