Probablemente, más allá de formaciones, sacramentos y costumbres -que deberían ser el fruto natural de una fe vivida-, lo único que necesitamos quizá sea volver «al amor primero». Y todo lo demás se ordena desde ahí. La fe, la pureza y las buenas costumbres, cuando están inspiradas por el amor y por la gracia, son recibidas con humildad como un regalo. Y nada más es necesario…
He seguido con preocupación los acontecimientos sucedidos en Econe (Suiza), donde se produjeron las consagraciones episcopales contra la explícita negativa del Papa, y la consecuente situación de ruptura con la comunidad FSSPX, que ya se encontraba en una situación canónica muy particular dentro de la Iglesia.
¿Por qué ha sido esto tan grave? En teoría, ellos aluden a cosas «mucho peores» que suceden en el seno de la Iglesia oficial: transgresiones morales o doctrinales. Ellos, sin embargo, se consideran y proclaman custodios de la «fe verdadera».
Sin ser una experta, y sólo viendo el tema desde fuera, me parece que existe en este movimiento una cierta tentación hacia el purismo. Es decir, hacia una forma de vivir la religión donde la perfección exterior, el cumplimiento y la fidelidad a determinadas normas pueden llegar a ocupar un lugar central.
Una tentación que, por otra parte, no pertenece únicamente a este movimiento, sino que puede aparecer en cualquier comunidad humana cuando la fidelidad a unos principios corre el riesgo de separarse de la humildad y del amor.
Efectivamente, probablemente muchos miembros de esta comunidad practican unas costumbres intachables, incluida su vivencia de la fe, la castidad y otros aspectos de la vida cristiana. Digamos que, en una escala de «cumplimiento», ellos serían de 9,5 o de 10, mientras que muchos otros dentro de la Iglesia apenas rozamos el aprobado, y con dificultad.¿Cuál es entonces el grave problema? Pues que puede faltar la caridad. Claramente, el mensaje del Evangelio no es para unos pocos «elegidos» que lo hacen todo perfecto. Más bien, es para los pequeños, para los humildes, para los que se saben frágiles y pecadores, pero que buscan de corazón al Señor y lo quieren.
Para ser católico, realmente, hacen falta muy pocas cosas: creer que Dios es el Señor y quererlo. Aunque obviamente la invitación es a compartir la vida con Él. Pero no debemos olvidar que el Señor, cuando vivía, no se pasaba el tiempo en los palacios ni en las casas de los «puros» y los perfectos. Su compañía eran prostitutas, publicanos o sencillos pescadores.
¿No lo dice esto ya todo? Él pasaba el tiempo con quienes lo amaban de corazón. No para legitimar un modo de vida que a ellos mismos no les hacía felices, sino para llamarlos a su amor, devolverles su libertad y su dignidad, y hacerlos felices.
¿Cuál es entonces el grave problema? Pues que puede faltar la caridad. Claramente, el mensaje del Evangelio no es para unos pocos «elegidos» que lo hacen todo perfecto. Más bien, es para los pequeños, para los humildes, para los que se saben frágiles y pecadores, pero que buscan de corazón al Señor y lo quieren.
Para ser católico, realmente, hacen falta muy pocas cosas: creer que Dios es el Señor y quererlo.
Por otra parte, sólo ojeando algunos de los artículos escritos por miembros de esta comunidad, o ciertas perspectivas sobre el matrimonio y la familia, se percibe en ocasiones una concepción cerrada y excesivamente literalista de la fe, donde determinados textos bíblicos son interpretados sin tener suficientemente en cuenta su género literario, su contexto histórico o su profundidad simbólica.
He llegado a leer textos que niegan la teoría evolucionista de Darwin, lo cual me hace preguntarme si, en algunos casos, existe una dificultad para integrar determinados descubrimientos de la razón humana con la propia fe.
Por otra parte, la visión compartida sobre el matrimonio puede resultar, como mínimo, limitada si se reduce principalmente a su dimensión contractual o biológica. Una comprensión cristiana profunda del matrimonio no puede olvidar que el amor entre los esposos implica también -o sobre todo- libertad, entrega personal, amistad, respeto y don mutuo.
De hecho, esta dimensión personal del amor conyugal ha sido profundamente desarrollada también dentro del pensamiento católico contemporáneo. La procreación forma parte esencial del matrimonio cristiano, pero no puede desligarse de la dignidad de las personas que se entregan una a otra.
Incluso muchas personas no creyentes, pero que se aman sinceramente, conciben el matrimonio desde una perspectiva de entrega y compromiso que está muy cerca de esta comprensión profunda del amor.
No sería justo juzgar a las personas concretas que participan de este movimiento. En muchos casos puede existir una cierta nostalgia – porque «cualquier tiempo pasado siempre parece mejor»-, o una necesidad casi vital de simplificar problemas que hoy resultan dolorosos «todo se arruinó cuando se apartó la misa tradicional», «el Concilio Vaticano II es la fuente de todos los problemas».
A veces puede ser también una respuesta radical a heridas personales causadas por las dispersiones del mundo moderno y a experiencias vitales profundamente desestabilizadoras.
Entonces, en una especie de refugio frente a los horrores del mundo, una pertenencia clara a un grupo, unas reglas muy definidas y una identidad compartida pueden ofrecer una sensación de orden en medio de una realidad que parece confusa, desordenada y relativista.
Sin embargo, este orden puede ser frágil. Puede caer ante el cuestionamiento profundo de aquello que sostiene realmente la fe católica. Porque muchas normas, separadas de su fuente, pueden convertirse simplemente en formas vacías. Y porque, como dijo San Pablo: «si no tengo amor, no soy nada».
Finalmente, este camino puede resultar frágil porque provoca división. Lo que es inspirado por el Espíritu debería conducir a la unión.
¿De qué nos sirve ser los más puros, los más fieles y los más perfectos, si en el camino nos alejamos de nuestros amigos y de aquellos a quienes amamos? ¿No vale más permanecer cerca de ellos, tratar de mejorar las cosas desde dentro y, sobre todo, trabajar en la conversión del propio corazón? Yo no creo en una fe elitista.
¿A qué podemos aferrarnos nosotros, que quizá también sufrimos en este mundo moderno, o que a veces no terminamos de encontrar orden, dirección o estructura? Probablemente, más allá de formaciones, sacramentos y costumbres -que deberían ser el fruto natural de una fe vivida-, lo único que necesitamos quizá sea volver «al amor primero».
Y todo lo demás se ordena desde ahí. La fe, la pureza y las buenas costumbres, cuando están inspiradas por el amor y por la gracia, son recibidas con humildad como un regalo. Y nada más es necesario…




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