Quizá, la forma más hermosa de estar en la vida no sea ni la una ni la otra, sino el equilibrio difícil entre el ideal y la realidad. Es decir, una acción apasionada y con metas ilusionantes, pero que a la vez sepa atenerse a las restricciones del mundo cotidiano.
Hay épocas en las que la realidad parece pedirnos más de lo que puede darnos. Hoy, para muchas personas es muy difícil comprar un piso, mantener a una familia o encontrar su lugar en el mundo. ¿Qué nos queda hacer entonces? ¿Resignarnos quizá a una forma de estar en el mundo, digna pero resignada?
O enfrentarnos a la caída casi constante en decepciones. Personas en las que hemos depositado esperanzas o confianza, y que nos hieren con su traición. O proyectos ilusionantes, que sin embargo se tuercen, y nos dejan con las manos abiertas, preguntándonos si aquello iba a algún sitio, o si los esfuerzos que nos impusimos merecieron la pena.
Sin embargo, la realidad también puede ser nuestra aliada: Si no dejamos de vivir en ensoñaciones, corremos el riesgo de pasar por la vida sin hacer, realmente, nada de provecho, o en un estado de vaguedad autocomplaciente. Las exigencias de la realidad, esa necesidad constante de optimizar recursos, nos vuelve más perspicaces, más enfocados, y nos fuerza a tener objetivos y hacer algo por lograrlos.
Vivir en «el mundo de las ideas» corre el riesgo de arrastrarnos al estado de los «ninis». Aquellos que, por no encontrar un lugar donde encajar o por esperar una vida que nunca termina de comenzar, ni estudian, ni trabajan, ni se emplean en nada de provecho… Podemos acabar, como Don Quijote, atacando a los molinos, o inventando amores que no existen, o idealizando situaciones que nos golpean con su realidad, mientras vivimos de la sopa boba o culpamos a otros de nuestros problemas.
Sin embargo, la materialidad absoluta, o el absoluto plegamiento a lo tangible, también corre el riesgo de brutalizarnos. De convertirnos en el hombre-masa del que hablaba Ortega y Gasset, satisfecho de sí mismo y sin la inquietud de elevarse por encima de lo inmediato. O de correr por la vida sin freno, «atacando» un objetivo tras otro, pero sin encontrar un final en nuestras actividades, ni paz en su desempeño.
Quizá, la forma más hermosa de estar en la vida no sea ni la una ni la otra, sino el equilibrio difícil entre el ideal y la realidad. Es decir, una acción apasionada y con metas ilusionantes, pero que a la vez sepa atenerse a las restricciones del mundo cotidiano. Esto puede sentirse como un contorsionismo -si nos empeñamos en una perfección imposible- o, en el mejor de los casos, como una danza, si aprendemos a jugar con las situaciones para tornarlas a nuestro favor.
Una persona que soñó durante años con una vida extraordinaria puede encontrarse un día haciendo la compra, pagando facturas o apretándose en un metro lleno de gente. Y quizá, precisamente ahí, se decide si sus ideales eran verdaderos: no cuando todo favorecía sus sueños, sino cuando tenían que convivir con la monotonía, las dificultades o la soledad. Cuando conoce renuncias personales o expectativas truncadas por mantenerse en un camino vocacional.
Quizá, lo único hermoso que puede encontrarse en estas situaciones de poco brillo, es el saberse fiel a uno mismo. Probablemente, sean estos momentos los que se conviertan en prueba verdadera de constancia: a un ideal, a una persona, a un objetivo -aunque quizá aún parezca lejano…-. Pero, como diría Camilo José Cela, su único mérito fue el de «su voluntad y su paciencia o, si mejor lo queréis, su esperanza.» Esto no me parecen sólo palabras de aliento. Me parece una estrella polar para cualquiera que se encuentre en ese difícil equilibrio entre realidad y los sueños, y que quiera hacer el mundo más hermoso a través de su trabajo, por más incierto o difícil que éste pueda parecer.
En concreto, quiero dirigirme a aquellas personas que alimentan una vocación artística o literaria, y que danzan en este equilibrio de inseguridad económica o vital, renuncias personales, incertidumbre y dudas… Quizá merezca la pena llenar la realidad con nuestros sueños, no para escapar de ella, sino para transformarla.




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