«¿Por qué fotografía en Harlem? «Allí pasan más cosas». ¿Por qué fotografía a niños de color? «Me parecen preciosos»» (Entrevista a Helen Levitt en Time, 1943)
Suele decirse que la mujer no ha tenido espacio en el mundo artístico, sin embargo hay mujeres que han destacado y cuyo reconocimiento, aunque muchas veces tardío, pudieron disfrutar en vida. La mujer siempre ha estado relacionada con el arte incluso aunque no fuera artista, puesto que su sensibilidad le hace ver cosas espaciales en las personas. A partir de 1934, Helen Levitt, al igual que otras figuras como Consuelo Kanaga, Imogen Cunningham, Dorothea Lange o Tina Modotti, se posicionó entre las primeras que lograron abrirse camino en el ámbito de la fotografía, un mundo tradicionalmente dominado por hombres, llegando a ser también pionera, en 1943, en conseguir una exposición individual en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, lo que le permitió dedicarse profesionalmente a su obra.
Capeando la vida
Helen Levitt fue una de las primeras mujeres que descubrieron una forma de observar en el mundo a través de la fotografía: la vida cotidiana de la gente sencilla, o lo que se llama profesionalmente «la fotografía de calle». Es curioso que no quisiera hablar mucho de sus imágenes, pero las imágenes no necesitan explicarse cuando se sabe mirar, y sus representaciones logran conectar con el espectador gracias a que son capaces de transmitir emociones universales.

Nació en Brooklyn en 1913, en el seno de una familia ruso-judía criándose en este mismo barrio, lo que no se sabe si influiría en que abandonara pronto el instituto. Comenzó su formación en fotografía en un estudio del Bronx convirtiéndose en fotógrafa a mediados de la década de 1930 tras conocer a Henri Cartier-Bresson y asombrarse de sus nuevas y radicales imágenes hechas con una discreta cámara de mano. Es una pena que apenas se conservan fotografías de sus primeros trabajos.
Vivir la Gran Depresión hizo que sus imágenes de figuras solitarias encorvadas o tumbadas en el suelo tuvieran sean una cierta muestra documental de esos momentos. Su obra, enfocada casi principalmente en realizar retratos urbanos, tiene muchos más enfoques, aunque siempre intentó captar una realidad humana con mensaje.

En 1938, mientras iba de camino a su trabajo como profesora de arte en una escuela pública de East Harlem, observó los numerosos dibujos y mensajes garabateados con tiza por los niños en calles y edificios y empezó a documentarlos en toda su variedad, inocencia e incluso vulgaridad, retratando incluso a los artistas de las efímeras obras. Hacia 1938, por consejo de Walker Evans, Levitt empezó a utilizar un visor de ángulo recto, lo que le permitía mirar en una dirección mientras apuntaba con la cámara en otra, lo que era especialmente útil para capturar las interacciones espontáneas de las familias gitanas que predominaban en el Harlem hispano y en Yorkville. La forma de vida de esta población fue una fuente de inspiración para Levitt.

Puede decirse que, entre 1938 y 1942, Levitt, gracias a una sensibilidad particular inspirada en el surrealismo y en su amor por el cine de vanguardia, centrada siempre en las interacciones de la gente corriente en las calles, las aceras, las escaleras de entrada a las viviendas e incluso en solares vacíos, captura con su máquina la vida cotidiana que se desarrolla en los barrios de Nueva York con una belleza que nos trae nostalgia de esa época al tiempo que nos acerca a duras realidades.
Fotógrafa de lo cotidiano
La obra fotográfica de la autora nos descubre un realismo descarnado en el que muestra un tipo de humor reivindicativo, y una cierta ironía que fomenta emociones sobre la vida de los personajes que elije. Son representaciones con cierto toque enigmático y abiertas a múltiples interpretaciones ya que parecen mostrar tanto lo que revelan como lo que ocultan. Destaca la elección de los niños que viven en la gran manzana y sus juegos, motivos que le valieron un reconocimiento temprano de su trabajo, pero ella siguió atenta, con su cámara Leica 35 mm, a situaciones y momentos que mostraban tanto gestos como movimientos, que parecen desarrollarse lentamente, como la vida en esos años, de una parte de la humanidad, especialmente en el Harlem hispano, observadora de la actividad cotidiana a menudo se desbordaba fuera de las casas. Retrataba los barrios obreros y de inmigrantes, donde la gente charlaba en las escaleras de entrada a sus casas, las madres se asomaban a las ventanas con sus hijos y los niños vivían a su aire jugando en la calle.

Observando su obra, me ha venido un libro a la cabeza, Un árbol crece en Brooklyn, de una autora contemporánea a ella, y que refleja con la escritura situaciones paralelas a lo que Helen hace con la fotografía, parece poner imagen a las palabras escritas de ese libro.
Inspirada de nuevo por el ejemplo de Henri Cartier-Bresson, y a pesar de que no le gustaba moverse, Levitt viajó en 1941 a Ciudad de México con una amiga para hacer fotografías. Allí se enfrentó al reto de trabajar en un nuevo entorno que la llevó a mostrar realidades sociales crudas al tiempo que identificaba un lirismo sutil propio de la ciudad y sus gentes. Cuando vuelve a Nueva York, retoma su trabajo abordando temas más sobrios como la melancolía, la alienación y lo que ella denominaba «las profundas represiones de los que ya no son jóvenes».

«Mi intención es aprovechar y registrar esos desajustes aparentemente accidentales que, sin embargo, y en aparente contradicción, proporcionan una percepción más intensa de la realidad». Helen Levitt
Tras una década dedicada a la fotografía, Levitt contó con la ayuda de su amigo, el escritor y crítico James Agee, para la edición de un libro con sus imágenes de Nueva York. Agee redactó un extenso ensayo en el que alababa las cualidades líricas de las fotografías de Levitt, que en su conjunto presentaban «una visión unificada del mundo, un manifiesto no insistente pero irrefutable». Tras una serie de contratiempos, el libro vió la luz casi dos décadas después, en 1965, con el título de A Way of Seeing [Una forma de ver],
Tras una incursión de varios meses en Ciudad de México, Levitt comenzó a trabajar en el cine, influenciada por Luis Buñuel, exiliado en ese momento en EE. UU, de esa época es la película In the Street, abandonando durante un largo periodo su actividad fotográfica hasta que, en 1959, y gracias a los avances en la sensibilidad de la película en color, retomó las calles con su Leica. Fue en ese mismo año cuando consigue una beca Guggenheim para experimentar las nuevas técnicas del uso del color y así poder jugar con la gama cromática en su nuevas fotografías.

Aunque sus fotografías eran en color durante la década de los 70, retomó el blanco y negro para una serie de fotografías realizadas en el metro de Nueva York, sin duda para acercar más a la realidad que deseaba mostrar al mundo. Color y mensaje.
Aunque de forma intermitente, Levitt siguió explorando y fotografiando nuevos motivos y escenarios como el metro o zonas rurales, pero siempre mostrando las conexiones humanas en entornos complejos.

Tras el robo de la mayor parte de sus diapositivas en 1970, Levitt fotografió con renovado entusiasmo, llegando a desarrollar un sistema intuitivo en el tratamiento del color que era a la vez transportador y transparente. En 1974, se presentaron cuarenta de sus diapositivas en un pase continuo en The Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York, y posteriormente imprimió una selección de esas imágenes por el método de transferencia de tintes. Fue en esos años cuando decidió volver a la inspiración del metro de Nueva York para hacer fotografías, un escenario en el que ella ya había actuado como señuelo para el proyecto del metro de Walker Evans más de tres décadas antes. Levitt fotografió mayoritariamente sujetos inmóviles en los vagones y andenes, concentrándose en los matices de sus expresiones y gestos y registrando dramas silenciosos bajo una luz poco favorecedora y en espacios reducidos. A partir de la década de 1980, Levitt siguió fotografiando de forma intermitente, principalmente en blanco y negro, y tanto en la ciudad como fuera de ella.

A principios de los años 90 fue conocida como la «poeta laureada no oficial» de Nueva York, su obra fue celebrada universalmente como una de las más atemporales y conmovedoras de la historia de este arte, aunque a ella no le interesaba retratar la ciudad de Nueva York como una metrópolis bulliciosa, sino que la veía como un entorno cuyo «tamaño y carácter variado hacen aflorar constantemente material para mi cámara».
La obra de Levitt en su totalidad muestra el ojo de la mujer que ve más allá de las situaciones complicadas en que viven los protagonistas de su fotografía, mostrando unas vidas enigmáticas, rudas y bellas a la vez, tristes y satisfechas. Es la complejidad de la existencia humana en cualquier edad.
Murió en 2009 en Nueva York

Pilar Castañón



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