Los vínculos que formamos en nuestra infancia no solo afectan nuestra forma de ser mamás y papás, sino también nuestra forma de estar y percibir el mundo.
La autora de El nudo invisible, Brenda Tróccoli, reflexiona sobre cómo la historia emocional de los adultos influye en la crianza y sobre qué sucede cuando esas dinámicas no se cuestionan
La historia emocional de los adultos no desaparece cuando llegan los hijos. En su primer libro, El nudo invisible (Planeta Argentina, 2025), Brenda Tróccoli (Buenos Aires, 1990) analiza cómo esa biografía afectiva puede influir en la manera de ejercer la maternidad y la paternidad. Formada en apego, psicotraumatología y puericultura, y docente en la Asociación Civil Argentina de Puericultura (ACADP), trabaja desde hace años acompañando a familias.
En su obra examina cómo ciertas reacciones en momentos de estrés (como los gritos, la desregulación o la dificultad para sostener la demanda emocional) pueden estar vinculadas con experiencias tempranas no revisadas. A partir de esta idea, en esta conversación reflexiona sobre la repetición de ciertas conductas y el impacto que tiene en los niños cuando quienes crían se permiten detenerse en su propia historia.
Woman Essentia.- En El nudo invisible plantea que muchas reacciones en la crianza tienen que ver con la historia emocional de los adultos. ¿Qué es lo que más suele remover la maternidad y la paternidad en quienes crían hoy?
Brenda Tróccoli.- Mucha desconexión. Los bebés naturalmente necesitan muchísima atención, casi permanente. En el momento en que empezamos a cuestionar esa atención y verlo como un capricho, ya podemos ver claramente la herida emocional de la persona adulta.
Estar a disposición de un otro requiere una estabilidad emocional grande y de tener “un tanque de reservas” para poder cubrir las necesidades de un bebé. Cuando empezamos a criar con heridas emocionales, es lógico que tengamos tendencia a querer escapar de esos lugares de demanda y que todo nos parezca demasiado.
W.E.- En el libro explica que, si no revisamos ciertas experiencias del pasado, tendemos a repetirlas sin darnos cuenta. ¿En qué momentos de la crianza cree que esto se hace más visible?
Brenda Tróccoli.- En las reacciones automáticas. Esas que a veces salen sin mediar pensamiento. Generalmente suceden en los momentos de estrés de quien cría. Con los gritos, los maltratos, las humillaciones, la violencia emocional.
A veces es tal la desconexión que ni siquiera podemos distinguir la violencia, y por eso hay formas de educar que siguen justificando el castigo, la amenaza y el chantaje para conseguir obediencia.

W.E.- Criar implica convivir con emociones muy intensas en el día a día. ¿Qué suele resultar más difícil de sostener para los adultos cuando acompañan a sus hijos?
B.T.- La presencia, la empatía, la conexión y la calma ante los momentos de estrés. Y esto no es únicamente por las heridas emocionales que acarreamos desde el pasado. Aunque suma y mucho a nuestra desregulación, hoy estamos criando en contextos muy solitarios y exigentes. A las heridas históricas se le suma el ritmo de una vida frenética que detona aún más nuestras reacciones automáticas a la hora de sostener el mundo emocional de un hijo. Estamos acompañando a nuestros hijos en estado de alerta constante.
W.E.- Hay padres y madres que sienten que reaccionan de forma exagerada ante situaciones pequeñas. ¿Qué nos dicen esas reacciones intensas sobre nuestra propia historia emocional?
B.T.- Muchísimo: son las que más hablan, aunque no siempre las únicas. Cuando una mamá o papá “pierde los papeles” ante situaciones pequeñas y repetidas veces (y eso nos puede pasar a todos) hay una falta de regulación emocional que se hace presente.
Resulta interesante entender cómo el cerebro actúa en consecuencia. Hay una parte de nuestra corteza prefrontal (encargada de controlar nuestros impulsos) que se nubla. Esa desconexión sucede porque el cerebro emocional está al mando. No poder hacer este “switch” entre emoción y razón nos habla de un cerebro emocional hiperactivo y en general está muy relacionado con experiencias tempranas de alerta, angustia, soledad o alejamiento con respecto a nuestros adultos.
W.E.- En su experiencia acompañando a familias, ¿qué patrones emocionales se repiten con más frecuencia de una generación a otra sin que seamos del todo conscientes?
B.T.- A veces son cuestiones sutiles, como la forma de dirigirnos a nuestros hijos. En general, las violencias sutiles (a las que nombro como violencias emocionales) son las que más huella dejan. Ser mirado con desprecio o falta de interés. Ser comparado con nuestros hermanos o pares. La humillación. Y también aparece mucho la sobreprotección.
Son patrones que no se cortan durante los primeros años. Incluso de adultos, los padres siguen ejerciendo un nivel de violencia sobre sus hijos que, por supuesto, afecta la crianza de la nueva generación.
Por eso es tan importante desatar nuestros nudos invisibles, para que dejen de oprimir y podamos poner la energía a disposición de la nueva vida.

W.E.- ¿Qué papel juega la reparación en el vínculo con los hijos cuando sentimos que no hemos estado a la altura? ¿Por qué sigue costándonos tanto pedir perdón o revisar nuestras reacciones como adultos?
B.T.- La reparación es la herramienta de oro. “Errar es humano, lo sádico es perseverar en el error” (en alusión a un aforismo clásico). Cuando uno se da cuenta de que se equivocó, aparece como fortalecedora del vínculo. En esos momentos de desconexión emocional, el vínculo crece muchísimo a través de ese acto.
Muchas veces cuesta porque debemos hacernos responsables, y asumir nuestros errores requiere que bajemos la guardia. Para un sistema que vive en alerta, no es fácil entregarse a la vulnerabilidad de un vínculo.
W.E.- Más allá del vínculo con los hijos, ¿qué cambios personales suele observar en los adultos que se animan a revisar su propia infancia?
B.T.- Es increíble. Los vínculos que formamos en nuestra infancia no solo afectan nuestra forma de ser mamás y papás, sino también nuestra forma de estar y percibir el mundo.
Cuando una persona hace un trabajo terapéutico para integrar su infancia, se generan nuevas formas de pensamiento. Se empieza a reestructurar la mirada con la que interpretamos la vida y con la que miramos nuestros propios procesos personales.
Las personas suelen sentir mucho alivio cuando empiezan a comprender su historia y aparece la compasión: esa palmada en la espalda que nos abraza y contempla todos nuestros procesos con menos juicio y más ternura.
W.E.- Si la crianza puede convertirse en una oportunidad de crecimiento personal, ¿qué cree que ganan los niños cuando los adultos se permiten hacer ese proceso?
B.T.- Una oportunidad. Mientras somos niños estamos determinando qué es “lo normal”; se está formando nuestra psique y nuestras estructuras emocionales.
Si para mis padres es normal gritarme, castigarme, ignorarme deliberadamente, dedicarme atención solo si soy como ellos esperan, entonces eso mismo saldré a buscar al mundo.
Ahora si mis padres hacen un proceso de revisión personal y empiezan a tratarse mejor entre ellos, ser más empáticos con el mundo emocional del niño, y hay menos situaciones violentas, la nueva normalidad será eso. Un hogar más amoroso, estable y seguro. Y eso se traduce en un cerebro más equilibrado y seguro.
La relación más importante de nuestra vida es con nuestros padres, porque nos marca para siempre desde un momento de estructuración emocional.
Quizá el mensaje no sea que debamos reconciliarnos a toda costa, sino que podemos sostener la complejidad sin simplificarla. Cuidar no siempre resuelve el pasado, pero sí nos obliga a decidir quién queremos ser frente a la fragilidad del otro.




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