En el ya pasado siglo, Hannah Arendt escribía sobre la banalidad del mal. Esta frase sigue siendo de actualidad puesto que el ser humano parece no aprender nunca, además es mucho más que una simple frase que suena bien, desde que el mal entró en el mundo campa a sus anchas a nuestro alrededor incluso en las situaciones que debería estar aislado. Más que ser el animal que tropieza tres veces con la misma piedra debería ser el animal, porque lo somos, que tropieza cada vez con una piedra más grande, y en lugar de más civilizados, lo somos menos.
El mal, como descubrió con asombro Arendt, no lo hacen personas con apariencia monstruosa, aunque algunos no puedan disimular la cara de psicópatas, sino que lo realizan personas (no actúa solo por si mismo, nos necesita) que incluso presumen de hacer “el bien”, aunque no hagan bien a nadie sino todo lo contrario.
Actúa también amparado por leyes y por el poder, incluso haciendo daño a aquellos a los que juró proteger, y otras veces, termina persiguiendo al que hace el bien.
El doctor Jesús Sánchez es de esos médicos que sabe que la muerte de un niño no entiende de horarios, máxime cuando este se reduce al periodo de 8:00 a 15:00 de lunes a viernes, eliminando también la posibilidad de atención de las personas que necesitan cuidados paliativos, los fines de semana y los días festivos. Las personas que necesitan estos cuidados, aunque no vayan a morir de forma inminente tampoco entienden de horarios, porque la enfermedad y el dolor no descansan, no tienen fines de semana ni se van de vacaciones.
Tener médicos, como el doctor Sánchez y su equipo de enfermeros y psicólogos, que viven el sufrimiento de sus pacientes, que se vuelcan en ellos para acompañar en los momentos que “hay que estar”, no tiene precio. Es el médico que todos querríamos tener. El que se compromete a cumplir lo que prometió. El que no entiende de horarios sino de personas que le necesitan y por las que pueden hacer algo, porque el médico debe curar, y si no puede curar, debe cuidar y acompañar. El acompañamiento a la familia de una niña de 4 años que va a morir, a sus padres, a la hermana de la pequeña que no entiende la dureza de este mundo, es simplemente, el AMOR en acción.

Sin embargo, y paradójicamente, prima el escrupuloso cumplimiento del horario y la ineficaz utilización de los recursos para el destino que se compraron, de forma que se amonesta, como un papá caprichoso (el servicio vasco de salud), al niño que fue bueno (el doctor y su equipo) y siguió estudiando fuera del horario escolar.
En esta sociedad del disparate, mientras que la persona que hace el mal se va de rositas, se termina persiguiendo a quien hace el bien. Mientras se aprovechan y nos roban los políticos, no se cumplen ni las “leyes aprobadas”, ni se dan las dotaciones prometidas para la necesidad que iban a paliar.
Cuando una sociedad se esfuerza en hacer el mal a toda costa, es normal que se persiga a quien actúa bien, porque el bien deja en evidencia al mal, por muy normalizado que esté. De esta forma, se pone en evidencia que no hay dotaciones suficientes, que no debería haber horarios límites para este servicio que no funciona o funciona mal en casi todas las provincias y que en España no es reconocido como especialidad siquiera. Si esta vez la denuncia viene de un médico al que “regañan”, en otros viene de los mismos pacientes, como demuestra el coraje de Jordi Sabaté Pons, que sigue denunciando la ausencia de dotación para los enfermos de esclerosis lateral amiotrófica (ELA), cuya ley se aprobó el pasado octubre 2024 gracias al trabajo de este incansable luchador, desde una cama, sin poder hablar y comunicándose tan solo con el movimiento de sus ojos, que denuncia en una entrevista reciente la falta de empatía de la clase política. Gracias a su entereza, y su fe en Dios, ha sobrevivido 8 años a su diagnóstico inicial. Habla de fe, esperanza y amor, todo lo que falta en esta sociedad que empuja a la desesperanza como pone de manifiesto las escalofriantes estadísticas sobre el suicidio.
El buen médico siempre ha sido vocacional, antes y ahora, puesto que los estudios, el MIR, las largas guardias (cuya lógica no entenderé nunca) y la escasa remuneración, a lo que se une presiones ideológicas y utilitaristas que le empujan a traicionar su juramento y con ello, a traicionarse a sí mismos, hacen que curar o acompañar en la enfermedad, se haya convertido en una profesión perseguida cuando se ejerce en su plenitud. Perseguidos por una clase política que hace tiempo perdió su vocación al convertir el bien común en el bien de unos pocos, que son ellos mismos y sus allegados. Esto si provoca desesperanza.
Si verdad, belleza y bondad van de la mano como nos recuerdan aquellos pensadores cuya sabiduría no está sometida a modas ni campañas financiadas por intereses supranacionales, recuperemos la belleza del acto de amor heroico para llegar a la verdad y volver a recuperar la esperanza. Pero para ello hay que actuar…




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