Esa capacidad de la mujer, que se dona libremente, para el cuidado de un hijo, de los más cercanos, o, por extensión, de la sociedad, supone una gran capacidad de amar, el deseo del bien para la persona a quien se ama. Supone una renuncia a algo inmediato por la consecución de un bien mayor, algo en lo que estamos últimamente poco entrenados como sociedad.
Ha comenzado el mes de mayo, el mes de las flores, y con él, celebramos el Día de la madre en su primer domingo, pero también es el mes de la Virgen María, modelo de amor maternal incuestionable incluso para el Islam, quien reconoce a María como la madre de Jesús y es la única mujer mencionada por su nombre en el Corán, donde se menciona más veces su nombre que en el Nuevo Testamento, al mismo tiempo que se la considera la mujer más casta.
Recuerdo el comienzo del mes de mayo cuando era pequeña, además de construir un pequeño altar en casa, en el colegio se organizaba una pequeña ceremonia donde solíamos rezar por la mañana y cantar a María en un acto conjunto de todas las clases al iniciar el día, a la que ofrecíamos la jornada. Cantar a la Virgen era una bonita forma de reconocer su presencia con alegría.
Además, el olor a primavera, los campos llenos de flores, los días más largos y el leve comienzo del aumento de la temperatura como anticipo del verano hacen de mayo un mes agradable. La luz, que ilumina días y vidas, nos invita a celebrar, como hacemos este domingo, el día de la madre.
Pero este reconocimiento al “mes de las flores” no es nuevo, sino que parece haber tenido, desde tiempos remotos, una vinculación muy fuerte con la figura de la mujer, y todo lo que ella representa.
En la Grecia antigua se consagraba este mes a Artemisa, diosa de la fecundidad o la fertilidad. Algo similar sucedió después en tiempos del imperio romano, pues se dedicaba mayo a Flora, la diosa de las flores, los frutales y el vino, y en honor a ella se celebraban desde finales de abril los Ludi florae, los ‘juegos florales’, momento en que los poetas componían ‘cantos’ dedicados a la diosa para conseguir sus favores y pedir por cosechas abundantes. Durante la Edad Media se mantuvieron costumbres similares, siendo alrededor del siglo XII, y en la medida en que se expandía el cristianismo y cedían las prácticas paganas, aumentaba la práctica del Tricesimum o «devoción de treinta días a María», la Madre de Dios entre el 15 de agosto y el 14 de septiembre. Aunque no siempre se celebraba en mayo, la idea de dedicar un mes a María empezó en la época Barroca (S.XVII), este mes incluía, treinta ejercicios espirituales, uno por día, en honor a la Madre de Dios. Poco a poco se fue adoptando la costumbre de celebrar a la Madre de Dios durante el mes de mayo, y ya fue en el siglo XIX, cuando mayo queda unido a la Virgen hasta el día de hoy.

Aunque actualmente la maternidad está un tanto denostada, a través de la historia siempre había sido objeto de veneración y elogio. Los pueblos eran conscientes del valor de las nuevas vidas, necesarias para sobrevivir como pueblo. Además de no ser conscientes de que necesitamos un reemplazo como sociedad para mantener el famoso “estado de bienestar”, es curioso que en momentos en que más se valora, en teoría, a la mujer, quieran a la vez, arrebatarnos lo que precisamente constituye su característica esencial propia y diferente dentro de lo que es el ser humano: la capacidad de acoger a otro ser humano, y por tanto, por extensión, al mundo.
La maternidad bien entendida no es una carga para la mujer, sino que supone el pleno desarrollo de su peculiar potencial. Como dice Mariolina Ceriotti la mujer es potencialmente revolucionaria, porque está vinculada a la vida de una forma especial, no solo con la suya propia sino a la de todas las personas que tienen un valor importante para ella. A la mujer le interesa las personas concretas más que las ideas abstractas, para ella la persona ocupa el primer puesto en su escala de valores.
El ser humano tiene su origen en el seno de una mujer, evidentemente gracias a un hombre, pero es la mujer la que le acoge, y por ello, la mujer es más consciente del valor único e irreemplazable de cada ser humano, de que cada vida es total y completa, cuerpo, alma y mente.
La maternidad bien entendida no es una carga para la mujer, sino que supone el pleno desarrollo de su peculiar potencial.
Hay varios motivos que han llevado a la preocupante situación actual que vivimos del drástico descenso de la natalidad, desde económicos, cambio de hábitos y objetivos, incorporación de la mujer al mercado laboral o la dañina imposición de ideologías que venden la maternidad como una lacra, en lugar del desarrollo de todo el potencial que constituye la feminidad, sin pensar en todo lo que precisamente se pierde la mujer, y en consecuencia, la sociedad, como nos avisaba Concepción Arenal.
La sustitución de los términos padre y madre, con todo lo que significan, por progenitor A o B, es un ejemplo de la intención en eliminar la especificidad y diferente valor que aportan la maternidad y la paternidad al pleno desarrollo del hijo y futuro ciudadano. Esto, en primer lugar, elimina el amor que da lugar al nacimiento de un nuevo ser y el amor en el cuidado del mismo, no es una simple tarea más que se pueda dejar a cualquiera, como tampoco es bueno para el total desarrollo de un ser humano el intercambio de papeles, ser padre o madre es mucho más que un protocolo a seguir.
Acoger una vida nueva en el vientre es cuidar con esmero algo que no es de la mujer sino prestado. La maternidad supone un acompañamiento de nueve meses, en el que la mujer no hace nada más que esperar, y aportar un espacio seguro donde seguir creciendo hasta que vea la luz, de ahí el término dar a luz, y que necesitará posteriormente otro tipo de cuidado y acompañamiento para su desarrollo dentro de la sociedad.

Ante un embarazo la mujer entra en un mundo de incertidumbre, y se descubren nuevas experiencias, de ahí que este acogimiento sea un acto aventurero. Se acepta la posibilidad del dolor, de que pueda surgir un problema en cualquier momento, y se asume una responsabilidad para siempre, pero no como una carga, sino como la colaboración en la creación de una obra de arte, de un ser nuevo, único e irrepetible. Supone una situación de asombro ante la vida propia y la de otro ser que se desarrolla dentro de la mujer, del que no puede abstraerse en ningún momento del día. Es una apertura al otro, y de alguna forma, al mundo entero, puesto que se convierte, aunque sea por un tiempo, en guardiana del bien de esa personita.
Esta capacidad maternal conlleva un cambio en la forma de mirar de la mujer, que busca siempre lo positivo de la persona que tiene delante. En palabras de Mariolina Ceriotti, uno de los principales dones de la maternidad es saber “mirar más allá”, mientras que el padre suele ser más exigente o ver menos donde la madre ve más.
La sensibilidad o la intuición femenina de la que también hablaba Juan Pablo II es otro de los dones, el sexto sentido que dicen que tenemos para detectar situaciones o estados de ánimo. Es esta sensibilidad e intuición, que se inicia durante el embarazo, y sigue después del parto, la que conforma el apego seguro durante los primeros meses de vida, fundamental para la estabilidad y confianza personal.
Esa empatía de la madre con el bebé que lleva dentro hace que quiera un mundo mejor para sus hijos también, y a ella corresponde cultivarla, en ella misma y en sus hijos, para la construcción de ese deseado mundo.
Esa capacidad de la mujer, que se dona libremente, para el cuidado de un hijo, de los más cercanos, o, por extensión, de la sociedad, supone una gran capacidad de amar, el deseo del bien para la persona a quien se ama. Supone una renuncia a algo inmediato por la consecución de un bien mayor, algo en lo que estamos últimamente poco entrenados como sociedad.
En El poder de la belleza Magda Bosch nos recuerda que la belleza es la manifestación de la libertad, y que si la libertad es realmente la verdad de cada cosa, si a cada ser le corresponde una excelencia que se realiza libremente, y sin son libres las formas verdaderas, nos encontramos entonces con que la maternidad, como forma de ser de la mujer, es libre, verdadera y bella a la vez. Todo lo contrario de lo que nos vende la triste y pesimista sociedad en que nos toca navegar donde todo lo falso y forzado resulta consecuentemente feo.
La elección es el acto de libertad por excelencia, pero esa manifestación será más verdadera en cuanto más atienda a la elección de lo mejor, del bien, y por tanto, esa elección mostrará la belleza del acto.
Si el bien se ha identificado con la belleza desde la filosofía más antigua, ¿quién no se ha parado a admirar la belleza de la mirada de una madre alimentando a su hijo en brazos?
El verdadero amor no espera nada a cambio, así la maternidad se convierte en la mejor escuela de amor que, lejos de ser una carga, debería considerarse como un bien social y, ¿por qué no? la vida, patrimonio de la humanidad.




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