Queridísimo hijo,
¿Qué te parece si hoy conversamos sobre la Familia?
La historia, gran maestra de la vida, como la llamó Cicerón, nos ha enseñado cómo a lo largo de los siglos, cuando la familia se tambalea o pierde su altura de miras, toda la sociedad se va a pique. Ninguna civilización, desde los primeros siglos de nuestra era, ha sobrevivido al hundimiento de la familia. La razón es de pura lógica: no existe otra institución capaz de suplir lo que supone y encierra para el ser humano, muy por encima de los logros espectaculares en el campo científico o tecnológico, por importantes que nos parezcan, en un primer golpe de vista.
Este fenómeno se da en las cinco partes del planeta, con culturas y puntos de vista radicalmente opuestos, siempre que, blancos o negros, ricos o pobres, de uno y otro hemisferio, consideren que la familia es el punto clave para la vida humana.
Ismael, está gravado en mi memoria el día en el cual nacisteis cada uno de vosotros, e imagino que con una claridad meridiana, habrás descubierto que desde el primer instante de tu concepción, hasta el momento último de tu existencia, pasando por los mil avatares por los que atravesamos todos, tienes clara la necesidad de tener un punto de referencia seguro al que acudir. El hijo, no puede ser jamás objeto de derecho. Tan esplendida es la vida humana, tan inefable, que sólo puede introducirse en este mundo a la manera del regalo. Los esposos, si actúan con honradez, no tienen posibilidad de “arrancarla” de las manos de Dios.
Viene de maravilla la famosa frase de una filósofa Hannah Arendt cuando afirmó que: “la única innovación radical en la historia es el nacimiento de un nuevo ser humano“. Cuando tú y tus hermanos vinisteis a este mundo tuvimos ante nosotros un misterio sorprendente, en el que la creación del alma por Dios y el fruto del amor de tus padres se dieron la mano. Esa innovación radical, del amor, que tiene como consecuencia un hijo, es el meollo de la familia.
¿Qué va a ocurrir a partir de ahora?
Covadonga O’Shea, en la conferencia de clausura del XI Congreso Nacional de orientación familiar dijo:
«Pensando en la familia del presente y del futuro, como eje de la sociedad, y en cada uno de los componentes como protagonistas del mañana, recuerdo las palabras que una mujer, esposa, madre y abuela, llena de sentido común y experiencia, proclamó ante un publico de mujeres intelectuales, las previsiblemente “triunfadoras”.
Sus palabras resonaron en medio mundo, y quizás también en el otro medio, porque Bárbara Busch, cuando las pronunció, era la mujer del entonces Presidente de los Estados Unidos. Se celebraba la ceremonia de graduación o fin de carrera en el “Wellesley College”, una de las mejores universidades de los alrededores de Boston, famosa no sólo por su nivel académico, sino porque hoy en día sigue siendo exclusivamente femenina. La señora Bush estaba frente a un grupo de jóvenes, con un porvenir profesional. Sin titubear les dijo: “Tan importantes como vuestras obligaciones para ser un buen medico, un buen abogado, o estar al frente de una empresa, lo fundamental y lo primero para vuestra vida es que seáis seres humanos y que tengáis en cuenta, por lo tanto, vuestros compromisos personales, con vuestros maridos, vuestros hijos, vuestra familia, vuestros amigos: éstas son las mejores inversiones que podéis llegar a hacer. Al final de la vida, no os arrepentiréis de no haber superado una prueba profesional, o por no haber hecho el gran “negocio financiero”. Lo único que sentiréis como un fracaso será el no haber dedicado más y mejor tiempo a vuestros maridos, a un hijo, a unos padres, a un amigo que lo necesitaba (…). El éxito de una vida, de cara a la sociedad, depende de lo que ocurra en cada de vuestras casas”.
En esa misma línea, Covey, dice en su libro sobre la familia: “Estoy convencido de que por mucho que la sociedad avance en todos los campos de la vida, si no se ocupa de la familia, se irá a pique como pasó con el Titanic, cargado de Oscars, pero impotente para hacer frente a un iceberg”.
En la revista francesa L‘Express, Anne de Beaujour publicaba un articulo cuya tesis arrancaba con una afirmación optimista:
La familia sobrevive, vive y se revitaliza. La familia seduce, es acogedora, protectora, segura y cómoda. El gran negocio de estos años será el de conseguir triunfar en la familia. ¿Cómo no quererte? termina su artículo.

Sin familia –a causa de nuestra radical debilidad– nadie obtiene el acabamiento que le pertenece: ni es acogido, ni se desarrolla ni muere según le corresponde, esto es, como persona.
Y hace ya bastantes lustros que escribía Charles Péguy: “Sólo hay un aventurero en el mundo, como puede verse con diáfana claridad en el mundo: el padre de familia”. Los aventureros más desesperados no son nada en comparación con él. Todo en el mundo moderno está organizado contra ese loco, ese imprudente, ese visionario osado, ese varón audaz que hasta se atreve en su increíble osadía a tener mujer y familia. Todo está en contra de ese hombre que se arriesga a fundar una familia. Todo está en contra suya. Salvajemente organizado en contra suya (…). Él y sólo él está de verdad involucrado en las cosas del mundo (….). Los padres sufren en cada situación. Sufren por todas partes. Sólo ellos han agotado –sólo ellos pueden alardear de haber agotado– el sufrimiento temporal (….). Los que no han perdido a un hijo, los que no han visto a su hijo muerto, no saben lo que es el dolor .
Hijo mío, como habrás podido comprobar durante estos meses transcurridos desde tu partida, tus hermanos han tenido la suerte de experimentar que la familia es el lugar donde arraiga el amor desinteresado, el lugar natural de la lógica de lo gratuito.
A veces me pregunto si podrá hacer frente la familia al esfuerzo destructivo de toda una cultura. Por que, para muchos de nosotros los ataques vienen desde fuera animadas de una fuerza arrolladora cada vez más asfixiante, gravámenes económicos impuestos por el Estado, conspiraciones en el sistema educativo, degradación moral, sofocamiento de la sensibilidad religiosa, influjo casi invencible de los medios de comunicación, corrupciones sin cuento (…). Un panorama desolador que elimina cualquier vislumbre de esperanza.
Pero no es esa la realidad. No es así, por lo menos, como saben verla los mejores.
Chesterton, por ejemplo, fue ya “consciente de que el enemigo número uno de la familia no había que buscarlo afuera, en estas fuerzas enormes y avasalladoras que derrumban sociedades enteras. Los mismos extremos del capitalismo, del socialismo y de la sociedad de consumo, apenas tienen relevancia en comparación con el enemigo interior al ser humano. El enemigo del amor y de la familia es uno mismo.»
Según Chesterton, es la falta de desarrollo interior al ser humano, la pobreza de espíritu, el aburrimiento y la frivolidad, la asombrosa ausencia de imaginación, la que lleva a hombres y mujeres a desesperar de la familia y del matrimonio, o por lo menos, de su matrimonio tal como lo experimentan. Chesterton insiste en que la vida no es algo que viene de fuera, sino de dentro. El hogar no es pequeño, es el alma de algunas personas la que es raquítica. El matrimonio y el hogar resultan demasiado grandes para ellos. Es el “mi mismo” el que en su cobardía egoísta se muestra incapaz de aceptar el prodigioso escenario del hogar, con su grandeza de composición épica, trágica y cómica, que todo ser humano puede protagonizar.
Quisiera terminar con lo que escribió Miguel de Unamuno:
“No quieras influir en eso que llaman la marcha de la cultura, ni en el ambiente social, ni en tu pueblo, ni en tu época, ni mucho menos en el progreso de las ideas, que andan solas. No en progreso de las ideas, no, sino en el crecimiento de las almas, en cada alma, en una sola alma y basta. Lo uno es para vivir en la Historia; para vivir en la eternidad lo otro (…). Coge a cada uno, si puedes, por separado y a solas en su camerín, e inquiétalo por dentro, porque quien no conoció la inquietud, jamás conocerá el descanso. Sé confesor más que predicador. Comunícate con el alma de cada uno y no con la colectividad”.
Y Jesse Jakson, en su discurso a los encarcelados en la prisión de Cook County dijo: “La llave del cambio está en vuestra mente, en vuestro corazón. Malcolm convirtió su celda en una clase. No esperó a que cambiara el racismo, ni la situación laboral, ni la policía. Cambió él”.





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