Como todos los años, acaba la cuaresma y empieza la Semana Santa, una cosa da lugar a la otra, del periodo de preparación, pasamos a vivir los próximos días los acontecimientos que sustentan nuestra fe.
No vivimos costumbres sin sentido ni son las fiestas del pueblo, como puede parecer muchas veces, especialmente a los que quieren privarnos de estos momentos con objetivos dudosos y sospechosos de intereses.
La fe católica es mucho más que una cultura, aunque forme parte de ella, ya que nos caracteriza como pueblo, pero un pueblo universal, sin fronteras. Lo bueno de ella es que estés donde estés te hermana con los que vivimos la misma fe, aunque no seamos vecinos. Es la “fe” en un Dios que se hizo carne hace unos meses, que tuvo madre y padre, que vivió de forma sencilla, humilde y anónima durante años, y que siendo rey no quiso privilegios, sino que nos enseñó que el que quiera ser el primero, sea el último y sirva a todos. Todo un testimonio de amor, eso que tanto buscamos y tan mal se nos da ponerlo en práctica. Un Dios incorrectamente político ya que Él mismo es la Verdad, aunque no sea lo que el mundo quiere escuchar; que siempre quiere nuestro bien, como hacen los buenos padres; que perdona y da otra oportunidad; un Dios que vino a sufrir y nos dijo que no estaríamos solos, nunca, que siempre nos da su hombro para llorar, y que lloró, como nosotros, la muerte de un amigo, y llora mientras nos sostiene en las penas de esta vida terrena. Un Dios, que como humano tuvo miedo, que dijo, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, y por esa voluntad divina, su hijo, como en las batallas de las grandes producciones cinematográficas, dio su vida para salvar las nuestras, no de la venganza divina, sino de nosotros mismos. Un Dios hecho hombre que resucita para acompañarnos siempre.

Esta mañana fui a misa, y mientras esta se celebraba no pude evitar despistarme con la diversidad (aunque huya normalmente de usar este moderno vocablo) de personas que asistíamos, un jueves por la mañana, a la eucaristía en mi parroquia. Lo cual no deja de ser curioso porque no éramos muchos.
El sacerdote que oficiaba hoy es filipino, el sacerdote encargado de las confesiones de hoy es irlandés, con muchos años ya a sus espaldas alejado de su tierra. A mi izquierda tenía a una señora negra, negra, en el más vital y bonito color de esa raza al que le sientan de maravilla los colores pastel aunque sea invierno, especialmente el blanco, a pesar de que a ellas les guste más los tonos llamativos. Detrás de ella, un matrimonio mayor inglés, delante de mí un chico muy majo, que al dar la paz descubrí por su acento hispanoamericano que tampoco era de oriundo de aquí. En la otra fila de bancos había una pareja joven que veo últimamente mucho y que destaca porque ella parece modelo; y muy en la delantera un señor de la India, sí de la India, otras veces hay también algún representante de una familia iraquí que en alguna celebración reza para los feligreses el Padre Nuestro en arameo. Al final de mi fila de bancos, y menos mal, y lo digo con vergüenza, un señor mayor humilde, que por desgracia nos acerca al olor de la pobreza, o del abandono del que no tiene medios cotidianos para lo básico, y que da la paz con un enérgico apretón de manos, a pesar de que nos hayan determinado a saludar simplemente con la mirada desde el temido virus. Pero este hombre necesita claramente sentir al ser humano, y nadie se resiste a su sonrisa y decidido deseo de paz en la tierra.
También estaba una amiga que es notario, y la viuda de un señor muy conocido en mi ciudad, que viene siempre muy guapa, muy arreglada, y muy recta a pesar de su avanzada edad.
Tengo que decir que estábamos representados todos los perfiles del ser humano, menos la infancia, y aunque no suele haber mucha, esta vez se les excusaba por la hora y el día de la semana.
Observando a todos pensaba que esto es la Iglesia, todos rezando juntos a un mismo Dios, en cualquier lugar, a cualquier hora, una mañana cualquiera.
Dios vino para todos nosotros, para los de aquí, los de allí, los altos, los bajos, los santos, los pecadores. Tenemos la suerte de tener un Dios humano experto en diversidad e inclusión, no forzada por normas o impuesta en talleres formativos, sino como resultado del amor del que Él mismo fue el primero en poner en práctica, fue el primero en amarnos “como Dios manda”.
Y, en estas meditaciones sobre el batiburrillo de personas, mi mirada se fue de repente directamente al Cristo de nuestra cofradía que estaba en el suelo, a nuestro lado, apoyado en un lateral junto a la pila bautismal, y que a pesar de seguir clavado en su cruz, y a pesar de la cercanía, teníamos que continuar mirando hacia arriba. Podíamos mirar, esta vez más cerca, al crucificado. Su tamaño natural invitaba a acercarse sintiéndole uno de nosotros, y desde abajo, tocándole los pies como pidiendo perdón por tantos pecados, uno a uno y sin consigna, todos, los variados asistentes, nos acercábamos como diciendo: Señor, lo siento, ¿qué te he hecho? Porque la proximidad para observar los clavos en sus pies nos acercaba a sentir, aunque fuera durante un suspiro, el dolor de cada golpe de martillo en su carne humana. Y como si fuéramos unos pequeños Cirineos, me asaltaba un pensamiento, me arriesgo a pensar de cada uno de nosotros, preguntándole ¿qué puedo hacer Señor para aliviar tu dolor, aunque sea solo un momento?





¿Qué te pareció este artículo? Deja tu opinión: