Tengo una amiga que de niña vivió mucha soledad, halló refugio y compañía en distintos libros que una amable vecina le iba obsequiando. La literatura la abrazó, la conectó y entró en diálogo con aquellos autores. Sus espacios de lectura implicaban momentos de pausa y encuentro que la llevaban a dar sus respuestas, a sentir el privilegio de, entre tantas carencias, contar con la oportunidad de –merced a ellos– habitar un lugar seguro. Y es que a través de aquellos libros emprendía la aventura de visitar los hogares de cada uno de sus autores. En el presente es una gran profesora de literatura que, desde el ámbito educativo, enseña a niños y jóvenes a degustar la lectura, a adoptar un espíritu crítico y a valorar lo que sí tienen y pueden hacer con ello. Sabe que para leer necesitamos luz, cualquier escrito precisa de nuestra presencia activa, de encender nuestra lámpara y recurrir también a la de otros para entender, y finalmente elegir, dónde sentarnos dentro de cada hogar.
Esta historia de vida me lleva a valorar a todos los escritores que hacen de nuestro mundo uno más lindo, que donan su unicidad a través de su pluma. Sólo a modo de ejemplos, hablaré de algunos.
¿Cómo no agradecer a quien, tras leer sus palabras, nos motiva y nos sentimos renovados como cuando salimos frescos de una pileta? ¿cómo no valorar esas palabras que nos sacuden como el agua caudalosa que golpetea las piedras del río? ¿Cómo no deleitarnos con quien, al hacernos sentir el aroma de las flores de su jardín, siembra en nosotros la inquietud por plantar semillas en el nuestro para que en el mañana regalen sus propias fragancias?
Constituye motivo de eterna gratitud la generosidad de aquellos escritores que nos prestaron los planos de sus casas para que no existieran fallas en los cimientos de las nuestras, pues, como unos padres, quisieron que crezcamos realmente libres y por ello nos proporcionaron los materiales indispensables para que, con bases firmes, pudiéramos elegir luego el estilo arquitectónico y decorativo de nuestra preferencia. Esas obras que dejaron huellas de sabiduría en nosotros serán como los clásicos, no nos abandonarán, cual eco de cultura general.
¿Cómo no deleitarnos con quien, al hacernos sentir el aroma de las flores de su jardín, siembra en nosotros la inquietud por plantar semillas en el nuestro para que en el mañana regalen sus propias fragancias?
Cómo no reconocer el brillo de ese escritor de ensayos que nos roba risas y sonrisas, nos desestructura y nos genera una mirada picaresca a la hora de ver la vida, resignificando circunstancias y tornándolas comics jocosos. Es ese escultor de palabras mágicas que relajan, entretienen y que nos recuerdan que también nosotros podemos hechizar lo cotidiano con una mirada ocurrente.
Cómo no admirar la capacidad descriptiva de quien a través de los detalles trasmite una imagen que parece fotográfica, o a aquel con espíritu filosófico que nos rescata de la ignorancia y hace las veces de red que sintetiza y abarca lo desconocido, siendo así introducción y conclusión de cualquier enciclopedia.
Cómo no aplaudir a aquel escritor de artículos que nos desafía y nos obliga a levantarnos del sofá para caminar al encuentro de ese nuevo conocimiento, que no entendemos bien pero nos gustaría hacerlo, para descubrir su tesoro.
La lista es interminable y alude a todos esos escritores que tocaron y tocan de una u otra manera nuestro corazón y a quienes agradecemos el sello de su pluma pues nos dejaron entrar a sus casas, tan diversas como sus maneras, en que cuando escriben, las habitan, construyen, arreglan y decoran.
¡Gracias a todos ellos por ser y darse!





¿Qué te pareció este artículo? Deja tu opinión: