El libro de Ana de Miguel, Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección es buen ejemplo de las reacciones surgidas por la deriva del feminismo de la igualdad en algunos sectores de nuestra civilización occidental que piensan haber alcanzado los objetivos del feminismo y adocenados en sociedades formalmente igualitarias, no se sienten a gusto con la calificación de feministas. Algo grave para la autora convencida de que la desigualdad sigue entre nosotras. Por ello se abre así:
Este capítulo trata de comprender una situación aparentemente paradójica y contradictoria: cómo conviven la aceptación y consolidación de importantes valores feministas con lo que se puede calificar como una acrítica vuelta al rosa y al azul, a las normas de la feminidad y masculinidad más rancias y que parecían ya superadas (De Miguel, 2023: 23).
Propósito explícito no solo del capítulo sino de todo el libro, publicado en el 2015 y que ha tenido múltiples lectores hasta alcanzar veinte ediciones en el 2023. Es verdad que se publica en la colección “Feminismos” avalada por gurús de los Institutos de la Mujer… pero el éxito editorial es un aviso de navegantes… ¿Hasta qué punto tiene razón la autora cuando afirma que en ese retroceso “han resultado decisivos los modelos y valores proyectados desde el mundo de la creación y el arte, del ocio y del consumo (…) además del uso ideológico de la ciencia?” (De Miguel, 2023: 75).
El texto se estructura en once capítulos circunscritos en tres partes con epígrafes que señalan la ruta mental de la autora:
- Dónde estamos: desigualdad y consentimiento;
- De dónde venimos y cómo lo hemos hecho y
- Hacia dónde queremos ir: mujeres y hombres juntos.
El título del primer capítulo, “Feminismo y juventud en las sociedades formalmente igualitarias” marca el destinatario: esas jóvenes embaucadas por los supuestos alcances de la lucha feminista: al fin, -parecen decir- “las mujeres nos hemos hecho visibles”. Según Susan Faludi cuyas tesis comparte “el mensaje de la reacción antifeminista se mantiene en dos pilares ideológicos falsos pero machaconamente repetidos:
- La igualdad sexual ya es un hecho, el feminismo es cosa del pasado, y
- la igualdad sexual ha empobrecido y estresado la vida de las mujeres, las ha hecho más infelices” (De Miguel, 2023: 35).
La autora se lamenta del estigma de la palabra “feminismo” y parte de un principio fácilmente asumible: “el feminismo es un humanismo, es la lucha por el reconocimiento de las mujeres como sujetos humanos y sujetos de derechos, es y ha sido siempre la lucha por la igualdad de los dos sexos” (De Miguel, 2023: 27). Pero continua con planteamientos más discutibles, tomados de Marina Cacace en su libro Mujeres jóvenes y feminismo (2006):
Y sin embargo, buena parte de su mala prensa procede de que muchas personas asocian el feminismo con la lucha por la supremacía femenina, es decir, con “dar la vuelta a la tortilla”, y también con el odio a los varones, la convicción de que las feministas quieren transformar a las mujeres en hombres o en otro orden de cosas, con la confusa creencia de que las feministas están en contra de que las mujeres se enamoren, sean madres, o ¡quieran verse guapas!” (De Miguel, 2023: 27).
El lector medio con experiencia de la vida no puede evitar una irónica sonrisa ante el planteamiento: de hecho, sin querer o queriendo, las cosas son así tras dos siglos de lucha feminista. El feminismo es una teoría, un movimiento social y un modo de vivir la vida –como afirma la autora- que se han ido implantando y parecen haber venido para quedarse. Si las armas del sistema patriarcal -como pregona- fueron invisibilidad y coacción, hoy el amor “romántico” (“valioso en la vida de los hombres, pero nunca el sentido de su vida como en las mujeres”), la violencia y la prostitución aplastan a esa mujer supuestamente liberada, que pretende ser feminista sin dejar de ser femenina… pero no sabe en qué consisten estos conceptos.
La autora, formada en el marxismo, pasa revista al amor en la sociedad comunista y al poliamor, sin verles salida. Y bajo el epígrafe de “la sexualidad no tiene género” repasa la revolución sexual, lo queer, e incluso la pornografía como sus modelos; para rechazar la prostitución como escuela de desigualdad. Se indigna contra la vuelta al rosa y al azul. Porque –dice- “ser mujer no es una performance, es una posición subordinada dentro de un sistema jerárquico de poder” (De Miguel, 2023: 59). Y con ironía, lo ejemplifica en la niña desde su nacimiento:
Nos encontramos ante una niña que porta dos marcas, una física y otra simbólica. Los agujeros en las orejas, el apellido paterno en el nombre. No es necesario aludir a la ropa rosa o al pelo largo. Una niña que ha aprendido e interiorizado la división sexual del trabajo en la intimidad de su hogar. A esto le llamamos una educación igualitaria” (De Miguel, 2023: 64).
“Soy feminista, pero no quiero dejar de ser femenina”… Pero ¿en qué consiste lo femenino? La pasividad y sumisión tradicionales? Sentirse atractiva y sexi? Cuidar y servir a los maridos? La maternidad? Ser excelente, superior? Valores que va despreciando… Y frente al timo de que la igualdad nos ha hecho infelices, propone recordar todo lo que el feminismo ha hecho por las mujeres, empezando por teorizar lo que las une y por qué han tardado tantos siglos en constituirse como sujeto político.
Dejo a un lado la segunda parte centrada en el feminismo como movimiento social, con sus políticas reivindicativas y sus secuelas de violencia de género y deconstrucción de mitos patriarcales; para centrarme en la tercera que mira al futuro: “hacia dónde queremos ir hombres y mujeres juntos”. Un planteamiento constructivo de entrada, que en los dos capítulos que lo componen no es tal. Posmodernidad y feminismo se constituyeron en la nueva pareja dejando atrás la de feminismo y marxismo. Pero no sin problemas debido a las críticas de los feminismos poscoloniales al feminismo hegemónico (blanco, etnocéntrico, de clase media y heterosexual): “Ya no habría por tanto un “nosotras, las mujeres” como sujeto político, pero sí una multitud de feminismos: el feminismo negro, el feminismo caribeño, el feminismo chicano, el transfeminismo, el posfeminismo y muchos más” (De Miguel, 2023: 308).
Sea como fuere –concluye- “los fines del feminismo son incompatibles con el neoliberalismo. Queremos y necesitamos cambiar el rumbo de esta sociedad” (De Miguel, 2023: 320). Y alerta contra supuestas innovaciones del movimiento que llevan a la “continua deconstrucción del propio feminismo y de las mujeres como sujeto del mismo (De Miguel, 2023: 316).
En esto último acierta, pero por motivos muy distintos a los que sustenta. Mientras la mujer no acepte con alegría su especificidad, que tiene tanto que ver con la ética del cuidado y la maternidad ejercida de modos diversos, no será feliz.





¿Qué te pareció este artículo? Deja tu opinión: