En junio de 1932, la murciana Piedad de la Cierva Viudes se licenciaba en Ciencias, sección de Químicas, por la Universidad de Valencia. Con un Premio Extraordinario y tan solo diecinueve años, iniciaba una prometedora carrera profesional que la convertiría en una investigadora vanguardista sobre radioactividad artificial y la descubridora del material refractario aislante.

También llegaría a ser pionera en la industrialización del vidrio óptico para lentes, espejos y prismas.
El descubrimiento de Piedad fue el material aislante que dejaban las cenizas de la cascarilla del arroz, así como su aplicación inmediata a la fabricación de ladrillos. Una verdadera invención, que se puede añadir a las de su saga.
La importancia de rescatar la biografía intelectual de Piedad de la Cierva
Apenas hay constancia de su amplio y fructífero trabajo científico. Además de la tesis doctoral y las publicaciones científicas de Piedad en los Anales de la Sociedad Española de Física y Química o en el CSIC, solo hay algunas menciones de su colaboración con Julio Palacios, Miguel Catalán y José María Otero Navascués en algunos ensayos, textos científicos y documentos oficiales. Un claro contraste con las monografías dedicadas a estos hombres de ciencia.
La mayor parte de la biografía intelectual de Piedad hay que rescatarla de los cuadernos en los que vertió cuidadosamente sus recuerdos, que terminó de escribir a los ochenta años de edad. En esa época tuve el privilegio inmerecido de conocerla y me permitió leerlos. Sus páginas han sido una fuente de inestimable valor para los ensayos publicados sobre su obra.
Fue una científica e investigadora vanguardista en la radioactividad artificial, así como pionera en la fabricación del ladrillo refractario aislante y en la industrialización en España del vidrio óptico
La valía intelectual y personal de esta mujer pionera
Aunque Piedad no solo hizo historia en el progreso científico sino también en el ámbito personal, pues desarrolló su trabajo en una época en la que las perspectivas profesionales para una mujer eran bastante limitadas, más si cabe en el campo de las ciencias experimentales.
Escribe en sus memorias que su padre, abogado y profesor de Derecho de la Universidad de Murcia, se dio cuenta de que la situación de la mujer iba a cambiar. Facilitó que Piedad fuese a la universidad, accediendo a la inclinación de su hija por la carrera de Químicas y no la de Farmacia, considerada entonces como más adecuada para una mujer. Se matriculó en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Murcia con la condición, impuesta por su padre, de hacer el curso adicional para obtener el título de Magisterio.
Defender su libertad para elegir carrera, en contra del parecer de su exigente padre y de lo que era usual, muestran la firmeza del carácter de Piedad y la determinación de seguir su vocación científica e investigadora. Se abrió camino en instituciones y ambientes profesionales en los que apenas había
mujeres.
Sin embargo, Piedad reconoce que siempre recibió apoyo para su desarrollo profesional de sus profesores, mentores y personalidades del mundo científico con los que trabajó. Reconocieron su extraordinaria valía intelectual si bien en algunas circunstancias, como en su oposición a cátedra, sufrió las barreras impuestas entonces a las mujeres para acceder a ciertos trabajos o puestos y ejercer su profesión en las mismas condiciones que los hombres.
Fue la única mujer en la Universidad de Murcia (curso 1928-29) y en la Facultad de Químicas de la Universidad de Valencia, donde trasladó su expediente para continuar la carrera. Al terminar sus estudios en junio de 1932, se estableció en Madrid para realizar la tesis doctoral en la Universidad Central y trabajar en el Instituto Nacional de Física y Química de Madrid, conocido también como Instituto Rockefeller, que se había inaugurado recientemente.
Piedad trabajó junto a personas que recibieron un Premio Nobel
Piedad llegaba a Madrid con una carta de recomendación del profesor Ipiens dirigida a Julio Palacios, el director de la Sección de Rayos X del Instituto y uno de los pioneros en los estudios de cristalografía en España. La joven investigadora se incorporó a su equipo para estudiar la difracción de rayos X, siendo de nuevo la única mujer. En otras secciones del Instituto sí trabajaban otras mujeres y Piedad trabó amistad con dos de ellas hasta el final de su vida.
Sus trabajos en el Rockefeller le permitieron preparar su tesis doctoral Los factores atómicos del azufre y del plomo, que defendió a principios de 1935. Fue calificada con sobresaliente y obtuvo Premio Extraordinario de Doctorado.

Gracias a su trayectoria de investigación y a sus publicaciones, obtuvo una beca para trabajar en el Instituto de Física Teórica Niels Böehr de Copenhague, formando parte del equipo de George von Hevesy, descubridor del hafnio y futuro premio Nobel de Química (1943). Allí trabajó durante un año en la desintegración artificial del átomo, conseguida por el matrimonio Juliot-Curie y fundamento del posterior descubrimiento de la energía nuclear. Compartió mucho trabajo con la otra mujer del equipo, la alemana Dra. Selvy.
Hevesy organizó varios viajes de Piedad, en uno de ellos la recibió Irène Joliot-Curie en el Instituto de Radio en París. Como escribió Piedad, tuvieron la oportunidad de comentar sus investigaciones. Había conocido a su madre, Marie Curie, en la visita que hizo al Instituto Rockefeller dos años antes, siendo la encargada de recibirla, por ser mujer y hablar inglés y francés. Al acabar el periodo de la beca, Hevesy facilitó a Piedad la visita al Instituto de Química Kaiser Wilhelm de Berlín, donde fue recibida por la doctora Lise Meitner, pionera de la fisión nuclear. Piedad volvió al Instituto Rockefeller de Madrid y puso en marcha los proyectos traídos de Copenhague para continuar investigando en la radioactividad artificial. Pero sus trabajos se truncaron con el estallido de la guerra civil en julio de 1936.
Durante la contienda fue nombrada interventora del Instituto de Enseñanza Secundaria de Osuna, siendo la única mujer con un cargo entre todos los institutos españoles. Impartió clases de física y química y, gracias a sus clases, algunos alumnos descubrieron su vocación científica. Se lo hicieron saber al cabo de los años.
Trabajó en 1935 con George von Hevesy, futuro premio Nobel de Química (1943), en el Instituto de Física teórica Niels Böehr de Copenhague junto a otros investigadores de gran prestigio científico. También fue recibida por la premio Nobel de Química Irène Joliot-Curie en el Instituto de Radio en París, en 1935
Al restablecerse la paz en 1939, Piedad pudo retomar su trabajo científico gracias a un proyecto del físico José María Otero de Navascués, al que había conocido cuando se refugió en la Embajada de Noruega durante la Guerra Civil. Otero le propuso participar en la creación de una sección de Óptica dentro del Instituto de Física del recién fundado Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), para impulsar la fabricación de instrumentos ópticos para la Marina. Este era el germen de lo que en 1946 se convertiría en el Instituto de Óptica Daza de Valdés. Piedad fue la única mujer admitida en los comienzos del Instituto, aunque más adelante se incorporarían al CSIC algunas mujeres a las que prestaría todo su apoyo.
Además de este trabajo, se la nombró Auxiliar de Cátedra de la asignatura “Estructura atómico-molecular y Espectroscopia”, que se impartía en los cursos de doctorado. La Cátedra le correspondía a Miguel Catalán, pero había sido depurado y se le impidió acceder a ella, por lo que Piedad tuvo que asumir las clases teóricas con gran esfuerzo. Las mujeres todavía estaban en inferioridad, solo podían impartir clases como auxiliares de cátedra o ayudantes de prácticas.
El hecho de ocupar una cátedra vacante sin que tuviera reconocimiento oficial, recibiendo un tercio del sueldo de un catedrático, y la discriminación sufrida por ser mujer en la oposiciones de cátedra en 1941, decepcionaron a Piedad. Decidió dejar las clases en la universidad y centrarse en su trabajo en el Instituto de Óptica, donde se ocupaba de preparar espejos de aluminio por evaporación al vacío, una técnica necesaria para la fabricación de prismáticos.
El LTIEMA y la industrialización del vidrio óptico
En 1945 se creó el LTIEMA (Laboratorio y Taller de Investigación del Estado Mayor de la Armada), cuyos fondos se dedicaron sobre todo a la investigación del vidrio óptico. Otero contrató más adelante a Piedad como investigadora del LTIEMA y como profesora de los alumnos de la Escuela de Ingenieros Navales, trabajo que Piedad compatibilizo con el del Instituto de Óptica.
Asumió el reto de fabricar en España unas láminas antirreflectoras que permitían la visión nocturna. Supuso realizar muchos ensayos y experimentos hasta lograr aplicarlas a los prismáticos fabricados en el LTIEMA. En 1946, presentaba la Memoria de estos trabajos, recibiendo el primer Premio de la Academia de las Ciencias para trabajos de investigación. Era la primera mujer que lograba este tipo de reconocimiento.

El otro reto de Otero Navascués, fue hacer del LTIEMA un centro pionero en la industrialización en España del vidrio óptico, un material que se fabricaba en pocos lugares del mundo. En 1948 encomendó a Piedad esta tarea y la envió a Estados Unidos para formarse en el National Bureau of Standards en Washington y visitar la Facultad de Ingeniería de Vidrio de la Universidad de Toledo (Ohio), así como otras fábricas y empresas.
A su regreso en abril de 1949, Piedad comenzó a trabajar en la instalación del laboratorio de vidrio óptico en el LTIEMA y formó un equipo de colaboradores y obreros. En 1954, después de mucho trabajo y no pocos problemas para conseguir las materias primas necesarias, consiguió fabricar el primer ensayo de vidrio óptico.
Piedad presentó la Memoria Ensayos de fabricación de vidrio óptico a un Concurso del CSIC y recibió el primer Premio de Juan de la Cierva de investigación científica y técnica en 1955. La fama de Piedad y sus colaboradores, entre ellos algunas mujeres, se hizo internacional y les pedían que publicaran artículos en revistas científicas especializadas de otros países. En 1956 empezó a colaborar en el Instituto del Vidrio de La Granja ayudando en la selección de materias primas.
El último proyecto de investigación de Piedad
En 1957 los nuevos directores del LTIEMA ya no estaban interesados en la fabricación del vidrio óptico y Piedad decidió abrir un nuevo proyecto de investigación a raíz de unas experimentaciones que había comenzado por su cuenta sobre el material refractario -resistente a temperaturas extremas- y su potencial aplicación a la fabricación de ladrillos aislantes para las calderas de los barcos de la Marina y los hornos de cemento utilizados en la construcción, que en aquella época era necesario importar del extranjero.
La dirección del LTIEMA aprobó el proyecto y Piedad pudo involucrar en él a tres mujeres, iniciándolas e impulsándolas como investigadoras, entre ellas la química Guadalupe Ortiz de Landázuri. Dirigió sus tesis doctorales, si bien fueron catedráticos los que figuraron oficialmente como directores. Obtuvieron en 1965 el Primer Premio Juan de la Cierva de Investigación Científica y Técnica por estos trabajos y, posteriormente, dos patentes del procedimiento de fabricación de bloques refractarios aislantes.
En los últimos años de su trabajo en el LTIEMA, la nueva orientación del Centro la obligó a abandonar la investigación. Este hecho, junto a circunstancias familiares como el fallecimiento de un de un hermano en 1969 y el agravamiento de la enfermedad de su madre, le llevó a pedir la jubilación anticipada a los 63 años, en 1973.
Mi emocionado recuerdo de Piedad de la Cierva
Tuve la suerte de conocer y tratar a Piedad en la última década de su vida. La recuerdo con un rostro sonriente y unos ojos que seguían reflejando el coraje de su carácter. Su exquisita educación, la consciencia de ser una científica vanguardista y la amplitud y riqueza de sus vivencias no estaban reñidas, ni mucho menos, con su sencillez y afabilidad. Ni el inglés, ni el francés, ni el alemán consiguieron arrancarle el acento de su tierra.
Mantenía esa actitud de sincera apertura con la que había ganado tantas y tan duraderas amistades y con la que ayudó a otras mujeres a despuntar en los ambientes científicos. Piedad nunca dejó de abrir caminos.
En la última década de su vida, mantenía esa actitud de sincera apertura con la que había ganado tantas y tan duraderas amistades, y con la que ayudó a otras mujeres a despuntar en los ambientes científicos. Piedad nunca dejó de abrir caminos.
Seguían vivas su curiosidad y capacidad de asombro, las mismas que tenía al iniciar sus trabajos de investigación y que recogería en sus memorias: «Recuerdo mi gran sorpresa cuando comprobé que yo era capaz de calcular la distancia entre los átomos de cloro y sodio de un cristal de sal. Y cómo me impresionaba pensar que Dios, Creador del Universo, había distribuido los átomos, tan pequeños, de aquella forma tan asombrosa» [1] .
A Piedad no la empañaron las dificultades, se mantuvo como esas superficies transparentes y pulidas de sus vidrios. Tampoco se dejó destruir por el paso de los años, tenía algo de esa capacidad refractaria que descubrió en la cascarilla del arroz.




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