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Woman Essentia

El teléfono de baquelita

www.miguelaranguren.com

Miguel Aranguren por Miguel Aranguren
11 marzo, 2019
en Woman Essentia
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Home Punto de vista Woman Essentia
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Si anuncio que este artículo pretende hablar del uso del teléfono móvil, cabe la posibilidad de que me quede sin la mitad de mi habitual audiencia. Unos renunciarán a leerlo porque opinan que es asunto demasiado trillado y lo esperable es que yo caiga en lugares comunes tantas veces expuestos. Otros empezarán la lectura, pero quedará interrumpida en cuanto adviertan que les ha llegado un wasap, uno más entre los cientos que nos atenazan como una nube de mosquitos alrededor de la cabeza.

No pretendo sermonear a nadie. De hecho, yo también soy usuario de uno de estos aparatos capaces de albergar, dicen, mucha más información que la de aquel Apolo 11 que aterrizó en la luna. Reconozco que también estoy encadenado a sus funciones, esclavizado a su constante reclamo de sonidos, luces y vibraciones, mérito de sus fabricantes y programadores, quienes han conseguido que giremos alrededor del móvil como el Vostok 1 -la cosa hoy va de cohetes- orbitó la Tierra.

Mis hijos se sorprenden cuando les hablamos de aquel teléfono de cable en espiral, lacado en crema -el de color rojo era todo un capricho-, con su rueda transparente y agujereada.

Para explicarles su funcionamiento tenemos que valernos de mímica, pues no entienden en qué consistía descolgar el auricular, pulsar las pestañas cuando se quedaban enganchadas, buscar en la agenda el número deseado -había quien era capaz de llevar en la memoria, y no precisamente digital, toda una guía- y empezar a girar el marcador rotatorio hasta el tope de metal, con maestría para acertar con el índice el hueco del número correspondiente, soltar la rueda a tiempo, aguardar el sonido de los correspondientes pulsos y continuar la operación hasta el último dígito. A ellos les parece que se trataba de un esfuerzo ímprobo, aunque lo que más les desazona es conocer que los hogares dispusieran de un solo aparato -un terminal decimos ahora-, anclado en un lugar de paso, dos a lo sumo en las casas espaciosas, con una palanquita que distribuía la línea de uno a otro, cortando muchas veces las conversaciones. Y si no había palanquita, uno de los teléfonos servía, cuando el usuario lograba descolgarlo con sutilidad, para escuchar el diálogo que mantenía cualquiera de los familiares con vete a saber qué destinatario a través del otro.

En la casa de mis abuelos todavía se usaba uno de aquellos teléfonos negros de baquelita, una pieza de museo cuyo auricular pesaba como una piedra, con su cableado forrado en tela. Había otro -creo recordar- que carecía de marcador. En su lugar había una pieza inmóvil con un botón en el centro. Una pena que mi acostumbramiento a verlo -la costumbre hace a las cosas y a las personas invisibles- me impidió preguntar por su uso.

Vuelvo al teléfono de mi casa, receptor de tantas confidencias. Su campana era más amable que las melodías de los móviles, aunque atenderlo requiriera, más de una vez, echarse a correr antes de que interrumpieran la comunicación. Mientras charlábamos, enredábamos los dedos con aquel cable en espiral en un juego inconsciente. A ser el cable de material flexible, nos permitía estirarlo en busca de un lugar discreto donde evitar la curiosidad de padres y hermanos. Había también una libreta y un bolígrafo para apuntar el nombre y los recados de aquellas personas que habían preguntado por algún familiar ausente. Antes de que llegaran los contestadores automáticos (primero de casete, después incorporados al servicio de la compañía telefónica) existía la obligación moral de dejar testimonio de las llamadas que no nos correspondían, bajo amenaza de castigo por incumplimiento.

Como pueden entender los lectores que hayan llegado hasta aquí, el teléfono móvil me ha servido como excusa para describir un tiempo y un mundo distinto, que sin duda supuso un paso adelante frente a las generaciones que nos precedieron, aquellas que estaban sujetas a una telefonista y su habilidad para insertar clavijas y ordenar conferencias. Eso sí, déjenme proclamar que la vida era posible sin wasap, aunque los más jóvenes no nos crean.

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Miguel Aranguren

Miguel Aranguren

Miguel Aranguren (1970), es uno de los novelistas contemporáneos que ha publicado a más temprana edad (su primer libro apareció en la editorial Espasa cuando acababa de cumplir 19 años) y uno de los articulistas más incipientes del periodismo español, firmando su primer artículo en El Mundo a los veintitrés.

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