En El arte de amar, Ovidio nos sorprende con una visión extremadamente pícara, llena de libertinaje y malicia. Trata el amor, la conquista y los lances amorosos como una especie de juego de poder, donde cada uno debe mirar por su propio placer. Promueve por ejemplo, utilizar la infidelidad como moneda de cambio para embaucar aún más al propio cónyuge, o explica cómo ocultarla de la forma más sibilina posible.
También pinta escenas curiosas, como la de «los ligues de teatro» en la época del Imperio romano, dando consejos explícitos sobre cómo entretener a las mujeres, hablarles y hasta llegar a tocarlas de forma disimulada.
O cómo «no dejar que se apague la llama» en el propio matrimonio, pero a base de infidelidad y no de esfuerzo por la propia pareja.
Todas estas artimañas las ejemplifica con referencias mitológicas, un poco abstrusas para aquellos que no conocemos la cultura clásica en profundidad, pero que, en su caso, sirven para ilustrar aquellos comportamientos de una forma comprensible para la mentalidad de su época. En efecto, El arte de amar se presenta como una especie de manual sobre cómo encontrar, conquistar y conservar amantes, aunque lo hace desde un tono irónico y jugando con las convenciones de la poesía didáctica.
Este carácter descarado chocaba frontalmente con la política moral de la Roma de Augusto, especialmente con su legislación sobre el matrimonio y el adulterio. El propio Ovidio relacionaría años después su destierro con carmen et error, «un poema y un error»; tradicionalmente, ese poema se ha identificado con El arte de amar. Augusto llegó además a retirar la obra de las bibliotecas públicas.
Personalmente, este libro me deja dos sensaciones. La primera es de natural diversión. El claro cinismo que presenta, su burda burla de los valores de decencia y virtud, e incluso algunos de sus ejemplos directos sobre «cómo ligar», no pueden hacer menos que despertarle a uno una sonrisilla pícara. «No sabía nada Ovidio…». A veces, en ciertos círculos cerrados y puritanos, o excesivamente protocolarios, haría falta una lectura como esta para dejar correr un poco de aire fresco.
Ovidio, quizá sabiéndolo o no, en su descripción de todos estos juegos y artimañas, puede que no esté haciendo sino distraer la atención. Quizá su relato oculte un profundo miedo a lo que el amor real implica.
Soy, además, de la opinión de que leer algo así, lejos de la censura puritana o farisaica, puede ser una sana distracción, una forma de extender la visión y quizá de conocer mejor el alma humana en todas sus facetas, incluso en las menos nobles o en las más dudosas. Ignorar estos lances como si no existieran no le hace a uno más decente ni más bueno – la decencia y la bondad estarán, en cualquier caso, en la no suscripción radical a estos comportamientos en la propia vida.
En cualquier caso, debo discrepar profundamente con la tesis subliminal que yo encuentro en el libro. Esta es, al menos, tal como yo la entiendo: «El amor es una lucha de poder, y cualquier juego sucio está permitido con tal de procurarse placer o asegurar una posición de superioridad».
Sin caer en el puritanismo que critico, simplemente no creo en esta tesis. Amar, a mi parecer, es siempre, desde su origen, un juego perdido. Si uno está dispuesto, de verdad, a amar, ha de reconocer que es un «pringado»… que el solo hecho de amar le pone ya a los pies de los caballos, y que entrega su corazón sin remedio para que lo hieran o lo dejen.
Ovidio, quizá sabiéndolo o no, en su descripción de todos estos juegos y artimañas, puede que no esté haciendo sino distraer la atención. Quizá su relato oculte un profundo miedo a lo que el amor real implica. Cuando uno está inmerso en todos estos lances, líos y mentiras, el amor real, con toda su vulnerabilidad y el miedo profundo que esta conlleva, puede quedar diluido o relegado a un segundo plano.
El terror a que el amor no funcione, a que lo hieran, a ser dejado, a causar aburrimiento, a no ser correspondido… quizá puede olvidarse un poco mientras se está «jugando a ser el rey o la reina de la conquista».
No me atrevo a asegurarlo. Pero creo que Ovidio, con todas sus vueltas y revueltas, quizá esté huyendo de una intuición profunda de lo que es el amor real: un dar a fondo perdido, una exposición a la decepción y al sufrimiento.
Es por esto que, sin juzgar el libro desde la lente de la virtud, que, simplemente, por su propio carácter no creo que tenga demasiado sentido, me atrevo a preguntarme: ¿de qué huía Ovidio cuando se centraba en describir el arte de amar o, mejor dicho, las artimañas del amor? ¿Es que quizá el amor real no lo conocía, o lo conocía demasiado bien y le causaba un terror cerval?



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