Este libro es una mezcla explosiva de cine, arte, filosofía y teología, de lo divino y lo humano. Y es que el cine no es solo el séptimo arte, sino que exhibe de manera visual los valores de cada época, como una auténtica crónica social.
Fabrice Hadjadj, uno de los pensadores católicos de referencia en la Europa del siglo XX, vuelve a sacudir el panorama intelectual con un libro audaz titulado Tom Cruise y su Misión: Imposible.
A primera vista, puede parecer desconcertante que un intelectual de su calibre dedique una obra al cine de acción, pero la genialidad de Fabrice radica en que no se limita a analizar la ficción. Estudia minuciosamente al Tom Cruise de carne y hueso, persona y personajes, desentraña la evolución de sus papeles cinematográficos y, en un fascinante ejercicio de espejos, compara la trayectoria del actor con su propia vida y con la naturaleza de la misión que todo ser humano recibe.
Este libro es una mezcla explosiva de cine, arte, filosofía y teología, de lo divino y lo humano. Y es que el cine no es solo el séptimo arte, sino que exhibe de manera visual los valores de cada época, como una auténtica crónica social.
La eficacia de lo visual
En su obra, Fabrice se cuestiona a sí mismo; ¿cómo puede un pensador envilecerse hasta el punto de invitar a sus hijos a ver escenas repetitivas de choques, peleas y saltos imposibles? ¿No es esto rebajar la cultura a la mera eficacia de lo visual y al simple entretenimiento de las llamadas movies, en lugar de buscar la poética de la imagen? Sin embargo, el filósofo desmonta esta premisa con una intuición profunda al afirmar que la acción expresa mejor lo espiritual que lo psicológico.
Para demostrarlo, nos invita a mirar las Sagradas Escrituras, donde no existe la psicología moderna; Dios habla a través de parábolas y de hechos concretos. Siguiendo el principio filosófico de que, el obrar sigue al ser, recordamos que a Dios no lo conocemos en su esencia abstracta, sino en su acción en la historia. En lenguaje coloquial diríamos que “el movimiento se demuestra andando”.
Sus papeles de héroe asume la carga de salvar al mundo de villanos implacables, algo así como la redención de Cristo. Cruise se convierte en un híbrido entre Peter Pan, que no quiere crecer, y Don Quijote, que proyecta lo épico en una sociedad obsesionada con el cálculo frío. Esto nos lleva a la paradoja del héroe, entre el mérito propio y la gracia recibida, invitándonos a recuperar la inocencia de lo que éramos cuando niños.
Fabrice señala que Cruise se ha consagrado como el actor que más y mejor corre en la historia del cine, haciéndolo además con una inteligencia cinematográfica única. A la excelencia de su zancada se conjuga el dominio de la cámara, la precisión del encuadre y una música trepidante, recordándonos que el movimiento físico es el reflejo idóneo de un movimiento interior. A esto solo añadiré que la mítica huida de Robert Redford en El Golpe queda también en la historia de las carreras cinematográficas como la más elegante, tal vez de la historia.
Un actor artesano frente a la IA
Fabrice conecta además la evolución de los personajes con la maduración del hombre real. Las escuelas francesas que han estudiado esta metamorfosis, como Louise Blanchot en el terreno de la psicología u Oliver Maillart en el análisis visual, distinguen al Cruise del comienzo —aquel de la primera Top Gun de 1986, que buscaba el reconocimiento y necesitaba demostrar su valía— del Cruise maduro que reaparece 36 años después en Top Gun: Maverick.
Otra característica que distingue a Cruise del resto de actores es su arrolladora autenticidad. Es un artesano que defiende la gran pantalla en las salas frente a la televisión, huye de la inteligencia artificial y, en una industria dominada por los efectos digitales, destaca porque graba él mismo todas sus escenas, incluidas las más peligrosas.
Fabrice no pasa por alto la trayectoria personal del actor: es sabido que Cruise pertenece a la Cienciología, pero muestra un profundo respeto hacia los cristianos. Sus papeles de héroe asume la carga de salvar al mundo de villanos implacables, algo así como la redención de Cristo. Cruise se convierte en un híbrido entre Peter Pan, que no quiere crecer, y Don Quijote, que proyecta lo épico en una sociedad obsesionada con el cálculo frío. Esto nos lleva a la paradoja del héroe, entre el mérito propio y la gracia recibida, invitándonos a recuperar la inocencia de lo que éramos cuando niños.
La misión y el sentido de la vida
Esta dualidad entre el actor y sus personajes le sirve a Fabrice como el trampolín perfecto para analizar su propia vida y la tesis teológica del libro: la existencia cristiana concebida como una misión imposible. El filósofo traza un paralelismo directo entre la entrega del actor a su oficio y el compromiso del creyente, llamados a ser los agentes del secreto o los agentes secretos del Reino, custodios del misterio incalculable de cada ser humano bajo el impulso del amor como motor principal.
En este punto, Fabrice introduce un diagnóstico crucial para la sociedad actual al advertir que si no existe un encuentro amoroso y personal con Cristo, el hombre carece de misión y solo posee objetivos medibles por resultados. La verdadera misión se descubre, no se fabrica; surge de la entrega a un porvenir indeterminado que nos supera y que encuentra su fundamento en la providencia del Padre, reflejando el prototipo filial del primer enviado, que fue el Hijo.
Frente a un tiempo roto y fragmentado en instantes sin relación —origen de gran parte de las enfermedades psicológicas de hoy—, la misión nos devuelve el sentido de la vida a largo plazo. Dios nos habla al oído de la misma manera que los actores utilizan un pinganillo para no saltarse el guion: nuestra tarea es aceptar nuestra misión.
Fabrice introduce un diagnóstico crucial para la sociedad actual al advertir que si no existe un encuentro amoroso y personal con Cristo, el hombre carece de misión y solo posee objetivos medibles por resultados. La verdadera misión se descubre, no se fabrica.
El reto de España
El libro culmina en un emotivo posfacio donde todas las líneas paralelas convergen. La gran Misión Imposible de la madurez de Fabrice no es otra que España. Al fundar su academia Incarnatus Est en un nuevo país y en un idioma ajeno a los 54 años, el filósofo experimenta en carne propia esa segunda juventud que también busca el veterano Tom Cruise en sus películas. Evocando las figuras de Ortega y Gasset, Xavier Zubiri e Isabel la Católica, Fabrice nos recuerda que España es, en sí misma, una misión que en su día cambió la configuración del mundo.
Aceptar el guión
La obra de Fabrice nos recuerda que la comodidad extingue el espíritu. Tanto el héroe que arriesga su vida en la pantalla como el filósofo que cruza fronteras demuestran que la identidad humana es puro movimiento. Al final, el libro nos desafía a abandonar el cálculo y aceptar el guion divino: entender que no tenemos una tarea, sino que somos una misión viviente. Una aventura que siempre parecerá imposible para nuestras fuerzas, pero que se vuelve enteramente realizable al confiar en la Promesa.
Para Fabrice, la función última del arte es prepararnos para la muerte o, mejor dicho, para la vida eterna.
El libro nos desafía a abandonar el cálculo y aceptar el guion divino: entender que no tenemos una tarea, sino que somos una misión viviente. Una aventura que siempre parecerá imposible para nuestras fuerzas, pero que se vuelve enteramente realizable al confiar en la Promesa.
María Luengo





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