En cuanto entré en la biblioteca, aquella portada llamó mi atención. Una mujer de espaldas caminando sobre las vías de un tren, y al fondo, un edificio de ladrillo visto. Cuando me acerqué lo identifiqué al momento. Era un pabellón de Auschwitz. De tantos y tantos libros que uno se puede encontrar en la biblioteca, allí estaba aquel. Ese que el locutor destacó en su sección de lecturas recomendadas hacía casi un año. La enfermera de Auschwitz es una historia a caballo entre la realidad y la ficción inspirada en la vida de Stanisława Leszczyńska, la partera de Auschwitz.

Leszczyńska, matrona de formación y de vocación, fue prisionera en este campo de exterminio judío al que llegó cuando la Gestapo descubrió que junto a su marido y sus 4 hijos facilitaban a los judíos comida así como documentación falsa para que pudieran huir. Cuando Stanisława Leszczyńska llegó a Auschwitz, las mujeres que daban a luz eran asesinadas después de presenciar como ahogaban en un sucio y putrefacto barreño a sus hijos recién nacidos.
La partera de Auschwitz salvó su vida a pesar de enfrentarse al mismísimo doctor Mengele, el ángel de la muerte. Él le pidió practicar la eutanasia a los recién nacidos, y Leszczyńska se negó en rotundo. Stanisława Leszczyńska; nombrada por la Iglesia Católica Sierva de Dios y a la espera de que se confirme un milagro por su intercesión para comenzar el proceso de beatificación; asistió en Auschwitz el nacimiento de más de 3000 bebés. A todos los protegió y cuidó como pudo; y por las extremas circunstancias, bautizó en la fe cristiana.
La fortaleza del ser humano es realmente asombrosa, pues a pesar de las duras condiciones de un campo de exterminio, hubo bebés y madres supervivientes. No los 3000, pero sí los suficientes para recordarnos que la vida vale siempre y merece la pena ser vivida.

Leer y asimilar la historia te hace reflexionar sobre aquel tiempo y el contemporáneo. Pensando en la maternidad, resulta realmente espeluznante frivolizar con la vida. Por eso duele escuchar el deseo de proclamar el aborto como derecho fundamental. No extraña, mucho menos, que se justifique en España un índice de fecundidad de apenas 1’16 hijos por mujer. Pero claro, hoy las circunstancias no son favorables, porque tener un hijo cuesta mucho dinero. Concretamente, 700 euros al mes de media dicen los estudios. Esto es tener la supervivencia asegurada. Una supervivencia que se basa en el mantra misterwonderfulense de tú puedes con todo; sin lastres ni nadie que te ate ni te cause problemas.
La cantidad de personas solas es tan preocupante en esta mal llamada sociedad del bienestar que Japón o Reino Unido han decidido destinar una cartera estatal para acabar con la soledad no deseada. Una soledad que la sufren incluso los jóvenes. Un 26 por ciento de entre 16 y 29 años la padecen de forma constante; y el 70 por ciento se han sentido solos en algún momento de su vida. Quizá ahora estamos más cerca de extinguirnos, pero no por el índice de fecundidad ya mencionado, sino por ese individualismo que como ponzoña se quiere instalar en cada coliving (que no hogar) de nuestra progresista y avanzada sociedad.

La historia nos cuenta cómo se da la supervivencia en tiempos de crisis y de guerra. Lo hace a través de la generosidad, la entrega y la comunidad. Quizá toca despertar y abrir los ojos para ver que esta revolución digital de tanta IA generativa en la que impera el individualismo, la eterna juventud, y la pleitesía a los sentidos, no es más que una lucha de unos pocos por llenarse los bolsillos a costa de nuestras decisiones de compra.




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