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Siempre la vida

www.miguelaranguren.com

Miguel Aranguren por Miguel Aranguren
4 diciembre, 2025
en Opinamos
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Home Punto de vista Opinamos
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Nunca es cómodo hablar de la muerte, tampoco escribir acerca de ella.  Sabernos abocados a un final irremediable, destructivo y definitivo que desconocemos cuándo acontecerá, nos provoca una desbocada inquietud, entre otras cosas porque tenemos interiorizada –estampillada en la información de nuestro ADN– una presunción de eternidad, el barrunto de que no nacimos para vivir un rato más o menos largo y sanseacabó. Si diésemos por hecho aquello de “A vivir, que son tres días”, ¿para qué realizar un solo esfuerzo por la dicha de los otros, si la marea de la muerte borra nuestras huellas, el bien, el mal y el saco sin fondo de nuestras omisiones? Tenemos comprobado que nada nos sacia, que no hay sueño ni quimera que nos realice de una vez, pues aspiramos a más, siempre a más, un más que trasciende el tiempo y el espacio, vectores que no terminamos de entender porque nuestras aspiraciones tienen otras coordenadas: el tiempo es una línea que parte de un punto (el momento de nuestra concepción) y no conoce final; el espacio es un universo que debe adecuarse a las aspiraciones de nuestra naturaleza, sin caducidad, sin contratiempos, sin desencantos. Entonces, ¿qué es la muerte? La más insondable metamorfosis.

El tiempo es una línea que parte de un punto (el momento de nuestra concepción) y no conoce final; el espacio es un universo que debe adecuarse a las aspiraciones de nuestra naturaleza, sin caducidad, sin contratiempos, sin desencantos.

Aspiro a un mañana sin fin en el que (en vez de continuar sujeto a las limitaciones aparejadas a esta dimensión) goce con una felicidad siempre plena, siempre creciente y siempre insaciable. No se trata de una boba utopía, de un autoengaño, de una honda calada al opio humeante de la religión sino de  un pálpito que me trae ecos de nostalgia desde el fondo del corazón, como a todo ser humano: qué crueldad sería despedirse para siempre del arropo de los brazos de una madre, de la presencia segura de un padre, de la ternura que acompaña al tacto de la piel de un hijo, de la confianza compartida con un amigo, de la unión total entre la esposa y el esposo, de nuestros labios que pronuncian un «te quiero», una plegaria, un «lo siento», un consejo… de nuestra garganta que hace brotar la risa, de nuestras manos que acarician, de nuestros pies que recorren el mundo, este mundo que hemos sellado con tantos gestos de amor.

No me conformo con que mis padres, mis abuelos, mis tíos, mis primos, mis amigos, tantas personas que he querido y admirado se queden en polvo, nombres grabados en una sepultura, ausencias en el registro civil, cláusulas definitivas de cancelación en la memoria. No quiero que estén «donde quiera que estén» –como dicen para obviar la turbadora posibilidad de una condenación–, colgados de una nube, sentados en la punta de una estrella, volando no se sabe por dónde con gesto pánfilo y alitas de querubín. Los necesito en esa vida eterna que también es la mía, aunque ellos se encuentren en el capítulo concluyente mientras yo sigo tirando líneas en esta introducción que combina alegrías y desengaños, experiencias palpables a la que todos ellos pusieron el punto final.

No me conformo con que mis padres, mis abuelos, mis tíos, mis primos, mis amigos, tantas personas que he querido y admirado se queden en polvo…

Nunca es cómodo hablar de la muerte porque la muerte –la nuestra, la de las personas que nos completan– parece arrasarlo todo, cuando lo cierto es que solo tiene protagonismo en la mitad de nuestra naturaleza, aquella que adjetivamos como “mortal” y que comprende lo que se desgasta, envejece, desaparece para no regresar a la novedad, a la juventud ni a la presencia física. Me dirán que todos los seres vivos compartimos esta dualidad de naturalezas: la corporal y la espiritual, la visible y la que sustenta la materia, pero un gusano, una brizna de hierba, un caballo o un naranjo no portan en la secuencia de su genoma el grito de la pervivencia, la añoranza que nos ata a las generaciones que nos precedieron ni la necesidad de completar un proyecto vital satisfactorio antes de estirar la pata. Por eso superamos sin problema que caiga una flor, se agoste un campo, se muera el canario e incluso un perro fiel, al que es fácil sustituir por otro animal de su misma especie, pero no que me faltes tú, seas quien seas.

Pretendo ser para siempre lo que soy, una mezcla equilibrada de naturaleza corporal y espiritual. He asumido que a la primera le acompañan las patas de gallo, el pelo canoso, las manchas en la superficie de las manos, las bolsas bajo los ojos, el aplastamiento de las vértebras y todas las malas jugadas que acarrea un cuerpo con fecha de caducidad. También he asumido que mi naturaleza espiritual va más allá del perchero que sostiene estos huesos. Y porque no soy una planta ni un animal irracional, mi alma precisa de tantos cuidados como los que exige mi organismo para mantenerse en unos niveles aceptables de salud. Pero esto es otro cantar, que pisa en sagrado y no puedo resolver en este artículo con dos o tres frases sagaces. Me basta subrayar que el hombre no es hombre cuando solo hay cuerpo (por cierto, un tipejo sin escrúpulos expone por el mundo disecciones de cadáveres para entretener a las masas, como si estos fueran muñecos de Blade Runner), como tampoco lo es cuando solo hay espíritu (como en las fantasías del cine de terror), lo que me lleva a volver hacia la vida, a la única vida: cuerpo y alma, carne y espíritu, vida para siempre.


Miguel Aranguren

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Miguel Aranguren

Miguel Aranguren (1970), es uno de los novelistas contemporáneos que ha publicado a más temprana edad (su primer libro apareció en la editorial Espasa cuando acababa de cumplir 19 años) y uno de los articulistas más incipientes del periodismo español, firmando su primer artículo en El Mundo a los veintitrés.

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