El perseguidor

Teresa Herrera salió del banco. Llevaba seis mil euros encima, pero su corazón no palpitaba más fuerte, ni sus ojos se movían rápidamente de un lado a otro; era como si no llevara nada. Y es que la mujer nunca se había dejado llevar por los nervios, y ese día no iba a ser una excepción.

Caminó por la acera tranquilamente. Era pleno julio, por lo que apenas había gente afuera. En Córdoba, el verano era para estar dentro de casa con el aire acondicionado. Nadie quería desplomarse por insolación; el suelo no es un blando colchón.

Teresa se mantuvo a la sombra de los techados, evitando el sol. Cuando ya no sentía tanto calor, una nueva sensación se abrió paso. Era como si dos pequeñas agujas estuvieran clavadas en su nuca. La había tenido otras veces. Sabía que la estaban persiguiendo.

Al subir una cuesta empedrada, se giró disimuladamente para identificar a su perseguidor. Un hombre. Alto y silencioso, con camisa y vaqueros.

—Dios mío—murmuró para sí misma, aferrándose a la fina tela de sus pantalones.

No era la primera vez que la atracaban. Una vez, un hombre en una moto le intentó quitar el bolso, pero ella lo tiró del ciclomotor con el paraguas. Sin embargo, ahora solo tenía seis mil euros, que no servían mucho para defenderse.

Su casa… Estaba a cincuenta metros. Podía llegar. Apretó el paso imperceptiblemente. Su perseguidor tampoco pareció aumentar el ritmo, aunque la distancia entre ellos no incrementó.

Cuando cerró la puerta de su portal, dejó escapar un suspiro. Subió en el ascensor, entró a su piso y se preparó una tila. Se sentó en una butaca de la sala de estar mientras la tila se enfriaba.

Entonces sonó el teléfono. Lo descolgó.

—¿Diga?

—Tere, soy Leopoldo, del banco. ¿Ha llegado usted bien?

La mujer volvió a suspirar.

—Sí, pero me ha estado siguiendo un hombre desde que he dejado el banco. Pero, por suerte, he llegado bien.

Leopoldo rió al otro lado.

—Teresa, es uno de los trabajadores. Lo hemos mandado para asegurarnos de que llegaba bien a su casa—hubo un momento de silencio—. Mira, ya viene. ¡Antonio! ¡Que has asustado a la pobre mujer!

 

ROBERTO IANNUCCI MIRA

XIV Edición Excelencia Literaria

www.excelencialiteraria.com

 

 

 

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